Shanghai, donde el futuro ilumina el pasado

Los rascacielos, el Museo del Partido Comunista, un mercado de aves exóticas y jardines del siglo XVI: crónica de un apasionante recorrido por esta ciudad china, tan ecléctica como exquisita.

Llegamos a Shanghai una tarde nublada, con llovizna. El pronóstico anunciaba lluvia para el resto de la semana, pero en seguida se hizo evidente que eso no tenía la menor importancia: el gris no tiene ninguna posibilidad de imponerse en esta ciudad llena de colores vivos, contrastes visuales y ritmo incansable. Shanghai, centro cosmopolita y pujante, es el corazón financiero del país y también fuente de innovación en materia cultural.

Quien quiera ver de cerca la transformación asombrosa de China debe comenzar su viaje por aquí. Si el objetivo del viajero es conectarse con el pasado milenario del país, la excentricidad de sus emperadores o las reliquias de su revolución comunista, quizás debería empezar por Beijing. En Shanghai, en cambio, se encontrará con la fuerza avasallante de lo nuevo, que imprime su sello sobre antiguos moldes y produce una mezcla única, exquisita.

Corazón financiero

Hacemos pie en la estación de trenes de Hongqiao: una de las cuatro estaciones de la ciudad, pegada al aeropuerto del mismo nombre. Considerada la más grande de Asia, a Hongqiao arriban los trenes de alta velocidad desde Beijing, Nanjing y Hangzhou. Para llegar desde aquí al corazón de Shanghai hay varias opciones: taxi durante 45 minutos, bus o el subterráneo; hay dos líneas, la 2 (verde) y la 10 (lila), que nos dejan en el centro, en media hora, aproximadamente. Aquí, en el andén de la línea 2 del moderno subterráneo, se inicia la travesía.

Bajando en la estación Dongchang Road, sobre Century Avenue, estamos en el centro de Pudong, a pasos del imponente edificio del Shanghai World Financial Center, de 101 pisos. Una ancha pasarela peatonal, elevada y ajena al tráfico, nos permite pasear tranquilamente y fotografiar el paisaje poblado de rascacielos “de autor”, que llevan nombre propio: Jin Mao, Central Tower, Oriental Pearl Tower, One Lujiazui y otros, que a la noche se encienden de colores.

P udong significa “al este del río”, es decir, al este del Huangpu. Hasta 1990, Shanghai era sólo Puxi, la parte occidental de la ribera, la antigua ciudad. Pudong, entre el río y el Mar de la China Oriental, comenzó a desarrollarse recién en los 90, con la idea de centralizar la actividad bursátil. Eso efectivamente se ha cumplido: los que trabajan en la Bolsa y almuerzan en el Lujiazui Central Greenland, gran espacio verde que oxigena el centro, pueden seguir a través de inmensos carteles la dinámica bursátil de Nueva York, Londres, Tokio. Todo es flamante aquí (bueno, no todo: en el parque se ha preservado la casa decimonónica del famoso poeta y calígrafo Wu Changshuo, cuyo nombre ningún vecino recuerda). A excepción de la bella Oriental Pearl, la torre de televisión, que se inauguró en 1995, los rascacielos que se destacan tienen menos de 16 años; algunos, menos de seis; otros están construyéndose ahora mismo. Las postales que trajo mi madre de su visita a Shanghai en 1997 –cuando asistió al Congreso de Medicina Tradicional China– revelan un perfil completamente diferente de la ciudad.

Pudong no sólo es sede del mayor mercado de valores de China, es un distrito capturado por la moda y la novedad. El alemán Reiner Stampfer, vicepresidente regional de Four Seasons y gerente del sofisticado hotel que la cadena tiene en Pudong (el otro, el primer Four Seasons de China, está en Puxi), explica que prácticamente la mitad de sus huéspedes no pertenecen al mundo de las finanzas y llegan atraídos por el glamour de la zona. Stampfer recomienda visitar el Museo Aurora, diseñado por el japonés Tadao Ando e inaugurado en 2013, que atesora una colección de esculturas de jade de la dinastía Qing (1600-1900) y piezas de la dinastía Han (200 aC.), cuando el imperio era confuciano.

Hay muchos otros museos, como el Museo de Shanghai, con sus piezas de milenaria caligrafía, o el divertido Shanghai Propaganda Poster Art Center. Pero casi todos están del otro lado del río.

Antes de dejar Pudong, sin embargo, hay que pasear y trasnochar en la rambla, tomar algo junto al río, mirando la otra orilla –el Bund de la vieja Shanghai–, hechizados por el destello cálido y multicolor de los rascacielos.

Orgullo Puxi

Los nacidos en Puxi, la ribera oeste del Huangpu, dicen: “Esto es Shanghai. Aquello no. Eso es Pudong. Otra cosa”. En personas de distintas edades –la joven asistente de Relaciones Públicas, Apple Xu, de 22, o el célebre fotógrafo Gangfang Wang, de 57– el orgullo es el mismo. No es sólo un elogio de la autoctonía: Shanghai es, como la Argentina, un crisol en el que siempre han confluido migrantes de afuera y de adentro. Tampoco es desconfianza hacia una zona periférica, que hasta hace poco se asociaba con su más reconocido residente, Du Yuesheng, o Du “El orejudo”: zar del juego, el tráfico de opio y la prostitución, aliado de Chiang Kai-Shek, que escapó del país en 1949 y murió en Hong Kong.

Tampoco debería sentir envidia por el lujo que asoma desde la ribera opuesta. Puxi tiene una belleza tan manifiestamente peculiar que sería absurdo que anhelara el lujo serial de la modernidad y la riqueza. Pero los celos suelen ser inextricables.

E n Puxi están los sitios turísticos emblemáticos: Yu Garden, el Bund, la antigua Concesión francesa, los mercados de aves exóticas. Yu Garden (en castellano: Yuyuan) es un tradicional jardín chino, construido entre 1559 y 1577 por Pan Yunduan. Funcionario de la dinastía Ming, Yunduan quiso complacer a su padre, demasiado anciano ya para viajar a conocer los jardines imperiales que se encontraban en Beijing; entonces mandó edificar este parque de dos hectáreas, cercado por muros y dragones de piedra. Con entrada por Anren Road, en el centro, las glorietas y estanques de Yuyuan sufrieron los avatares de una historia compleja: durante la primera Guerra del Opio, por ejemplo, uno de sus pabellones fue cuartel de las fuerzas británicas. Durante la rebelión de Taiping y, ya en el siglo XX, en los salvajes enfrentamientos con Japón, fue devastado. Comenzó a restaurarse en 1957 y desde 1982 está abierto al público (todos los días, de 8.30 a 17.30, con entradas de entre 30 y 40 RMB, es decir, entre 5 y 7 dólares).

Alrededor de los jardines, el mercado de Yuyuan tiene su encanto arquitectónico (proyecta el estilo imperial en edificios, callejones y canales artificiales) y también antropológico. Es el lugar donde los turistas chinos compran souvenires y donde se instalaron las cadenas multinacionales de café y comida rápida. Algunos puestos ofrecen espectáculos de ilusionismo: grandes y chicos esperan su turno para asomarse a la cámara oscura y sucumbir a los tres minutos de magia callejera.

Como sitio de compras, mucho más interesante es Tianzifang, un vecindario laberíntico de añejas viviendas Shikumen –estilo que combina ornamentación occidental con típica construcción china– emplazado en Taikang Road, en lo que fue en el pasado la Concesión francesa en Shanghai. Allí, una parte del tiempo se detuvo en el siglo XIX (locales de ladrillo y piedra, las aberturas de hierro y madera, las baldosas calcáreas de colores vivos) y la otra se aggiornó, instalando pequeñas tiendas de diseño (indumentaria, papelería, golosinas, juguetes antiguos), cafés y heladerías. Aquí se pueden conseguir carteras artesanales de cuero por menos de 20 dólares, o un chal de seda bordado, por 30.

Mercaderes de ultramar

Por su puerto estratégicamente situado, y por estar apartada de los mecanismos de control de las sucesivas capitales imperiales, Shanghai siempre resultó vulnerable a la codicia de los mercaderes de ultramar. No sólo la de sus vecinos japoneses. En el siglo XIX, y en especial tras ser derrotada en dos Guerras del Opio, China se vio forzada a firmar acuerdos de extraterritorialidad con Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos, que recibieron “concesiones” en Shanghai: partes de la ciudad regidas por leyes francesas, británicas o americanas.

Durante la Concesión francesa, que conservó su autonomía hasta 1946, se desarrollaron las primeras áreas residenciales y tiendas elegantes. Pasaron las guerras, pasó también la etapa maoísta, su implacable “revolución cultural”, y luego el acecho del boom inmobiliario. Pero buena parte de la Concesión sobrevivió. Hoy, una nueva generación de inmigrantes franceses procura revitalizar su valor turístico y cultural.

A rthur Humeau y Thomas Chabrières recuperaron antiguos sidecar de la posguerra y proponen recorridos por las calles más emblemáticas de la zona. Desde la motocicleta, réplica de las BMW alemanas de los años 30, vemos pasar hileras de plátanos de copas frondosas, mansiones art decó transformadas en residencias consulares, tentadoras librerías, hoteles cinco estrellas, la publicidad de un local de Marc Jacobs que abre el mes que viene.

Ibrahim, nacido en Marsella y de ancestros argelinos, vive en Shanghai desde hace ocho años y maneja un sidecar azul oscuro, con líneas blancas en la carrocería del asiento lateral y fundas de cuero color suela. Dice que no extraña Francia en absoluto: “Aquí hay mucho más movimiento, mucha más vida; en Europa todo parece tan difícil; todos están tan hartos...”. Algo que durante la cena, Matteo Arvonio, el chef italiano del Four Seasons Shanghai, lo confirma: “Esta ciudad es súper dinámica y a los europeos no nos cuesta adaptarnos”.

El paseo en sidecar nos deja en el rincón más transitado del antiguo enclave francés: Xintiadi, un complejo de Shikumen reacondicionado (o reconstruido) como locales de boutiques, restaurantes y cafés. El proyecto Xintiadi nació en 2003, por iniciativa del arquitecto estadounidense Ben Woods. Se convirtió en un éxito que ahora intentan replicar otras doce ciudades chinas. La revista The New Yorker le dedicó alguna observación cáustica, describiéndolo como “escenografía que figura un pasado idílico, creada para que los chinos disfruten de esa fina mezcla de parque temático y shopping mall que en las ciudades norteamericanas se considera lujo urbano”.

Por mi parte, después de pasear entre las casitas de ladrillos grises y ventanas de color convertidas en tiendas de diseño o en bares donde la gente bebe, conversa, se ríe, pensé: “Qué suerte que el impulso reciclador fue más poderoso que la crítica cultural, y podemos tomarnos un café en este lugar tan lindo”.

Idílico o no, el pasado de Shanghai aflora inexorable y remoto. A pocos pasos de Xintiadi, una casa de puertas negras y rojas llama la atención por su atípico trajinar. Tres militares vestidos de gala maniobran en la vereda: están descolgando un gran cartel de la fachada. Ben, nuestro guía angloparlante, explica que allí, en Huangpi Nan Lu 374, funciona un Museo dedicado al Partido Comunista chino. En el sótano de esa casa, el 23 de julio de 1921, Mao Zedong junto con otros trece delegados de todo el país celebraron el Primer Congreso del PC. El Museo, una casa tan coqueta como aquellos Shikumen reciclados que escandalizan al crítico del New Yorker, exhibe documentos y memorabilia de toda la era comunista.

No todos los Shikumen de Shanghai corrieron la misma suerte. La gran mayoría fueron demolidos. Pero en Weihai Road 590 resiste un viejo vecindario que ocupa poco más de media manzana cercada por torres lujosas. Formaba parte de la Concesión británica. Sus casitas de tejas rojas, prodigios de la hibridación arquitectónica, fueron hermosas una vez. Algunas conservan, muy castigados, fragmentos de mosaicos calcáreos en el piso, agrietadas escaleras de roble, molduras en las paredes. Pero tienen el aspecto de refugios bombardeados. Han atravesado varias guerras, es cierto; y también la colectivización forzada. Después de 1949, fueron subdivididas y entregadas cada una de sus habitaciones a otras tantas familias proletarias.

El fotógrafo Gangfeng Wang, que se crió aquí en plena “revolución cultural”, y que hoy montó su estudio en una de estas viviendas, nos acompaña a recorrerlas, con paciente amabilidad.

“Donde había cinco habitaciones, pasaron a vivir cinco familias. Donde había siete, siete familias”, explica. Hoy, los descendientes de aquellos ocupantes subalquilan un pedazo (o un resto) de aquellas casas a jóvenes que llegan del interior a trabajar como peones de la construcción.

El tour por estos Shikumen en extinción, cámara en mano, junto al experto Gangfeng Wang, es un servicio que ofrece a sus huéspedes el hotel Four Seasons Shanghai. El folleto que se les da a los turistas habla de “explorar la belleza escondida” de la ciudad. Al parecer, los europeos que hicieron el paseo quedaron fascinados. Desde la perspectiva del progreso apabullante, contemplar los rastros del pasado en erosión puede ser emocionante. Como una rara flor de la época cenozoica, que agoniza y se va fosilizando mientras la observamos (y que además se deja fotografiar). Quizás para un argentino la sensación sea un poco distinta: una combinación de melancolía, déjà vu y morboso sentido de la anticipación.

Sobre la misma Weihai Road que conecta esta barriada con el hotel, llama la atención un cartel, en chino e inglés, que no figuraba en nuestra agenda: “Antigua residencia de Mao Zedong”. Pregunto a un transeúnte que me mira con extrañeza (“¿Usted es admiradora de Mao?”) y me señala, a pocos metros, sobre Maoming Road, una reja pegada a una ferretería.

Entre baldes de obra y tuberías asoma el rostro de Mao sonriente. Aquí vivió, en 1924, con su segunda esposa y sus dos hijos mayores. Es el único de los muchos sitios que habitó Mao en China que está abierto al público.

Allí se exhiben fotos, libros, manuscritos, objetos personales (un tipo de cigarrillos de Sichuan que eran sus preferidos; tierra del suelo que cubre los restos de su hijo mayor, Mao Anying, muerto en combate durante la Guerra de Corea). También se pueden ver estatuas de cera que representan al joven Mao, a su esposa Yang Kahui y a los niños.

Como no se puede comer en el museo, optamos por cruzar de vereda, donde típicos farolitos chinos iluminan el cartel de la entrada del pub: se llama The Queen.

Ultima noche en el Bund

Viajeros y lugareños coinciden en que no podemos perdernos el paseo nocturno por el Bund. Nuestra última noche le está dedicada. Bund es el nombre (de origen persa) con el que los británicos bautizaron el muelle de la ribera occidental del Huangpu, que se extiende desde Yan’an Road hasta el Waibaidu Bridge.

Entre fines del siglo XIX y principios del XX, fue la zona internacional por excelencia de Shanghai, y las potencias edificaron allí sus bancos y empresas, en palacios neoclásicos, futuristas, art decó. También sus espacios exclusivos como el Club Masónico.

Todos debieron cambiar de signo a partir de 1950, pero desde fines de los 80, cuando empezaron a soplar vientos de cambio en el malecón (y en toda China), algunos volvieron a sus antiguos dueños o fueron reciclados por otras firmas. Visto desde la generosa rambla peatonal, iluminados con sofisticación, tienen la apariencia de una radiante capital europea. Se puede cenar en el Waldorf Astoria (el antiguo Shanghai Club) o tomar unos tragos en M on the Bund (en el edificio que fue sede de la compañía naviera Nissin, cruzando Guangdong Road). O deleitarse frente al conjunto que forman el ex HSBC (en los años locos se lo consideraba “el edificio más lujoso que existe entre el Canal de Suez y el estrecho de Baring”), la monumental Aduana y la geometría rigurosamente futurista de la Federación de Sindicatos Obreros, sobre la que flamea la bandera roja. Frente a ellos, en la otra orilla, el brillo del rascacielos que repite, intermitentemente y en mayúsculas: I LOVE SHANGHAI.

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Por Ivana Costa / www.clarin.com