No hay calidad educativa sin equidad de género

Las universidades reproducen los mismos patrones y estereotipos de la sociedad: más mujeres en posiciones de gestión o con encargos que conllevan coordinación y hombres en posiciones de visibilidad.

Desde lejos, la educación superior puede parecer un espacio privilegiado y avanzado donde se construye el conocimiento y se discute sobre los avances sociales y científicos más importantes. Un lugar en el que se aplican las normas de manera ejemplar y en el que solamente se aceptan las mejores prácticas. En algunos aspectos quizás es así, pero no en temas de igualdad de género, llegando a generar importantes resistencias. Es el elefante en la habitación sobre el que se está de acuerdo en el discurso de puertas hacia fuera, pero que dentro puede considerarse secundario e, incluso, molesto.

Las universidades reproducen los mismos patrones y estereotipos de la sociedad: segregación horizontal y vertical de responsabilidades. Más mujeres en posiciones de gestión o con encargos que conllevan coordinación y hombres en posiciones de visibilidad. Además de una clara infrarrepresentación de mujeres en las categorías más altas de la carrera académica. Esto no importaría demasiado si, al menos los graduados y graduadas salieran con el conocimiento necesario para poder identificar y corregir las desigualdades políticas, económicas y laborales que actualmente están presentes en la sociedad. ¿Cómo puede eliminarse la violencia de género, la discriminación o la brecha salarial si en las mismas instituciones no se enseñan estos aspectos? La educación superior puede estar siendo cómplice de perpetuar las desigualdades de género.

Una institución educativa que quiera vanagloriarse de avanzar la equidad debe incorporar la perspectiva de género en su docencia y poner orden en la propia casa.

Incorporar la perspectiva de género en la Universidad

Incorporar la perspectiva de género consiste en ponerse unas “gafas lilas” para poder ver, explicar y entender el mundo desde otra mirada: la femenina.

A lo largo de la historia, las mujeres han sufrido una doble exclusión: como personas sujetas a estudio y como personas capaces de generar conocimiento. Por ejemplo, los infartos se manifiestan de manera diferente en hombres que en mujeres. Durante años, muchas mujeres murieron porque el personal sanitario no era conocedor de estas diferencias y solamente se diagnosticaban según el patrón masculino. Para la segunda exclusión, propongo un experimento: cuando miren la televisión o lean algún periódico, cuenten el número de expertos y expertas; o pregunten a algún estudiante cuántas mujeres autoras ha estudiado y después a cuántos hombres.

Propongo un experimento: cuando miren la televisión o lean algún periódico, cuenten el número de expertos y expertas; o pregunten a algún alumno a cuántas mujeres autoras y a cuántos hombres ha estudiado

Para que la perspectiva de género se considere incorporada en las aulas deben observarse tres aspectos: contenidos, metodología y referentes (C-M-R).

  • Los contenidos de las asignaturas deben hacer referencia a diferencias de género, si es pertinente. Aquí cabe realizar una reflexión profunda, porque la respuesta inmediata del profesorado suele ser “en mi asignatura no es pertinente”. En realidad, hay muchas asignaturas en las que sí lo es, pero requiere de un proceso de reflexión y un esfuerzo de apertura de miras para poder identificarlo. Seguro que el profesorado que explicaba cómo diagnosticar los infartos nunca lo puso en cuestión, cómo tampoco se cuestionó cuando se realizaba investigación sobre el tema o se redactaron los protocolos de diagnóstico.
  • La metodología docente es muy rica en prácticas inclusivas. Por ejemplo, las mujeres tienden a intervenir menos en grupos grandes. Si el profesorado es consciente de ello, puede utilizar técnicas para invitarlas a participar o empezar la discusión en grupos reducidos. Por supuesto, el profesorado debe evitar los comentarios sexistas o poner ejemplos que continúen reproduciendo estereotipos como “el directivo y la secretaria” o “el médico y la enfermera”. También puede ser revelador un ejercicio de “autoobservación” del tiempo de atención y tipo de respuesta que se da a estudiantes hombres y a mujeres. Todos los estudios apuntan a que los hombres reciben siempre más tiempo de atención y de más calidad en todos los niveles educativos.
  • Respecto a los referentes, conviene exponer el estudiantado a una diversidad de fuentes bibliográficas de hombres y mujeres. También a recibir lecciones de profesores y profesoras de categorías diversas, rompiendo el estereotipo y la creencia de que el conocimiento en mayúscula vive y habita, principalmente, en cuerpos masculinos. Seguro que existen ámbitos de conocimiento en los que no se puede encontrar ninguna mujer autora. En ese caso, puede ser una buena reflexión para el alumnado intentar contestar por qué no hay ninguna mujer en esa área. Un poco de investigación puede sacar a relucir algunas esposas que trabajaban a la sombra de los premios Nobel, pero que no podían firmar los artículos.

La reputación de las instituciones no puede permitirse un relevo generacional académico que no genere paridad en todas sus categorías. Hay que afrontar la incomodidad que genera el tema, cortar con las prácticas discriminatorias y derogar el Old-Boys Club académico.

Por último, la reputación de las instituciones educativas no puede permitirse un próximo relevo generacional académico que no complete cierta paridad en todas sus categorías académicas. Hay que afrontar la incomodidad que genera el tema, cortar con las prácticas discriminatorias informales y derogar el Old-Boys Club académico. En temas de igualdad, solamente el convencimiento desde la dirección tendrá la capacidad suficiente para marcar la diferencia: creando instituciones inclusivas, capaces de generar y transmitir conocimiento que tengan en cuenta las diferencias biológicas, sociales y económicas generadas por nuestros cuerpos y la construcción social que se deriva de los mismos. Solo así podremos afirmar que tenemos una educación de calidad.

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Por Ester Oliveras Sobrevias Directora del Postgrado en Gestión de la Responsabilidad Social Corporativa (RSC). Barcelona School of Management. Universitat Pompeu Fabra, Barcelona.