48 horas en Colonia

Las calles y los museos del centro histórico, algunos monumentos emblemáticos, paseos por la Rambla y las tranquilas playas del Río de la Plata.

Todo lo que tenga que pasar en Colonia del Sacramento ocurrirá lentamente. Las horas, los paseos, los mates. Hombres de río, sus habitantes son conscientes de los vaivenes de las mareas, pero no parecen darse cuenta de la calma que baña sus vidas. No saben que son amables. Le temen a la sudestada pero jamás al estrés.

Atravesados por la sencillez, intentan comprender la locura argentina que cruza con frecuencia el Río de la Plata en busca de aguas limpias y de gente que charla.

Sin los recaudos que demandan los aeropuertos para armar el equipaje, el viaje en barco desde Buenos Aires comienza con tranquilidad, y sólo en una hora se llega al puerto uruguayo. Sin embargo, el "efecto Colonia" no es inmediato: cuando uno entra a un bar y se olvida de pedir la clave de wi-fi, ése es el momento en el que se inicia el proceso de desacelerar la vida.

La capital de este departamento no se parece a ninguna otra ciudad de Uruguay y, quizá, las raíces del fenómeno haya que buscarlas en su propia historia. No muchos recuerdan que antes de la Declaratoria de Independencia de la Banda Oriental en 1825, Colonia estuvo en varias oportunidades bajo el dominio portugués. De hecho, con el nombre de Nova Colonia do Santíssimo Sacramento, fue fundada en 1680 por Manuel Lobo, impulsado por el rey de Portugal y los comerciantes de Río de Janeiro. Una y otra vez, los españoles tomaron la ciudad y esos conflictos dejaron sus huellas en el casco histórico, donde la arquitectura presenta una fusión de los estilos español, portugués y post-colonial.

Ojalá que los visitantes cuenten con muchos días para visitar la parte antigua, la moderna y las playas. Pero si el plan es "escaparse" por 48 horas, aquí pueden encontrar algunas ideas para optimizar el tiempo.

PRIMER DIA

8.30. Con vista al río. El amanecer es un privilegio desde la gran ventana de la habitación del Sheraton Colonia Golf & Spa Resort, aun para quienes no encuentran ningún placer en madrugar. Se ven las piscinas con huéspedes descansando en las reposeras y el campo verde de golf de 18 hoyos con fanáticos jugando temprano. Al fondo, el río llega hasta el horizonte.

La panorámica será similar durante el desayuno, que se disfruta con todo el tiempo del mundo, antes de partir hacia el centro histórico colonial. No importa si es la primera o la décima vez que se visita la icónica ciudad: uno necesita caminar por las calles empedradas y sentirse en el pasado. En el silencio.

9.30. La entrada al pasado. Hay una placa que anuncia: "Aquí comienza la antigua Colonia del Sacramento, Patrimonio Histórico de la Humanidad de la Unesco, 1995". Se encuentra junto al llamado Portón de Campo, una abertura de piedra centrada en lo que queda de la muralla que levantaron los portugueses hacia 1715 para defenderse de los sucesivos ataques españoles.

Se ingresa a la ciudadela a través del viejo puente levadizo y, bajo sus maderas, todavía se observa un declive en el terreno: ahí estaba el foso, que se llenaba por completo cuando subía la marea del río.

Si bien Colonia crecía en el siglo XVIII y tenía un comercio fluido con Inglaterra -contrabando incluido-, los portugueses no se podían expandir demasiado porque se encontraban entre Montevideo y Buenos Aires, dos ciudades españolas. Finalmente, el rey Carlos III de España envió en 1777 una expedición y ocupó en forma definitiva Colonia, ya que la conquista fue refrendada por el Tratado de San Ildefonso.

Al caminar junto a la muralla, donde había una torre con cañones y baluartes, hoy quedan vestigios de aquel sistema defensivo. Por ejemplo, el Bastión de San Miguel, al alcance de la mano, pero también el de San Pedro, Santa Rita y del Carmen.

10.00. Calle de los Suspiros. Original de 1720, la calle más famosa de Colonia tiene adoquines y piedras laja de cuña, que se inclinan hacia el centro formando un canal por donde corría el agua de lluvia en dirección al río.

Son muchas las leyendas en torno al origen del nombre poético de la calle, estrecha y sin veredas, siguiendo la tradición portuguesa. Hay quienes afirman que por aquí caminaban y se lamentaban los presidiarios sentenciados a muerte, cuando eran llevados a la vera del río para ser fusilados. Otra versión sostiene que, como el empedrado está en pendiente, el silbido del viento suena de un modo peculiar, recordando a un suspiro. Sin embargo, la hipótesis más extendida afirma que a principios de 1900 era la calle de los burdeles.

Las casas varias veces centenarias conservan sus techos originales sin dos tejas iguales, porque cada constructor las apoyaba -y moldeaba- sobre los muslos de las piernas. Para apreciar la arquitectura de una típica vivienda portuguesa se recomienda recorrer la galería de arte de Fernando Fraga. Son dos casonas de 1720, que su familia compró hace más de una década y mantuvo los pisos, techos y paredes intactos. La cocina y el patio son imperdibles. "Nuestra vivienda es más antigua que la ciudad de Montevideo, fundada en 1724", dice con orgullo y humildad Alvaro Fraga, el padre del reconocido artista uruguayo.

11.00. Museo del Azulejo. Hay unos diez museos en Colonia, como el municipal Dr. Bautista Rebuffo con salas temáticas o el Archivo Regional, un rancho portugués reconstruido que tiene rejas, dinteles, tirantería y pisos de 1750 a 1825. Los museos Portugués, Español, Naval y el Indígena se suman con propuestas bien diferenciadas, pero hay uno que todos recuerdan por su colección armónica y delicada: el del Azulejo. Se trata de una pequeña casa de piedra y techos bajos que exhibe una gran variedad de azulejos, en su mayoría, en blanco y azul.

12.00. Desde el Faro. Al dejar atrás la Plaza Mayor del 25 de Mayo -el espacio abierto más extenso del lugar, que se usaba para maniobras militares-, saltan a la vista el Faro primero, y las ruinas del Convento de San Francisco inmediatamente después, que fue construido en 1694 y destruido por un incendio en 1704. Sobre esos muros se terminó de levantar el Faro en 1857.

Los visitantes suben los 118 escalones de la escalera con forma de espiral y se asoman a una barandilla desde donde sacan fotos de la ciudad y del río. Como en el pasado, todavía funciona por las noches, encendiendo una luz cada nueve segundos.

13.30. Almuerzo típico. A metros de la Plaza de Armas Manuel Lobo, el almuerzo se disfruta no sólo por los platos sabrosos elaborados con esmero sino por el edificio del Mesón de la Plaza. El patio, las paredes de piedra, las lámparas y los muebles de época forman parte de una experiencia placentera. Según cuentan en el restaurante, la idea de los últimos años fue recuperar lo que quedaba del viejo Almacén de Fabeiro, demoliendo los agregados posteriores. A su vez, el pasaje interior de la manzana conduce a la calle Real y a la playa, donde tienen previsto realizar obras complementarias de restauración.

14.30. Según pasan los años. En 1880 era una fábrica de jabón y cola, lavadero de lanas y curtiembre. Más tarde fue barraca y almacén de granos. Finalmente, pasó a manos argentinas que decidieron vender la propiedad al Ministerio de Educación y Cultura. Esta es la apretada síntesis del Centro Cultural Bastión del Carmen, apenas más alejado del conjunto apretado de construcciones y monumentos y más cercano a la próxima parada, llegando al río.

16.00. Muelle 1866. Originalmente, el muelle era más largo y contaba con un sector perpendicular en su extremo sobre el Río de la Plata. Los años y las sudestadas se encargaron de que perdiera parte de aquella estructura, y fue recuperado en 2001 para ser usado por embarcaciones deportivas.

Contemplar el oleaje o leer un libro son dos de las mejores opciones que ofrece este rincón lleno de paz. Incluso para no perturbar tanto el medio ambiente, muchos turistas están eligiendo alquilar carros de golf cerca del muelle para recorrer la ciudad libre de ruido.

17.00. Café en la Plaza de Armas. Por obra y gracia del turismo -sumado a la declaración como Patrimonio de la Unesco-, la zona más cara, comercial y plagada de restaurantes y posadas era el barrio más pobre de Colonia en el pasado, con casas que alquilaban habitaciones y baños compartidos.

En la esquina más concurrida de la Plaza de Armas Manuel Lobo, se encuentra El Drugstore Restaurant & Bar, imposible de no reconocer al instante por contar con los dos automóviles más fotografiados de todo Uruguay: un Citroen de 1952 y un Ford de 1929 con el volante situado a la derecha (dato casi desconocido: en aquellos años, en el país vecino se conducía como en Inglaterra). Pero lo singular y llamativo de ambos autos es que del techo, baúl y ventanillas de uno salen plantas y flores, como si fuera una maceta; mientras que en el interior del otro la mesa está servida, con mantel y almohadones, a modo de restaurante.

Resulta saludable tomar un café -o una cerveza con tapas- en este bar pintoresco, frente a la Basílica del Santísimo Sacramento.

18.00. En la Basílica. Reconstruida por los españoles en 1810, en este lugar se hallaba la primera iglesia portuguesa, cuyo techo de tejas se derrumbó como consecuencia de un rayo y por usar el templo para esconder la pólvora.

En la actualidad, conserva una sola nave y los muros de piedra y de ladrillo. En cambio, la fachada y las cúpulas azulejadas con sus campanarios fueron recuperadas a partir de 1957. En su colección se destaca una talla de madera portuguesa de San Francisco, inventariada en 1777, quien sostiene una calavera con su mano por encontrarse reconciliado con la muerte, suelen explicar los guías. También hay un valioso retablo español del siglo XVI.

19.30. La Plaza de Toros. El Real de San Carlos es un viejo enclave militar español que se llamó así para honrar a Carlos III. En esa zona y a pocas cuadras de la iglesia de San Benito, sigue convocando la Plaza de Toros de 1910, totalmente abandonada y anacrónica. La historia es bastante conocida: Nicolás Mihanovich, dueño de la empresa naviera El Vapor de la Carrera, necesitaba una atracción para su complejo turístico, que contaba con un hotel, una usina eléctrica, un muelle y una cancha de frontón. La Plaza de Toros funcionó sólo dos años, en los que hubo ocho corridas oficiales hasta que fueron prohibidas. A un kilómetro, el Sheraton Colonia.

22.00. Fogón y asado. Fiel a las costumbres rioplatenses, un buen asado al aire libre preparado en el Sheraton marca el fin de una jornada agitada en Colonia. Mañana será otro día.

SEGUNDO DIA

9.30. En bici por la Rambla. Unos cinco kilómetros separan al centro histórico de la Plaza de Toros, en el Real de San Carlos. Varias playas -como el Balneario Municipal- unen ambos puntos y la Rambla es la mejor forma de pasear por esta zona de la ciudad. La Rambla luce como nueva, con bancos para descansar, bicisendas paralelas a la orilla del río y buena iluminación por la noche.

El segundo amanecer en Colonia encuentra a la mente y al cuerpo más relajados, y luego de un desayuno energizante, lo ideal es recorrer la Rambla en bicicleta e ir parando cuando se tengan ganas.

11.00. Mañana de playa. Con el mismo plan de descansar, hay una playa a dos kilómetros del puerto de la ciudad, es decir, en la dirección opuesta al Sheraton Colonia y al Real de San Carlos. Se llama Ferrando y cuenta con un parador donde se puede almorzar. Clásico de clásicos uruguayos, el chivito al pan o al plato figuran al tope de las preferencias.

Ferrando ofrece tranquilidad, aguas ideales para nadar y más templadas que en otras playas, una arboleda que llama a la siesta, y arenas doradas donde los chicos juegan y los grandes caminan.

14.30. El Parque Anchorena. En el paraje conocido como Barra de San Juan, el Parque Anchorena ocupa 1.370 hectáreas que fueron legadas al estado uruguayo por Aarón de Anchorena, con el objetivo de fundar un gran pulmón verde "con fines educativos, recreativos y de interés general". Habilitado para el uso público en 1989, y con visitas guiadas regulares, tiene más de 200 especies vegetales y fauna autóctona y exótica. Resultan especialmente atractivos los ciervos Axis originarios de la India, que fueron traídos en la década del ‘20.

El centro de visitantes, la capilla, el palomar, la antigua capatacía, la glorieta, el muelle y el lago figuran entre los principales puntos de interés, sin olvidar la Torre. Con 75 metros de altura e inaugurada en 1927, tiene una escalera caracol con 320 escalones y dos miradores. En su base, tal como lo dispuso Anchorena, yacen sus restos. Y por su testamento también, la casa principal, de 1911, funciona como residencia de descanso presidencial.

17.30. Centro de interpretación. De regreso, el Centro de Bienvenida, Interpretación y Turismo (BIT) propone terminar de conocer los "valores naturales y culturales de Uruguay", con un área multimedia y una tienda de artesanías locales.

Para tomar el té o degustar una tabla de quesos, con música y fotografía, 1717 Fine Arts es un espacio ecléctico en el casco antiguo, que recuerda al sitio donde funcionó el primer colegio de Uruguay.

20.30. Cena y arte. Cálido, íntimo, acogedor. Así es el ambiente de La casa de Jorge Páez Vilaró Restaurant Art Gallery, una alternativa interesante para la última cena. La casona de 1800, con paredes gruesas de piedra y un patio cubierto por una parra, reúne galería de arte, museo y excelente gastronomía. Un cierre a la altura de un viaje de placer.

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Por Diana Pazos / www.todoviajes.com