Vacaciones en el NOA: Puna, salinas y fiestas de colores

Tucumán, Salta, Jujuy, Catamarca, La Rioja y Santiago del Estero proponen un viaje a la cultura de los pueblos originarios. El Carnaval es una fiesta que atrae multitudes.

Por la Puna, los cerros de colores, las salinas. Por el Carnaval y la Chaya riojana. Por las casas de adobe y el aire y el cielo puros y cristalinos. Y también porque deja una suerte de noción de patria, tan lejos, tan cerca de las fronteras. En cinco provincias -Tucumán, Salta, Jujuy, Catamarca y La Rioja-, el Noroeste argentino va desde las planicies suaves, casi a nivel del mar, hasta la altura impactante -6.864 metros- del volcán Ojos del Salado, en Catamarca. Una región que es también la historia, la cultura, las pequeñas iglesias pintadas con cal, las yungas. O las formaciones rocosas del Parque Nacional Talampaya, en La Rioja, y los pueblos agrícolas y la música de Santiago del Estero.

La ciudad de Salta es un buen punto de partida, que merece al menos un día para visitar los edificios históricos, pasear por calles en las que se levantan casas y casonas de estilo colonial y subir al cerro San Bernardo para tener una mirada panorámica.

Más allá, los Valles Calchaquíes, con sus pueblos y fiestas, son puro aire, entre lugares como Cafayate, Cachi y Molinos y caseríos casi abandonados. Un paisaje desértico, casi lunar, se ve después de cruzar el río de las Conchas, cuando se entra a la quebrada del mismo nombre. El tiempo y la erosión dieron formas extrañas a estas rocas inmensas, en la que uno parece descubrir castillos y anfiteatros.

Cafayate es un microclima en más de un sentido, no sólo para la producción y elaboración de vinos. Lo es, también, por la plaza principal, forestada con palmeras y magnolias y por el mercado artesanal, con trabajos de alfarería, telar y platería.

No hay que perderse Cachi, un pueblo que es pura calma, con sus construcciones bajas y calles empedradas. A lo largo de los Valles Calchaquíes, las capillas e iglesias dan cuenta de la importancia que tuvo esta región en el pasado. Los templos de Cachi, Angastaco, Molinos, Seclantás, San Carlos y Cafayate son un ejemplo, que acompaña el paisaje de cardones, rústico y duro, tan típicos de esta región.

Perfume de Carnaval

Otra elección: en Jujuy, la Quebrada de Humahuaca, porque en los meses de verano es pura fiesta, desde el Enero Tilcareño hasta el desentierro y entierro del Carnaval. Desde Reyes, muy cerca de San Salvador de Jujuy, el paisaje comienza a elevarse y la primera parada bien podría ser en las lagunas de Yala, enmarcadas por bosques de pinos, cerros y mucho, mucho verde. Si se sigue la ruta 9, van apareciendo los pueblos como Volcán, Tumbaya y Purmamarca, encerrado entre el río del mismo nombre y los cerros altísimos. Aunque las calles de este pueblo prehispánico fueron rediseñadas en el siglo XIX, la sensación es la de estar en un lugar sin tiempo, quizá por la cercanía tan impresionante del cerro de los Siete Colores -rojos, ocres, amarillos, violetas- y por un paseo por la plaza, donde venden artesanías. En una de las esquinas de la plaza, se puede tomar un café en un bar, también sin tiempo.

Las Salinas Grandes, en plena Puna jujeña -y la Puna es otra de las enormes bellezas per sé- es una de las excursiones que hay que hacer: un territorio blanco, un desierto cuarteado, protegido por el cielo más intensamente azul. Para llegar a las Salinas Grandes se pasa por el punto más alto, a 4.170 metros sobre el nivel del mar.

A lo largo de la ruta 9, se alinean otros pueblos para recorrer con calma. Maimará y Tilcara son apenas dos; el primero tiene un conmovedor cementerio de altura, y, en el segundo hay que visitar el Pucará, la reconstrucción de un pueblo prehispánico de los omaguacas, que devuelve el pasado y la forma de vida -900 años, aproximadamente- de los antiguos pobladores. Y no sólo eso: la vista desde lo más alto del Pucará le da, quizá, un sentido a lo sagrado, entre piedras, corrales y plantas alimenticias y medicinales que perfuman el aire.

En Tucumán, Tafí del Valle, un pueblo de casas bajas y blancas, concentra la belleza de los valles cercanos, un legado aborigen importante y un clima que sorprende, desde la bruma que se levanta a la mañana y lo envuelve todo hasta el sol del mediodía.

Amaicha del Valle aún conserva rasgos de la cultura diaguita. Uno de los puntos fuertes es el museo y monumento que relata la historia de los pueblos que habitaron el Valle, el Museo Pachamama. Y, a 25 km, las ruinas de Quilmes, es una joya arqueológica. Los primeros asentamientos datan del siglo IX y su mejor momento fue en el siglo XVII, cuando esa comunidad alcanzó un alto grado de organización política, social y económica. Los quilmes fueron sometidos en 1664, después de una resistencia que terminó en tragedia cuando fueron trasladados a Buenos Aires. Pero allí están las paredes de piedra, la ciudadela abierta y sembrada de cardones en una de las laderas del cerro Alto del Rey para dar testimonio. Esta región es ideal para probar empanadas, locro de maíz y zapallo y pan con chicharrones.

Los volcanes de Antofagasta de la Sierra (Catamarca) son otra parte de lo imborrable del paisaje. El Circuito Balcones del Valle arranca cerca de la capital de la provincia y se extiende hasta el dique Las Pirquitas y la Cuesta del Portezuelo, la de la zamba, la de los mil distintos tonos de verde ¿recuerdan?

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Por Nora Viater / www.todoviajes.com