¿Una vida utilitaria o una vida esperanzada?

La cultura consumista comenzó a incubarse con la Revolución Industrial y la eclosión del positivismo, hace menos de tres siglos.

por Sergio Sinay | http://www.sergiosinay.com/Articulo.aspx?id=257

Fundada en 1829, fue considerada en 1924 como la tienda más grande del mundo. Todavía, aunque la londinense Harrod´s y las Galerías Lafayette, de París, le disputan el título, Macy´s es un ícono de Nueva York, un destino inevitable en esa ciudad y una de las grandes catedrales de la religión del consumo. Forma parte de un gigantesco conglomerado de tiendas: Allied Stores. Uno de los más destacados presidentes de esta corporación, Earl Pucket (fallecido en 1976) dijo una vez: “Nuestro trabajo es hacer infelices a las mujeres con lo que tienen”. Definió el motor del consumismo. Nadie que es feliz con lo que tiene es presa de la voracidad por más, por lo nuevo, por actualizadas versiones de lo mismo. El consumismo se alimenta de prometer satisfacción sin concederla. Si la concediera, sellaría su defunción. El deseo insatisfecho, la ansiedad que no acierta a definirse, la sensación de estar quedando afuera de algo, aunque no se sepa de qué, hacen girar la rueda. Eso y la sensación de que la vida es demasiado breve y carente de sentido.

La cultura consumista comenzó a incubarse con la Revolución Industrial y la eclosión del positivismo, hace menos de tres siglos. Los nuevos modos de producción serial más la optimista creencia en que todo lo que el ser humano desconocía hasta entonces lo conocería en un día cercano, que todo lo imposible sería posible y que las leyes de la naturaleza no sólo podrían ser desentrañadas sino también modificadas, pusieron los cimientos de la insatisfacción y de su falso antídoto. Como bien observan los psicoterapeutas Miguel Benasayag (argentino, afincado en Francia) y Gérard Schmit (francés) en un reciente y poderoso ensayo titulado Las pasiones tristes, Occidente se negó la posibilidad de no saber o de no poder. Toda ignorancia y todo impedimento serían sólo efímeros. Esto llevó a creer en un futuro mesiánico. Y, a su vez, dio a la ciencia y a la técnica vía libre para todo. Sólo debían cumplir con la promesa omnipotente, aunque saltaran vallas éticas.

Pero la promesa se tornó amenaza. Una ciencia y una técnica que no tienen límites y tampoco una dirección ética orientadora, terminan por participar, como ocurrió a lo largo del siglo veinte, de horribles holocaustos (Hiroshima, Nagasaki, los mecanismos nazis de exterminio masivo), de devastadoras depredaciones geográficas, de brutales anomalías climáticas y atmosféricas, de perversas manipulaciones genéticas. La tecnología de la virtualidad creó, además, legiones de nuevos y angustiados solitarios que creen comunicarse con semejantes (a los que no ven ni conocen y de los que tienen referencias parecidas a las de una sombra chinesca), mientras sólo están conectados a artefactos, cada vez más aislados de vínculos y circunstancias reales. Las personas no se vinculan, se espían. Cierto uso de esas tecnologías conectivas facilita los simulacros, el “como si”, remplaza a las verdaderas experiencias de la vida. Ya no se vive, se observa la vida en HD, 3D, en 120 canales, en tres o más megas. No hay tiempo para experimentar y acompañar los procesos. El zapping, el clic del mouse de la computadora, el comando del video juego permiten saltar de imagen en imagen sin completar ni comprender ninguna historia, ningún relato, ninguna idea. Todo debe impactar de inmediato o “fue”. No hay secuencia ni proceso, se va de impacto en impacto. Lo que no conmociona, aburre. La conmoción cada vez dura menos. Hay que subir la dosis. Se pierde la habilidad humana esencial de desarrollar potencialidades, construir relatos, comunicarlos, recibirlos, crear mitos que, al transmitirse, aseguran la perdurabilidad y trascendencia de una cultura. Cuando no se puede seguir todo el ciclo de una historia desde el principio al fin se acaba por creer que no hay historia, que todo (incluida la propia vida) es un árbol sin raíces y sin fronda. Sin nada que lo ligue a lo anterior, sin nada que agradecer, y sin nada que se deba proteger para las vidas que nos sucederán. O sea, sin un legado para dejar. No importa lo que se tenga, no hay felicidad en ello. Pucket sabía que hay que morder en la insatisfacción.

Los tsunamis, las nuevas enfermedades, las nuevas y peores guerras, las consecuencias inocultables del cambio climático dicen que las imposibilidades y desconocimientos del hombre ante su contexto no son transitorios. Forman parte de la condición humana. Como advirtió Marx, la lógica de las cosas se rebela contra las cosas de la lógica. Y esto, desmentido el futuro mesiánico, se recibe como una catástrofe. Si el futuro era una esperanza omnipotente, ahora parece una sombría amenaza. Hay que prepararse para la supervivencia, sin tiempo que perder. Hoy Darwin vería, feliz, cómo se apunta a ser el más fuerte (el que tenga más recursos materiales, menos compasión, menos escrúpulos, más doblez moral) para sobrevivir. Y Kant lamentaría el desprecio y el olvido que afectan al imperativo categórico según el cual una persona jamás debe ser un medio (sino siempre un fin) para otra persona.

Benasayag y Schmit hablan de la sociedad utilitaria en que vivimos. Todo debe servir para algo, sea una comunicación con otro ser humano, una relación de pareja, una lectura, una conversación, una reunión social, el ocio, una actividad deportiva, el estudio de un niño. Debe servir, en fin, para sobrevivir. Si el futuro es amenaza, todo lo que no tenga un fin útil será visto como pérdida (de tiempo, oportunidades, etcétera) o como un fiasco. Los vínculos interpersonales se convierten en contratos. Qué me das, qué te doy. Cuál es la ventaja para mí. Los valores se negocian; quien los mantiene, aún en desventaja, es un blando, un débil destinado a perder y desaparecer. Las transacciones interpersonales tienen que resultar productivas, ofrecer resultados. Quien se guía por sus afectos acabará por no ser apto. Como quien elige actividades fuera de la norma (carreras humanísticas, actividades artísticas, oficios artesanales sin diploma). Serán sospechosos de haber fracasado.

Si nos entregamos al utilitarismo, si éste, como el agua, penetra cada rincón de nuestro ser y nuestra existencia, no habrá más que angustia por delante. Se tratará de usar o ser usado. Consumir o ser consumido. No habrá que distraerse. Si el futuro es amenaza, vivamos hoy. Amenaza en el futuro, angustia en el presente. ¿Qué hacer, si no consumir hasta atontarse, aunque sea negando las consecuencias de los hechos (cuotas reales a pagar, extinción de recursos, contaminación y depredación, más insatisfacción, costos de la fiesta)? Hay otra opción, que requiere la voluntad de encontrar el sentido de la propia vida (éste siempre se descubre, nunca se crea ni se inventa). Ese sentido aflora en nuestras acciones y tareas (qué hacemos, cómo lo hacemos, que vocaciones respetamos, cómo honran a otros nuestros actos), aflora en nuestros valores y sentimientos (cómo vivimos esos valores, cómo amamos y nos vinculamos), y aflora en nuestras actitudes y conductas (cómo reaccionamos antes las circunstancias que nos propone la vida, muchas de ellas dolorosas, otras misteriosas, todas con un significado a revelar). Nada de esto se vende en las grandes tiendas ni se pacta en relaciones contractuales. Sólo se forja en la vida real. Y pone a sus protagonistas de cara a una esperanza. No la de la omnipotencia, sino la del sentido.

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Por Sergio Sinay | www.sergiosinay.com