Un hombre que nunca bajó los brazosy siempre apostó al trabajo digno

Marcado por una infancia de abandono y pobreza, este líder social nato fue uno de los impulsores de lascooperativas de trabajo durante la crisis de 2001; hoy dirige la cooperativa de cartoneros El CorreCamino.

Saluda con aire campechano. Su pelo largo y negro acusa pocas canas para sus 57 años. "Es que el trabajar te mantiene joven y con la cabeza fresca", explica con una sonrisa Ricardo Coco Niz, aunque ese no sea su nombre real.

"Mi nombre y mi edad no la sé. Mis papás me abandonaron cuando era chico, en un colegio de curas, y ahí ninguno de nosotros teníamos nombre, todos nos llamábamos con apodos. El que me bautizó como Ricardo Niz fue un milico que me vio jugando al futbol y quiso anotarme para que jugara en su club. Gracias a eso yo tengo un documento", cuenta este hombre que hizo del sufrimiento su escuela de vida y creó la cooperativa de cartoneros

El CorreCamino, que trabaja en los barrios de Palermo, Villa Crespo, Belgrano y Almagro, recolectando todos los materiales que se puedan reciclar de los vecinos antes de que sean tirados a la basura. Ricardo se escapó del colegio franciscano de Entre Ríos al que asistía y terminó en Buenos Aires. "Cuando llegué quedé enamorado de la ciudad, nunca había visto tanta gente y tanto cemento; yo venía del campo, de las vacas y de cultivar la tierra, y la verdad que todo era increíble para mí. Como lo único que sabía hacer era trabajar, me busqué un trabajo para poder vivir y así conseguí entrar en una de las obras que se estaban haciendo para el Mundial 78", explica Ricardo mientras comparte lo que tiene a su alcance a quien lo necesite.

Aunque sus primeros años en Buenos Aires fueron duros, su templanza y su espíritu lo ayudaron a sortear los problemas que fueron apareciendo. "El encargado de una obra me vio durmiendo en la calle y pese a que podía echarme por eso, me ayudó a conseguir una habitación en el subsuelo de la obra. Ahí compré con mi primer sueldo una cocinita y una pava para tomar mate. Cada vez que prendía la hornalla sentía tanto orgullo que no podía contener las lágrimas", afirma, evocando los recuerdos de aquellas épocas. "Ahí conocí a Estelita", dice y frena un momento para darle dramatismo al relato: por sobre todas las cosas, Ricardo es un gran orador. Estelita fue mi primer amor y es la madre de mis primeros 5 hijos. Un día, de la nada, me dijo que quería otra cosa en su vida y desapareció para siempre", dice suspirando y vuelve a cebar el mate.

"Después del Mundial se acabó toda esa fuente de trabajo de la cual vivía, y como no sabía leer, no me tomaban en ningún lado. Fue ahí que, para darle de comer a mis hijos, tuve que arrancar a cirujear. Perdí esa habitación que tenía en la obra y me mudé con mi familia a una fábrica abandonada. Ahí recibíamos a todas las familias en situación de calle", explica Ricardo y, tras un momento de reflexión, resume: "A mí la vida me pasó por encima, ¿sabés? Pero creo que el dolor es una gran escuela, gracias a lo que sufrí en mi vida, yo sé lo que quiero y lo que no quiero para mí".

Época de crisis

Fue durante la gran crisis de 2001 cuando Ricardo conoció lo que significaba una cooperativa y sus posibles beneficios. "En 2001 empezaron a cartonear familias que hasta ese entonces gozaban de un buen pasar económico y cultural. Ellos fueron los primeros en plantear la idea de poner una cooperativa de trabajo por los beneficios que podíamos tener." Así fue que junto a Cristina Lezcano crearon El Ceibo, la primera cooperativa de trabajo para cartoneros.

"En 2009, buscando un crecimiento personal, me alejé de El Ceibo y me fui a trabajar a Fuerte Apache con Luis D'Elía, pero en realidad todo era lo mismo. Me di cuenta de que no existía ninguna diferencia y que siempre alguien terminaba quedándose con gran parte de las ganancias. Hablé con Luis y le dije que me iba", cuenta Ricardo mientras su miraba se apaga al recordar el egoísmo de personas que, desde su posición, podrían ayudar a los otros. "Siempre pensé que el sistema nos quiere imponer la idea de que la solución a todos los problemas está en aquellos que manejan el poder, pero la realidad es que la solución está en cada uno. Uno tiene que tener ganas de mejorar para poder mejorar." Fue con esa premisa que Ricardo se mudó a un terreno baldío y construyó allí los cimientos de lo que, años más tarde, sería su exitosa cooperativa.

"Primero armé en Pilar una cooperativa que se llamó El Camino y que, pese a tener éxito en los countries y barrios privados de la zona, fue boicoteada por el Gobierno por ser una organización alejada de la política", explica indignado Ricardo.

"Siempre tuvimos problemas con el poder por no aceptar los planes sociales. Muchas veces me dijeron que era un estúpido por rechazar las propuestas que me hacían los del Gobierno, pero la realidad es que los planes sociales son la gran herramienta de manipulación que ellos tienen. Te dan todo, pero en realidad no tenés nada, siempre vas a volver triste a tu casa. O por sentir que no estás ganándote lo que te dan o porque muchas veces te ganás el mote de enemigo público por seguir las órdenes de los punteros políticos", resume.

"Cuando uno está en situación de riesgo tiene que pensar si prefiere ser pobre de dinero o de valores. Yo odiaba sentir que les estaba robando plata a los contribuyentes, pensaba que con esa actitud estaba siendo invitado a que me rechace la sociedad. Por eso decidí crear una cooperativa donde seamos socios de la gente. Un emprendimiento que nos permita a nosotros vivir con dignidad y al resto de la población a tener una ciudad más limpia y ordenada, así nace El Corre Camino."

El CorreCamino es una idea tan sencilla como útil. Consiste en una cooperativa de cartoneros que recorre los barrios de Palermo, Villa Crespo, Belgrano y Almagro, recolectando todos los materiales que se puedan reciclar de los vecinos antes de que sean tirados a la basura. Son 43 las familias que gracias a este trabajo, reciclan entre 110 y 123 toneladas de material limpio por mes.

"Nosotros vamos a buscar la basura a tu casa, volvemos tu posconsumo en dinero. Queremos que en lugar de que se aumenten los impuestos para darnos el dinero, la sociedad sea nuestra socia y nos permita ganarnos el salario con trabajo."

Ricardo al igual que los grandes líderes de la historia, como Alejandro Magno, pregona su idea con el ejemplo: todos en El Corre Caminos tienen la misma jerarquía, nadie es más que su compañero, pese a que suene utópico, es un sistema comunista que funciona en los papeles y en los hechos. "Podés preguntarle a todos acá, nadie gana más que nadie, si llegara a haber un excedente de dinero se divide entre todos los que trabajamos en la cooperativa."

Esa nobleza -que se puede palpar con tan sólo compartir un mate con él- es lo que hace que muchas empresas lo busquen para trabajar. Ricardo invita a todos los empresarios a que los conozcan, cree que El Corre Camino puede llegar a ser una innovadora empresa social en la Argentina: "Un buen ejemplo puede transformar a toda una sociedad".

Con sólo escuchar algunas cifras podemos entender con claridad aquel graffiti que se lee en todas las paredes de la modesta salita de reuniones que tiene la cooperativa en la esquina de Córdoba y Humboldt: Tu basura es mi tesoro. "Sólo en nuestra zona se tira por día 2 mil toneladas de vidrio a la basura. Sólo ese producto podría significarnos a nosotros unos 100 mil pesos diarios. ¿Cuántas familias podrían salir de una situación de riesgo con esa plata? ¿Cuántos chicos podrían tener acceso a una buena educación y no caer en el flagelo de la delincuencia?", se pregunta Ricardo y sus palabras tienen cada vez más contundencia.

No darse por vencido

"Muchos dicen que no vamos a durar mucho tiempo más, pero yo no sé lo que es darme por vencido", comienza a responder Ricardo cuando es consultado por el futuro de su proyecto. "Lo único que no nos permite crecer más es el espacio. Hay 36 familias que están esperando trabajar con nosotros y no podemos acogerlos por una cuestión de estructura. Yo sé que alguna empresa nos va a escuchar y va a querer ayudarnos, porque alguien tiene que escuchar, alguien tiene que vernos. Queremos no sólo ser un grupo de cartoneros unidos, queremos ser una empresa, que pueda ofrecer una obra social, un sueldo, una posibilidad de trabajo digno y yo creo que se puede", dice Ricardo mirando por la puerta, esa misma puerta por donde cada vecino que pasa lo saluda efusivamente.

Ricardo es un orador nato. Sus rasgos humildes se complementan con su inteligencia y su espíritu solidario. Es imposible escucharlo sin que cada una de sus palabras sea un dardo certero que contagie su visión.

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Por Leandro Milán | Para LA NACION