Toronto: Skyline futurista

En el distrito financiero, los rascacielos de piel espejada se ven flamantes, como deshabitados. Se asemeja al de aquellos países de los que se dice que no tienen historia, como Dubai. Pero no es el caso. En Toronto hubo un antes y un después de la II Guerra Mundial.

Después de la II Guerra Mundial, Toronto recibió un boom de inmigración que la obligó a hacer espacio para los recién llegados. De golpe, se subió a los tacos altos y las casas bajitas se estiraron hasta convertirse en rascacielos que llenaron el horizonte de puntas brillantes como lápices de acero. Cuando todo estuvo listo encendieron la TV y la imagen se veía con lluvia. ¿Cómo podía suceder en la ciudad del futuro? Simple: las antenas de transmisión habían quedado enanas al lado de las moles espejadas. Esa crisis comunicacional fue la oportunidad para que en 1976 naciera la CN Tower, de 553,33 metros. La torre no sólo definió el skyline de Toronto, sino que además se convirtió en el edificio más alto del hemisferio occidental.

Desde afuera el mirador de la torrees redondo y achatado como una nave espacial, como un macaron que cambia de color según la fecha. Dicen que cuando murió Nelson Mandela se iluminó con los colores de África. Tomo uno de los seis ascensores vidriados cuyo piso de cristal es capaz de soportar el peso de 14 hipopótamos y 58 segundos después veo la ciudad con los ojos de Gulliver. Si yo me siento valiente, imaginen a los turistas que se animan al EdgeWalk. “Edge” significa borde; “walk”, caminar. Y, en este caso, “caminar por el borde” es igual a “caminar por la cornisa”. Para eso hay que subir al piso 116 y enfundarse en un traje con arnés. Este se engancha a una vía circular que da la vuelta completa a la torre. Una vez atados a la vida, comienza la caminata al aire libre sobre el techo del mirador, sin barandas y con las manos libres.

En un instante estoy de nuevo en tierra firme. Al lado de la espiga gigante, está el Ripley’s Aquarium, que inauguró a fines de 2013. Dudo si entrar hasta que una pantalla de led me muestra cómo unos niños acarician una raya. En la recepción, una inmensa pecera con luces hace de lámpara. El recorrido está lleno de actividades interactivas como una balanza para saber cuánto costaría si fuese un atún. No sé si ponerme contenta por lo que valgo o llorar por mi peso. Un visor me deja ver como un tiburón martillo. De repente me monto en una cinta transportadora que recorre los 97 metros de un túnel de cristal llamado Dangerous Lagoon.

Estoy en el medio de un acuario que parece un mar. Estoy rodeada de inmensos tiburones sierra, mantarrayas, tortugas, peces de colores que nadan sobre mi cabeza. Esto es como flotar en el fondo del océano sin necesidad de usar oxígeno. En el escenario siguiente, gigantes masas de gelatina bailan en una pecera vertical y una luz negra las hace ver fosforescentes. Parece una fiesta rave. Cada vez que las medusas estiran sus tentáculos dibujan fuegos artificiales que explotan en el agua. Claramente, hoy no podré comer sushi.

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Por Connie Llompart Laigle / www.lugaresdeviaje.com