Por qué masticar bien es mucho más importante de lo que crees, según la ciencia

La ciencia descubrió que masticar bien va mucho más allá de ayudar a digerir. Sus efectos sobre el cerebro, el sistema inmune y el control del apetito sorprendieron a los propios investigadores.

El hábito más ignorado del día que afecta al cerebro, al sistema inmune y al peso corporal

Masticar parece uno de los actos más automáticos e insignificantes del día. Se hace sin pensar, decenas de veces, sin darle mayor importancia. Pero la evidencia científica más reciente está cambiando radicalmente esa percepción. Distintos equipos de investigación descubrieron que este gesto cotidiano activa mecanismos que van mucho más allá de la digestión e impactan en el sistema inmune, la función cerebral, el control del apetito y la salud mental. Lo que encontraron abre nuevas líneas de prevención para enfermedades complejas y obliga a repensar algo que se da casi por sentado.

El sistema inmune empieza en la boca

Uno de los hallazgos más sorprendentes proviene de una investigación conjunta entre The University of Manchester y el National Institutes of Health de Estados Unidos. El estudio demostró que el simple acto de masticar estimula células inmunitarias llamadas Th17 en las encías, cuya función es proteger la cavidad bucal contra infecciones bacterianas y fúngicas.

Lo que resultó inesperado fue el mecanismo detrás de esa activación. La bióloga Joanne Konkel, parte del equipo investigador, explicó que no es la presencia de bacterias lo que dispara esta respuesta protectora, sino la masticación en sí misma. La fricción constante de los alimentos genera microdaños en las encías que activan los factores responsables de producir estas células defensivas. Hasta ahora se creía que este tipo de mecanismos inmunes solo se activaban por contacto con bacterias beneficiosas, como ocurre en el intestino o la piel. La boca, al parecer, funciona de otra manera.

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El dato tiene, sin embargo, una cara menos favorable. Una sobreestimulación de las células Th17 puede resultar contraproducente y asociarse con periodontitis, una enfermedad que no solo afecta la salud dental sino que está vinculada con complicaciones como diabetes, artritis reumatoide, enfermedades cardiovasculares y partos prematuros. Como en tantos otros procesos biológicos, el equilibrio es clave.

Masticar bien preserva la memoria y frena el deterioro cognitivo

La relación entre masticación y cerebro es uno de los territorios más activos en la investigación actual. Estudios revisados por equipos japoneses y europeos documentaron que la pérdida de capacidad masticatoria, común en personas mayores por la caída de dientes o el uso de dietas blandas, se asocia con deterioro cognitivo progresivo y un mayor riesgo de demencia.

El mecanismo involucra varias vías neurosensoriales. La información generada por el movimiento de masticar viaja al hipocampo, la región cerebral clave para la memoria y el aprendizaje, a través de circuitos que incluyen el nervio trigémino, el tálamo y la corteza cerebral. Ese estímulo sensorial favorece la neurogénesis, es decir, la formación de nuevas neuronas, y la plasticidad sináptica, dos procesos esenciales para mantener la memoria activa a medida que pasan los años.

Cuando ese estímulo se reduce por pérdida de piezas dentales o una alimentación excesivamente blanda, el hipocampo recibe menos señales. El resultado es una menor densidad neuronal y sináptica que acelera el deterioro cognitivo en adultos mayores. Mantener la salud dental y masticar alimentos con diferentes texturas emerge, en este contexto, como una estrategia preventiva concreta y accesible.

Un aliado inesperado contra el estrés

Los efectos de masticar sobre el cerebro no se limitan al envejecimiento. Ensayos realizados en condiciones de estrés demostraron que masticar ayuda a contrarrestar la supresión de neurogénesis que el estrés provoca en el hipocampo, preservando así la capacidad de aprendizaje y memoria incluso en momentos de alta presión.

La explicación tiene base hormonal: masticar bajo estrés modifica la secreción de cortisol y mejora la capacidad de adaptación del cerebro frente a situaciones adversas. En humanos, incluso masticar chicle sin azúcar mostró mejoras inmediatas en pruebas de memoria y tiempos de reacción, un efecto atribuido al aumento del flujo sanguíneo cerebral y a la modulación de neurotransmisores clave para el funcionamiento cognitivo.

No es un reemplazo para otras estrategias de manejo del estrés, pero sí una herramienta simple y subestimada que la ciencia está comenzando a tomar en serio.

El rol de la masticación en el control del apetito

Otro de los mecanismos que la investigación está desentrañando es la influencia de la masticación sobre las hormonas que regulan el hambre y la saciedad. Hormonas como la colecistoquinina, el péptido similar al glucagón tipo 1, la grelina y el péptido YY responden directamente al proceso de masticación e influyen en la sensación de saciedad y en el vaciamiento gástrico.

La evidencia sugiere que una masticación lenta y consciente favorece la secreción de las hormonas que indican al cerebro que ya es suficiente, ayudando a regular el tamaño de las comidas sin necesidad de ningún esfuerzo adicional. Este mecanismo resulta especialmente relevante en la prevención y el tratamiento de la obesidad y la diabetes tipo 2, dos de las condiciones metabólicas más extendidas a nivel global.

Comer rápido, en cambio, reduce el tiempo disponible para que estas señales hormonales lleguen al cerebro, lo que favorece la ingesta excesiva casi sin que la persona lo note.

Un gesto cotidiano con consecuencias profundas

Lo que la ciencia está revelando sobre la masticación obliga a cambiar la forma de pensar este acto tan automático. No se trata de buenos modales ni de recomendaciones vagas sobre "comer despacio". Se trata de un proceso fisiológico complejo que activa respuestas inmunes, estimula el cerebro, regula hormonas y protege la salud a largo plazo.

Los expertos coinciden en recomendar una alimentación variada que incluya alimentos de diferentes texturas y el cuidado regular de la salud bucal como parte integral de un envejecimiento saludable. Dos hábitos simples que, a la luz de esta evidencia, tienen un peso mucho mayor del que se les suele reconocer.

Masticar bien no cambia la vida de un día para el otro. Pero a conciencia y regularidad, puede ser un pequeño hábito con un gran impacto sobre nuestra salud integral.

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Redacción Vida Positiva