Papás Corazón

Papás que crían solos a sus hijos, derribando mitos a puro corazón

La cultura atraviesa cada acto, discurso, hecho o acontecimiento. La concepción que la sociedad occidental tiene sobre la familia es obra de su biografía histórica. Es decir, tanto la maternidad como la paternidad no son funciones innatas, sino adquiridas y transmitidas de generación y por lo tanto, susceptibles al cambio. Mientras hace tan sólo algunas décadas atrás el patriarcado regía la estructura familiar , en la actualidad las tareas y funciones de la crianza se comparten. La mujer ha logrado notables avances en el campo laboral, económico y académico y la creciente igualdad de género modificó sustancialmente los roles tradicionales. La cultura modifica, transforma y renueva sus mandatos y así nuestro contexto presencia nuevas tendencias en torno a la familia. Hoy un gran número de hombres en todo el mundo que eligen criar a sus hijos y no precisamente por obligación sino por elección.

Mientras la concepción cultural más extendida a nivel social indica que la mujer se encuentra más “apta” para la crianza de los niños, esta creencia está cambiando a partir de la cantidad de hombres que en caso de divorcio o separación eligen ser los principales tutores de los niños. Y aunque la ley todavía priorice a la madre en casos de tenencia, paulatinamente la Justicia está acompañando a la realidad social, ya que hoy la palabra del menor es más escuchada. Muchos chicos en la actualidad eligen vivir con sus papás o es la mujer quien cede la custodia permanente y definitiva al padre de sus hijos. Los hombres lejos de presentar resistencias o incertidumbres en torno a la crianza de los niños, han asumido su responsabilidad con un gran compromiso y además, lejos de separar a los chicos de la figura materna estimulan el vínculo e intentan reforzarlo.

En la Argentina, muchos papás han elegido este rol.

Según los datos del último censo, 250.000 hombres crían a sus hijos en soledad. En el 50% de los casos es por divorcio, y el restante por viudez. La tendencia no es propia de la Argentina, las familias monoparentales crecen a un ritmo vertiginoso en el mundo entero. Por ejemplo, en los Estados Unidos, existen 2.1 millones de hombres que crían solos a sus hijos y en España el 12% de las familias se encuentran bajo la tutela del padre.

El caso de Alberto Figueroa es un gran ejemplo: “Me divorcié cuando mis hijos tenían 14 y 17 años, y fue su mamá quien me cedió la tenencia y por supuesto, los chicos estuvieron de acuerdo. Seguramente, es todo un desafío pero el hecho de relacionar al hombre con la incapacidad de comunicarse, contener o proteger afectivamente a sus hijos, no es más que una falacia cultural. Hombres y mujeres, por igual, somos capaces de ejercer una crianza con contención, límites, valores y comunicación ”.

La aclaración de este padre no es casual ya que los modelos en torno a los roles familiares establecidos culturalmente todavía ejercen su fuerza y coacción social. El estereotipo indica que el hombre es más propenso a encarnar la figura de autoridad y disciplina y en cambio la madre, es quien contiene, escucha y comprende con mayor empatía a sus hijos. Pero estos supuestos, no son más que mitos construidos socialmente en torno al modelo que sindicaba al varón como proveedor y a la mujer como la responsable del cuidado del hogar y la crianza afectiva de los niños. Este modelo no se corresponde con realidad actual, en la cual los roles, las responsabilidades y la funciones se comparten.

Pero, aunque las familias del siglo XXI han revertido los mandatos y antiguas creencias tradicional sobre los roles masculinos y femeninos, todavía existen algunas resistencias y mitos. Pero, ¿Por qué? ¿Los valores familiares dependen del género? Por supuesto, que no. Los estructura psíquica de un hombre o mujer no se encuentra determinada por su sexo sino que es producto de una multiplicidad de factores como la historia familiar, los mandatos culturales y sociales en juego en cada contexto determinado, sus elecciones personales y luego su desarrollo individual y social en el marco de una sociedad, trabajo y familia. Es decir, el género no determina de manera innata la capacidad para ser mejor o peor padre o madre, según sea el caso. Las ideas establecidas en el inconsciente colectivo en torno a esta diferenciación, no son más que ideas culturales arraigadas y transmitidas históricamente.

Un hombre y una mujer poseen idéntico potencial para criar a sus hijos, el género no los limita en sus capacidades. De manera paulatina, los estereotipos familiares ceden a nueva realidad que exhibe como un padre es capaz de contener, ser afectuoso, demostrar sus sentimientos sin temor a los mandatos sociales y además poner límites y ejercer su autoridad paterna.

La educación, los valores y la crianza no tienen género. La prueba de ello son los miles de hombres que hoy en día hacen de papá y mamá al mismo tiempo y construyen un lazo inconmensurable con sus hijos. Nuevas familias nacen, mitos culturales caen. Un nuevo capítulo se está escribiendo en la historia de la familia a nivel mundial, y su única herramienta es el amor incondicional de estos padres hacia sus hijos.

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