Naranjas argentinas

El periodista chileno Patricio Jara, escribió para el diario Crítica Digital, este hermoso artículo donde pinta la relación de los hermanos trasandinos de uno y otro lado de los Andes

Para quienes vivimos la infancia a fines de los 70 en el norte de Chile, en pleno desierto de Atacama, imaginar que al otro lado de la cordillera, más allá de los salares y de las quebradas, había otras ciudades –y otras vidas– resultaba imposible. Suponer una provincia como Salta, paralela en el mapa a Antofagasta, era un ejercicio similar a describir la Atlántida o a los dinosaurios que alguna vez –nos contaron– habitaban el polo sur. Sin embargo, a veces llegaban pequeñas señas, pequeños indicios, cosas –evidencias, pruebas– que hablaban de la vida allí, al otro lado: como saber que a la feria del barrio habían llegado naranjas argentinas.

No importaba que, en vez de cruzar el desierto en una memorable travesía, como lo imaginábamos, los cargamentos de naranjas en realidad hubieran llegado a Antofagasta previo ingreso por el paso Los Libertadores y luego en camión desde Santiago. Eran naranjas argentinas, casi rojas, dulces y tan jugosas que era inevitable terminar chorreados hasta el codo. Así era el mundo que había al otro lado de los Andes: dulce y colorido.

Situar deliberadamente este recuerdo tal vez sea el modo más directo –o menos tramposo– de elucubrar en estas líneas sobre el modo en que los chilenos vemos a los argentinos; un modo que, al menos por un instante, evite echar una mirada, aunque sea fugaz y de reojo, a nuestras banderas y a nuestras contingencias, que deje de lado esa ridiculez que propone y construye al orgullo patrio por cuanto se opone a otros orgullos patrios, en este caso, al de nuestros vecinos, al de ustedes, los que viven al otro lado.

Para mi generación, los que fuimos engendrados al final del gobierno socialista de Allende y vinimos a nacer en los primeros años de la dictadura de Pinochet; para la generación que hoy comienza a pagar su casa propia y cría, en muchos casos, a su primer hijo, aquella rivalidad fue, al final, una rivalidad militarizada, la costra de la época en la cual menos orgullo podemos sentir por los uniformes y las charreteras. Lo demás, digámoslo de una buena vez, es paja: que la carne, que las minas, que el fútbol; que a ustedes los italianos y que a nosotros los españoles; que sus policías fuman en la calle y los nuestros no; que ustedes tienen buen rock and roll pero ninguna banda de heavy metal potente y dura de verdad; que ustedes tienen a Borges y nosotros al tirano que lo condecoró; que le echan agua al vino y nosotros no; que ustedes son capaces de reventar los estadios cuando reciben a los Rolling Stones, pero nosotros jamás lo lograremos; que a la primera que salta ustedes salen a la calle en masa a poner las cosas en orden y nosotros nos demoramos décadas en ponernos de acuerdo en la hora y en el lugar; que cuántas expresiones coloquiales les hemos robado, partiendo por el “se viene”; que al metro de Santiago nunca subirían vendedores ambulantes; que sin el ejemplo argentino jamás tendríamos el fervor nacional que nos vino por el fútbol, al punto de hacer el ridículo –aunque sea en broma y producto de la embriaguez eliminatoria de unos cuantos periodistas sin pauta propia– de proponer al profesor Bielsa como candidato a presidente.

Lejos de esta discusión de boliche, de las comparaciones de trasnoche, y también lejos, ojalá mucho, de las razones de aquella guerra que no fue, alentada por el puño de las dictaduras –con nuestros muertos y los criminales compartidos y repartidos por igual– me gustaría creer que el modo como los chilenos hoy vemos a los argentinos ha cambiado por la fuerza de los hechos y no por modas ni decretos de ninguna clase.

A fines de 2001, después del desastre del corralito, de ver que su presidente renunciaba con una nota escrita a mano y salía en helicóptero, es evidente que la percepción competitiva, revanchista y envidiosa cambió. De pronto se dejaron de escuchar aquellos chistes que hablaban de que había una vez un chileno, un peruano y un argentino. Los chilenos vimos el horror, la furia. Vimos lo cerca que estaba y también lo vulnerables que podíamos ser todos si no aprendíamos. Vimos la hambruna, a la gente escarbando en la basura. Y lo sé de buena fuente porque a mi mujer lo tocó viajar y reportear el tema: me ha tocado escucharla recordar –cuando vamos de vacaciones y caminamos durante horas– del momento cuando el país de los campeones del mundo se fue a pique. Todo eso hoy nos hace más cercanos como países que cualquier batalla patriota dada en conjunto, más que cualquier ejército libertador cruzando los Andes dispuestos a patearles el culo a las huestes realistas.

Ahora que sinceramos un poco las cosas, vamos a decirlo claro y sin tanto rodeo: la primera vez que lloré con un gol fue con un gol argentino, el de Burruchaga en México 86: el carrerón que lo decidió todo. Tenía 12 años y a esa edad nadie puede reprimirse nada ni saber de banderas ni de fronteras; nadie está obligado a considerar que los camiones con naranjas argentinas cruzando el desierto, de haber sido reales, habrían saltado por los aires a causa de los campos minados que aún permanecen en el desierto que nos separa. Minas, bombas de piso, bombas arrancapiernas que nadie sabe con certeza dónde están ni cuántas faltan por encontrar, pero que cuando en cuando estallan para hacernos recordar lo que entonces teníamos en la cabeza y lo que estábamos dispuestos a hacer.

Pero hay veces que bien podemos pensar que las cosas no han cambiado tanto como podría creerse. Basta asomar a cualquier foro sobre competencias deportivas entre ambos países para ver la saturación de comentarios exacerbados, varios de los cuales –pasiones aparte– se esmeran en elevar esta supuesta rivalidad histórica a la categoría de problema, sacando a relucir añosos tratados limítrofes o bien poniendo sobre la mesa un asunto tan empañado y vaporoso como la soberbia del argentino a modo de explicación clínica.

Pero hoy ocurre que esa voluntad, esa actitud que antes nos parecía del peor gusto, en estos tiempos es un valor agregado, un modo de apuntar hacia lo alto, a creerse el cuento y sentirse un poco dueño de todo. Es, más que mal, una condición que en esta última década de esplendor del libre mercado, de la voracidad monetarista y privatizante, llegó a transformarse en una virtud inestimable.

Me gustaría pensar que el único fundamento de veras en serio, de veras incrustado en el inconsciente colectivo, para sustentar esta idea de la soberbia se aloja en el modo como René Ríos Boettiger, Pepo, el creador de nuestro internacional Condorito, dibujaba a Che Copete, el personaje argentino que de tanto en tanto asomaba en Pelotillehue: sonrisa perfecta, pecho levantado, entrador con las mujeres pero –y esto siempre quedaba bien atrás– dueño de una profunda tristeza que, por lo demás, la necesitaba para cantar buenos tangos.

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Por Patricio Jara