Los impuestos están a la orden del día

Una historia bíblica que invita a la reflexión de hasta dónde puede llegar la voracidad fiscal de un estado.

El Estado es un barril sin fondo: parece que no hay recaudación que alcance y los ciudadanos viven cada vez más ahogados. Los supuestos beneficiarios viven mal, los que pagan viven mal y los que lo administran también viven mal. Corolario: eso de que “el impuesto vuelve al pueblo” es más una falacia que una verdad. Más demanda y menos provisión, parecería que se perdió la razón de ser. Eso de “el servicio al hombre por el hombre”.

Hay lecciones de la historia que vienen a cuento.

¿Acaso no se desencadenaron revoluciones por la carga exacerbada de impuestos y la apatía de los gobernantes, sean monarquías o sistemas más modernos?.

Los más citados son los casos de la Revolución Francesa y el Tea Party. Pero hoy quiero traer una mucho más antigua y que está relatada en la Biblia. Más precisamente en el Antiguo Testamento, en el Primer Libro de Reyes Capítulo 12 y en su correlato en ell Segundo Libro de Crónicas, en el Capítulo 10.

Estamos aproximadamente 1.000 años antes de Cristo. Muere Salomón, el hijo del gran Rey David, famoso por su sabiduría. El pueblo ya había realizado importantes aportes, humanos y materiales. David había llevado a Israel a una época de oro que no se volvería a repetir; pero eso también implicó sangre en guerras y alzamientos. Su hijo Salomón dedicó buena parte de su reinado a la construcción del templo y ello requirió del aporte del pueblo en impuestos.

No solamente aportaban para las guerras y las obras faraónicas. También mantenían al Rey con todo su séquito, al sacerdocio y al ejército. Casi un siglo de pesadas cargas.

Muerto Salomón, asume su hijo Roboam.

Ese pueblo tan sacrificado viene a la presencia del Rey y, haciendo historia de las cargas que había sufrido por varias décadas, le solicita que disminuya el yugo. El Rey se toma varios días para dar respuesta y acude a sus consejeros. Primero a los ancianos que habían servido a Salomón, su padre. Y, luego, a sus jóvenes amigos. Los ancianos le dicen: “Si tu fueres hoy siervo de este pueblo y le respondieras con buenas palabras, te servirán para siempre".

Hay allí dos ideas de los sabios que quisiera destacar.

Una, que quienes gobiernan están para servir y no para que se les rinda pleitesía. Dos, que los gobernados merecen ser respetados y tratados con amabilidad. Ese fue el consejo de quienes acumularon experiencia. Dicho de otro modo: “escucha lo que te solicitan y accede con amabilidad a su pedido”.

Luego Roboam acude al consejo de los jóvenes.

El relato bíblico los describe como aquellos que se habían criado con él. La sugerencia que le hacen llegar es opuesta a la de los ancianos. Ellos proponen el siguiente mensaje: "Mi padre, David, os cargó con un pesado yugo. Pero yo se los cargaré aún más. Mi padre los castigó con azotes. Mas yo os castigaré con escorpiones".

Se evidencia la dicotomía entre la sabiduría de los años versus la prepotencia de los jóvenes.

Es interesante señalar que estos jóvenes eran de noble cuna y se habían criado en jaulas de oro. Ni la monarquía ni el clero pagaban impuestos; por el contrario, la realeza los colectaba y el sacerdocio recibía el diezmo.

El lector se preguntará cómo continúa esta historia.

Pues bien: el Rey sigue el consejo de los jóvenes. El pueblo se levanta, matan al administrador del reino, el Rey huye, el Reino se divide en Judáh e Israel y ambos territorios terminarán sojuzgados por otros imperios.

¡Qué diferente hubiera sido la historia de haber seguido Roboam el consejo de los ancianos!

"Tenemos un sistema que cobra cada vez más impuestos al trabajo y subsidia el no trabajar" Milton Friedman

Este relato histórico nos deja una pregunta: ¿Hasta dónde se puede exigir tributos por el poder de imperio del Estado?

En términos modernos podemos aseverar que ese límite es la confiscatoriedad. Es decir, imponer una carga tan gravosa que exceda la capacidad económica de la persona y la empobrezca más de la cuenta. Una fina frontera de la solidaridad. Es similar a lo que le sucede a usted con sus familiares y amigos, ¿hasta dónde está dispuesto a asistir? La imagen puede asociarse a quien acude en rescate de alguien que se está ahogando: la respuesta debe ser tal que no termien arrastrándolo al fondo.

Volviendo a nuestra historia bíblica, con los tributos el pueblo se defendió, hizo la guerra y construyó un templo fastuoso tal como Jehová le describió. El costo fue pagado por varias generaciones. Era, pues, tiempo de recoger un poco del fruto del trabajo.

En esta historia vemos que el pueblo fue solidario por aproximadamente 80 años. Pero llegó un momento en que pidió un descanso. El corazón altanero respondió sobre la experiencia y la cordura. Permítame introducir un antiguo dicho popular “el diablo sabe más por viejo que por diablo”.

También es una lección:

Cuidado con despreciar el pelo blanco. No en vano se transitaron años de experiencia de vida. La soberbia resulta pésima consejera y el excesivo poder envanece. La educación ayuda, pero el tránsito por la vida aporta madurez y sabiduría.

La función pública es un servicio al pueblo y el sacrificio se predica con el ejemplo. El poder no es un objetivo en sí: un cuchillo puede servir para comer o para matar. Depende de cómo se use.

Como con cualquier acto de gobierno, si los impuestos no logran que el hombre viva mejor, podrían generar hastío y como sucedió en Israel, que el reino se divida. Un desenlace que inexorablemente termina costando sangre, sudor y lágrimas; un futuro de desdichas y desolación, matando una vida plena de paz y amor.

Parece que al fin y al cabo la historia se repite. Sigue el hombre tropezando más de una vez con la misma piedra.

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Por Roberto Condoleo, especialista en Derecho Tributario