Germán Frers, el dueño del tiempo

Decidir qué hacer y cuándo es el mayor privilegio hoy. ¿Por qué tiene más valor la experiencia que las cosas?

Germán Frers, el navegante, mira el horizonte en el río. Foto: LA NACION / Fernando Gutierrez

El día, que había arrancado flojo, hizo una vuelta de timón y, poco a poco, comenzó a brillar. De criticar algo, sólo podríamos echarle la culpa al viento. Pero para el señor de las grandes aguas eso no será problema, ni siquiera tema.

Impacta cómo se mueve en su joya de madera lustrada y velas que parecen espuma. El marinero, que le conoce hasta los supiros, invita amablemente a quitarse los zapatos para evitar cualquier rayón. Él, sonriente y seguro, orgulloso de su criatura, pone manos en el asunto y nos hace zarpar.

Estamos en San Fernando y quien nos conduce es Germán Frers (72), el arquitecto naval especializado en yates que hizo y sigue haciendo historia en el mundo. El velero se llama Alguacil y es el mismo con el que se consagró campeón en la Copa Rolex de clásicos. Hay champagne y sándwiches esponjosos de jamón, queso, lechuga y mayonesa; aparentemente, sus favoritos.

Erguido, se lo ve feliz respirando río, con la mirada en el horizonte, gozando del movimiento. "Esto es lujo. Tiene que ver con poder estar en paz con uno mismo, saber querer, saber reír. Pero en mi caso, está relacionado con el poder ver lejos. Tanto en el campo como en el agua sucede ese milagro, que no es ni más ni menos que la libertad", dice sereno, amable, por momentos algo parco, el hombre que más sabe de barcos en la Argentina.

Cuarto Germán en línea de los Frers (el sexto y último por ahora es su nieto y vive en Milán), es hijo de un dandy que no quiso dar la última materia de la carrera para que no lo llamen ingeniero. "Mi padre fue un idealista, que se destacó en la década del 30 como diseñador y regatista. Hizo un gran trabajo, pero en ese entonces no era fácil trascender. Mi vocación comenzó cuando, de muy chico, escuchaba sus historias de veleros, de mar y de río. Jamás dudé en seguir sus pasos."

-¿Qué sucedería si lo condenaran a vivir siempre con los pies sobre la tierra?

-Si fuera un campo, calculo que no tendría problemas. Mi necesidad es un tema de horizonte limpio. Como decía, el poder ver más allá. Necesito espacios grandes. Eso lo relaciono con poder ser libre. Pero claro, al agua la necesito. Hay fotos mías en el moisés cuando tenía un mes de vida. El movimiento que otorga el río o el mar es algo que llevo incorporado y disfruto. Me gusta estar a flote, es algo que inmediatamente me hace sentir bien.

-Un remedio que siempre tiene a mano.

-Algo así. La verdad es que jamás hice terapia y ahora creo que se me pasó el tiempo. Pero el placer que experimento sobre el agua tiene conexión con la sensación de libertad.

-¿Sensación?

-No. Mal dicho. Es la libertad absoluta y real. Cuando uno viaja en avión eso no sucede. En mi caso, simplemente quiero desaparecer hasta llegar. La realidad es que te sentás, querés que el tiempo vuele para aterrizar de una vez. No manejás ni la nave ni el disfrute. No existe el mientras, que es lo más hermoso en un viaje en barco. En el avión no hay comidas viendo amaneceres ni una mesa donde confesar penas o alegrías. Falta la sensación de atravesar el tiempo, de adueñarnos de él.

-¿Existe alguna diferencia que se advierta en lo sensorial a la hora de navegar sobre agua dulce o salada?

-Excepto el color, la verdad es que no. Pero cada vez me entusiasma menos el río. Cuando era joven, me encantaba. Ahora, quizá por la polución, está empezando a molestarme el color y el barro.

-¿Cuál es el mar más hermoso del mundo?

-El Mediterráneo. Amo la parte de Turquía y el Egeo. También Cerdeña y alrededores. Adoro esos azules y siento fascinación por el agua salada. Bueno, no soy muy original diciendo esto porque es sabido que son maravillas del mundo. Pero no soy tan exigente. Estando a flote y bien acompañado ya me siento feliz.

-¿En serio no se declara exigente?

-Es una forma de decir. Exigente soy. Muy. Pero intento ir aflojando. Por culpa de tanta exigencia hice algunas cosas mal. Mi padre, en cambio, fue más relajado y con nosotros tuvo una relación fluida, amena, hermosa. Él un día dijo quiero tener mi propio barco y arrancó su historia. Pintaba, era más bohemio, se sentía artista ante todo. No pensaba en el dinero y se dejaba fluir. Yo, en cambio, tuve mis buenos años de workaholic. Trabajé sin pausa, con la tonta idea de calcular los años que me quedaban para hacer esto o lo otro.

-¿Y qué perdió en medio de semejante carrera?

-No haberle dedicado más tiempo a mis hijos. Uno cree que lo hace por ellos, pero es mentira. En el fondo, uno lo hace por uno. Y los chicos sufren. No me lo han dicho nunca, pero a veces advierto que no me conocen del todo. Igual, pienso que todo es reparable. Queda tiempo para cambiar el rumbo. ¡Hay que largarse a hablar! No queda otra.

-Tuvo varios amores. ¿Está en pareja?

-Hace siete años, con Luisa Miguens, una gran compañera. Muy activa, divertida, ocurrente, fresca. Me parece que en esta etapa, cuando se empieza a pasar la barrera de los 70, es muy importante estar acompañado. Saber querer. Yo tuve mucha suerte. Hice lo que quise, viví de mi vocación porque nada me gusta más que diseñar y crear. Ahora es sólo una cuestión de orden, de decidir los tiempos y organizar. Ya no me interesa correr. Ya no calculo cuánto tiempo me queda. Quiero vivirlo bien, disfrutar el presente.

-¿Cuándo decidió ser el dueño de sus tiempos?

-El cuento no es muy romántico. Creo que el clic se dio después de un rapto exprés que me sucedió hace diez años. Por eso ahora me ven con este reloj de plástico. El último Rolex y bastante más se lo llevaron mientras me decían que iban a matarme, con una pistola en la sien. Esperaba el disparo y pensaba, ¿dolerá mucho? Esa situación me cambió la vida. Me salvé por un amigo, que se movió maravillosamente. Pero ahora no voy a cualquier lado. Me cuido. Y rezo por mis hijos.

-¿Con el pasar del tiempo se disipa el miedo, el enojo?

-Como todo en la vida. Pero nunca puedo sentirme contento porque la situación en este país es bastante frustrante.

-¿Nunca quiso hacer política?

-Jamás. Mi misión fue llevar la bandera argentina por el mundo. Ese es mi orgullo. Aunque este año en Cannes tuve una situación espantosa. Me dijeron que no ponga la bandera en el puerto, que no la ice porque estaba mal vista. No les hice caso. Pero fue un shock.

-¿Qué anhela? ¿Qué le gustaría que suceda?

-Asumo que soy un poco nostálgico. Tengo nostalgia de las buenas épocas pasadas, de los lindos recuerdos familiares. Voy bastante al campo donde vivía mi tatarabuelo, en Baradero. Ahí nos reunimos cada tanto con toda la familia.

-¿Pinta, como su padre?

-No.

-Confiese algo que no imaginaríamos que usted hace. ¿Barquitos de papel?

-Eso sí, cuando iba al colegio. Y ahora trabajo la madera. Avioncitos para los nietos varones, casas para las nenas.

-¿Alguna frustración?

-Me hubiera fascinado cantar. Cantarle a la gente; qué maravilla. Pero salí a mi madre: tengo un ladrillo en los oídos.

-¿Va a la iglesia?

-Poco, aunque me gustan las iglesias. Me emociono, soy creyente. Cuando viajo las recorro porque amo analizar la arquitectura, ver los estilos. Si no me hubiera dedicado a los barcos, hoy sería arquitecto.

-¿Pide, agradece, ambas cosas?

-Más que nada, doy las gracias.

-¿Tuvo alguna aventura peligrosa en el mar?

-En el mar no, en el río, entre la Argentina y Uruguay. Era el viaje inaugural de un crucero, el Blue Bell. Estábamos con mi mujer, el marinero y otro matrimonio. De pronto el barco se quemó y se hundió. Así, como en las películas. Terminamos agarrados de un palo, parados en el techo. Era tal cual la imagen de un cómic. Gracias a Dios pude comunicarme con un amigo que estaba en Colonia, le di la posición. Fue un misterio; jamás supimos las causas.

-¿Cree en casualidades o causalidades?

-Causalidades. Creo que las cosas suceden por algo. Tengo muchísima intuición y presentimientos. Y los respeto.

-¿Ejemplo?

-Cuando supe que el Papa era argentino sentí que no fue casual, que a lo mejor algo bueno podrá sucedernos. Algo así como cuando fue electo Juan Pablo II y luego cayó la Unión Soviética. Me refiero a cambios de timón. A aire nuevo.

-¿Y qué acontecimiento bueno, concreto, espera que pase?

-No lo sé. Es un ser cálido, sensible, fácil de entender. Esas virtudes contagian. Ojalá contribuya a que triunfe la paz sobre la violencia. Necesitamos volver a ser un país generoso, con respeto al prójimo. Un país con gente contenta, que se preocupe por darte paso. Y eso lo podemos lograr todos con conciencia. Creo que lujo también es eso, poder vivir en un lugar donde el prójimo esté feliz. La vida recorrida y las experiencias te hacen valorar lo esencial. Lo superfluo ya no me importa.

-¿Qué descartó, por ejemplo?

-Las lapiceras o relojes carísimos para uso diario. Uno se siente más libre cuando empieza a despojarse de algunas cosas materiales. Son pequeños gestos sin intención ni valor, pero para mí hoy el lujo pasa por otra parte. Y es esto. Estar navegando sin rumbo una tarde cualquiera de un día de semana cualquiera. Sin culpas y con la conciencia tranquila.

TIPS DEL NAVEGANTE

Amor maduro: "Con Luisa vivimos en casas separadas. Es prolijo, divertido y los chicos pueden tener sus tiempos y espacio con naturalidad. No hace falta vivir en una misma casa para gozar de una relación estupenda".

Europa: "La primera vez que fui llegué en barco, estaba recién casado en Nueva York y me sumé a una regata trasatlántica de tres meses. ¡Qué tiempos! No sé cómo me aguantaron".

Dinastía: "Luego de mi madre, los tres varones nos dedicamos a los barcos. Mi hijo sigue, pero por su cuenta".

Nueras / Yernos: "Mis hijos tienen miedo de presentarme a sus novios. Dicen que les puse la vara muy alta. Por lo visto, debo seguir trabajando el tema de la exigencia. Y aflojar más".

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Por Flavia Fernández | Para LA NACION