Europa pensó que tenía el control… pero esta película ya había contado lo que iba a pasar

En The Circle, película de 2017, la transparencia total se convierte en tiranía y anticipa el choque entre soberanía digital y vigilancia corporativa.
The Circle, película de 2017: la distopía que explicó la soberanía digital antes que Europa

The Circle se adelantó en 2017 a un debate que hoy domina titulares: la soberanía digital europea, la vigilancia corporativa y la ilusión de que más tecnología equivale a más libertad. La cinta propone una reflexión incómoda: no basta con expulsar plataformas estadounidenses para recuperar autonomía si seguimos deseando ser observados, evaluados y validados constantemente. En otras palabras, la tecnología no necesita imponerse para controlarnos; basta con que la elijamos voluntariamente.

La película, basada en la novela de Dave Eggers, presenta un universo donde la transparencia absoluta es promovida como virtud pública, mientras la privacidad es retratada como sospechosa. A través de la corporación ficticia The Circle, el filme expone un panóptico digital que opera bajo la promesa de seguridad, eficiencia y conexión total. Sin embargo, su mayor fuerza radica en mostrar que la vigilancia no funciona por obligación, sino por deseo.

La Unión Europea debate hoy su independencia tecnológica, sus leyes de protección de datos y la reducción de dependencia respecto a gigantes estadounidenses. Pero The Circle sostiene un espejo inquietante: aunque las infraestructuras cambien, los impulsos humanos permanecen.

La utopía higiénica del control total

The Circle se presenta como un ecosistema tecnológico perfecto: luminoso, limpio, armonioso. No hay oscuridad ni amenazas visibles. Y justamente por eso, la vigilancia parece inofensiva. La empresa promueve la idea de que un mundo sin secretos es un mundo más justo. “La transparencia es honestidad”, repiten sus líderes. Pero la película desmonta ese mantra al mostrar una consecuencia inevitable: cuando todo se observa, la libertad deja de existir.

Para Europa, que en la actualidad intenta regular el uso de datos, la inteligencia artificial y el poder de los monopolios digitales, el mensaje es claro: la arquitectura del control no depende solo de leyes, sino de la psicología de los usuarios.

La transparencia, llevada al extremo, se convierte en una forma de dominación suave, aceptada porque se confunde con progreso.

Mae: la ciudadana perfecta del nuevo orden digital

La protagonista, Mae Holland, interpretada por Emma Watson, es introducida al mundo de The Circle como una joven talentosa que busca una oportunidad laboral transformadora. Su entusiasmo inicial es comprensible: beneficios modernos, oficinas espectaculares, cultura corporativa acogedora. The Circle no solo da empleo; ofrece identidad.

A medida que avanza en su rol, Mae se convierte en un ejemplo de la evolución que la película critica: pasa de ser una interna curiosa a una defensora ferviente de la vigilancia permanente. Cuando acepta vivir bajo monitoreo constante, su popularidad dentro de la empresa se dispara, convirtiéndola en símbolo de la nueva cultura de transparencia.

La película retrata su transformación con precisión psicológica: Mae no es manipulada en un sentido clásico, sino seducida. Cada gesto de reconocimiento fortalece su dependencia del sistema.

Tom Hanks interpreta al líder carismático de la empresa, una mezcla de visionario tecnológico y predicador amable. Su discurso es siempre optimista, siempre humanista, siempre convincente. Representa la figura del innovador benevolente que promete cambiar el mundo, aunque su idea de cambio implique sacrificar la autonomía individual.

Una estética luminosa para encubrir un mensaje oscuro

James Ponsoldt, el director, evita los clichés visuales de la ciencia ficción distópica. En lugar de ambientes sombríos, opta por estructuras de vidrio, espacios abiertos y luz blanca uniforme. Todo parece tan perfecto que resulta inquietante. Esa estética subraya el concepto central: la vigilancia ya no necesita adoptar formas agresivas; puede ser agradable, incluso aspiracional.

El diseño narrativo mezcla elementos de drama corporativo con una crítica social más profunda. La historia avanza entre el entusiasmo tecnológico y la advertencia moral, explorando cómo un sistema envuelve al individuo sin que este lo note. Aunque el ritmo fluctúa en algunos tramos, la película consigue mantener la tensión a través de una sensación constante de falsa calma.

Europa y la ilusión de la soberanía tecnológica

Mientras The Circle explora un futuro cercano donde una empresa concentra más poder que cualquier gobierno, Europa avanza con regulaciones sobre inteligencia artificial, privacidad y plataformas digitales. Sin embargo, aquí surge la contradicción que la película expone con claridad: la soberanía digital no se logra solo cambiando proveedores tecnológicos, sino transformando las prácticas sociales y los comportamientos colectivos.

Europa puede crear alternativas a WhatsApp, vetar infraestructuras de empresas extranjeras o impulsar nubes soberanas. Pero si los ciudadanos continúan dependiendo emocionalmente de sistemas que premian la exposición, ninguna regulación será suficiente.

La batalla no es únicamente tecnológica. También es cultural y psicológica.

La prisión sin barrotes: cuando el usuario se encierra solo

La película pone especial énfasis en la participación activa del usuario en su propia pérdida de privacidad. Las personas no son víctimas pasivas del sistema. En cambio, se muestran ansiosas por unirse a una comunidad en la que la exposición trae recompensas sociales inmediatas.

El panóptico digital descrito por The Circle no funciona porque obliga: funciona porque seduce. Las métricas, los comentarios, las transmisiones en vivo y el reconocimiento colectivo son incentivos más fuertes que cualquier amenaza.

Cuando la vigilancia se vuelve entretenimiento, la resistencia desaparece.

Clay, uno de los personajes determinantes de la historia, representa el recordatorio de que la libertad requiere esfuerzo. La película sugiere que la sumisión digital no surge del miedo, sino de la conveniencia: nos entregamos porque nos resulta cómodo.

El espejo que la política no quiere mirar

Europa desarrolla estrategias de autonomía tecnológica, pero la película expone la brecha entre lo que se regula y lo que se desea. Ninguna ley puede reemplazar la necesidad humana de aprobación, atención y pertenencia, y ahí reside la fuerza de los grandes sistemas digitales.

The Circle no cuestiona únicamente a las corporaciones. Cuestiona a los ciudadanos que, en su búsqueda de conexión, renuncian voluntariamente a la privacidad. La pregunta subyacente es simple pero profunda:
¿cuánto control estamos dispuestos a entregar a cambio de ser vistos?

¿Puede una sociedad que busca likes resistir un sistema que premia la exposición?

Es aquí donde The Circle deja de ser entretenimiento y se convierte en diagnóstico. Un diagnóstico incómodo, porque apunta directamente al usuario, no a la corporación. No basta con cambiar de proveedor tecnológico si seguimos entregando nuestra voluntad al mejor postor emocional.

Europa construye leyes.
The Circle construyó una advertencia.

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Redacción Vida Positiva