El silencio de Dios

La vida humana tiene como único y exclusivo fin que el hombre puede llegar a vivenciar a Dios.

La vida humana tiene como único y exclusivo fin que el hombre puede llegar a vivenciar a Dios. Esta es su tremenda profundidad y belleza. Y esta finalidad, a su vez, tiene como base una condición inexorable: la total quietud mental.

Y para la total quietud mental es imprescindible una honda, creadora y afectuosa observación de la verdad, tal cual es, de instante en instante, sin palabras y sin ningún intento de modificación. Recién entonces, estando el campo preparado, podría hacer irrupción el florecimiento de la bondad, la compasión o lo Supremo. De ahí que esta observación implica, desde un principio, una alta moral, una vida austera y sana en todos sus aspectos y un estado de transformación.

La vivencia de Dios siempre es nueva, sin memoria y, por ello, desconocida, sólo captable por el corazón humano; el corazón no tiene memoria. Una vez aparecida ésta, luego desaparece y es inútil intentar revivirla con la memoria y el recuerdo del glorioso instante vivido. Porque la inteligencia es tambien humildad; Dios no puede saber que es Dios, como tampoco el amor puede saber que es amor. De saberlo ya no sería humildad. Por ello, Dios se ha hecho desconocido para sí mismo, su propio misterio, su propio enigma, su propio silencio.

La búsqueda del sentido de la vida

La búsqueda del sentido de la vida

En su vivencia el hombre se libera del dolor -el dolor de los siglos- y vive en plenitud, en éxtasis, en júbilo o en afecto cada nuevo instante y comprende definitivamente el hondo sentido de la vida y la partícula de compasión que cada ser humano puede ver liberada en ella.

Siendo la vivencia siempre nueva, es, por lo tanto, desconocida. Correr tras ella es la autoilusión de la milenaria sombra del pasado, tratando de alcanzar la luz, en un intento contínuo de frustración, dolor y agotamiento. Pero ver -con afecto- la dolorosa carrera de la humanidad y, por esta comprensión, dejar de correr, es descartarse solo, entrar en la plenitud de la luz y quedar envuelto en una arrebatadora compasión total, que no busca ya más ningún amor externo ni ser amado, porque la compasión es completa en sí.

En ese nivel, el campo está preparado y podría ser que la vivencia advenga.

Bendito entonces es aquél que la recibe, sin desear ya más recibirla, ni saber su origen ni quién es aquél que crea sólo y se soslaza en el silencio de Dios.

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Por Jacobo Zaslavsky