El estado de espera

Alguna vez he pensado que si se hiciera un estudio en el que cada persona tomara nota del tiempo que pasa esperando a lo largo de la vida, no me extrañaría que el resultado fuera sobrecogedor.

En la actualidad vivimos en un mundo donde el tiempo vale oro, pero aún así, nos encontramos en un estado de espera contínuo. Si no es por una cosa, es por otra, pero todos estamos esperando algo o a alguien.

Por ejemplo, en este mismo momento me encuentro esperando en el aeropuerto de Bilbao a que notifiquen la salida de mi vuelo que ha sido retrasado. Hace pocos minutos, después de que se anunciara por megafonía que el retraso iba para largo, me fui a la cafetería, al igual que otras 500 personas, para acomodarme y hacer algo productivo con este tiempo de espera. Finalmente, logré encontrar, aunque con cierta dificultad, un lugar donde resguardarme de los vaivenes de la gente que va entrando y saliendo con sus maletas, maletines y bolsas de todo tipo.

Por fin, y con mucha suerte, me he acomodado en una mesa situada en un pequeño rincón frente una enorme ventana desde donde puedo apreciar las curvas del edificio tan características de su creador, Calatrava. Consigo pedirme un café y mientras miro las montañas que se encuentran en la lejanía pienso en las innumerables personas que deben encontrarse, como yo, en un estado de espera, frustrados y ejercitando la paciencia; sea en un aeropuerto o en algún otro lugar. Es más, si hiciéramos una lista de las cosas que esperamos, sean éstas tangibles o ilusorias, tengo la certeza de que no habría horas suficientes en un día para anotar todas ellas. A pesar de ello, he pensado que lo mejor es utilizar este tiempo de espera, que muchos pueden considerarlo como perdido, en un tiempo de reflexión.

Si tuviéramos una maquina del tiempo y pudiéramos pararlo en este instante, me pregunto a cuántas personas nos encontraríamos esperando. Es posible que algunas estuvieran esperando a un amigo con quien han quedado para tomar algo y pasar un rato agradable, mientras otras se encuentran en la sala de espera de un hospital con el alma en vilo a tener noticias del cirujano que está interviniendo en un ser querido. Habría muchas personas esperando nerviosas e ilusionadas a ser entrevistadas para un nuevo puesto de trabajo, mientras que otras se sienten angustiadas a que les confirmen si mantendrán su puesto de trabajo o no.

Asimismo, hallaríamos a aquellas que esperan impacientemente el momento en el que conocerán a la persona con la que desearán pasar el resto de su vida, mientras que otras esperan con paciencia a que a su pareja se le pase el disgusto de la última noche. Pese a las múltiples razones de espera, no cabe duda de que tanto unos como otros, deseamos que esta finalice y que la sensación de incertidumbre desaparezca. Sea lo que sea que depare el futuro, todos deseamos recuperar el sosiego y experimentar una cierta dosis de certidumbre.

Cada persona tiene, más o menos, sus criterios definidos y claros para identificar hasta cuándo es razonable y saludable esperar lo esperado. Soportar la frustración que produce la espera es una aptitud que ha de desarrollarse a lo largo de la vida, ya que no tenemos un control absoluto de nuestro entorno. Si fuera así, para empezar yo estaría volando y no aquí sentada esperando a que salga mi avión. Por lo que debemos ejercitar la paciencia y desarrollar estrategias de afrontamiento que nos ayuden a tolerar la frustración que produce la espera.

Desde este pequeño rincón he podido observar cómo las personas que están como yo, esperando a que salga su avión o esperando a que llegue alguien de otro vuelo, pasan este tiempo como pueden. Unos leen y desconectan de su entorno, otros discuten con su acompañante, algunos miran hipnotizados las pistas de aterrizajes por los grandes ventanales del edificio y otros disfrutan de la compañía de su grupo y juegan a las cartas. Sin embargo, sin ser conscientes de ello y sin conocernos entre nosotros, nos estamos acompañando mutuamente durante la espera.

Es cierto que este tiempo de espera está en manos de unas pocas personas, aquellas que cuando lo encuentren conveniente nos permitan volar y llegar a nuestro destino. Sin embargo, está en nuestras manos decidir lo que queramos hacer con ese tiempo de espera, dependerá sólo y exclusivamente de nosotros mismos y de donde nos lleve la imaginación.

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Autor: Laura Rojas Ramos