Cáncer, esa palabra tan temida

No hay que vencer el cáncer, sólo hay que comprenderlo para poder comprendernos a nosotros mismos

Todo sistema soporta la separación de alguno de sus miembros sin peligro para la totalidad. Pero existe un límite y, si éste es superado, el conjunto corre peligro.

El cáncer no es un hecho aislado sino un proceso muy diferenciado e inteligente. En casi todas las enfermedades sentimos cómo el cuerpo combate una anomalía que amenaza una función. Con el cáncer experimentamos algo distinto: El cuerpo ve cómo sus células, cada vez en mayor número, alteran su comportamiento y, mediante una activa división, inician un proceso que en sí no conduce a ningún fin y que únicamente encuentra sus límites en el agotamiento del huésped.

La célula cancerosa no es como los bacilos, los virus o las toxinas, algo que viene de afuera a atacar el organismo. Es una célula que realizaba su actividad al servicio de su órgano y por consiguiente al servicio del organismo. Pero de pronto, la célula cambia de opinión, deja de identificarse con la comunidad. Empieza a desarrollar objetivos propios y a perseguirlos con ahínco. Da por terminada la actividad de servicio y pone por encima de todo la propia multiplicación. Se da de baja su asociación celular y con una multiplicación caótica, se extiende rápida e implacablemente, cruzando todas las fronteras morfológicas y estableciendo puestos estratégicos (metástasis).

Utiliza la comunidad de la que se ha desprendido para su propia alimentación. El crecimiento y la multiplicación es a veces tan rápido que los vasos sanguíneos no dan abasto para alimentarlas. En tal caso, las células cancerosas prescinden de la oxigenación y pasan a la forma de vida más primitiva de la fermentación, en la que cada célula lo hace por sí sola. Esta triunfal proliferación termina cuando ha consumido literalmente a la persona a la que ha convertido en su suelo nutricio.

Llega un momento en el que la célula cancerosa sucumbe a los problemas de abastecimiento. Hasta ese momento prospera. Cuando la célula se da cuenta de que el sacrificio del otro y su utilización acarrean también la propia muerte, ya es tarde. Su comportamiento es satisfactorio únicamente mientras vive el casero, su final significa también el fin del desarrollo del cáncer.

El individuo extirpa, irradia y envenena las células cancerosas mientras puede, si ganan ellas aniquilan al cuerpo.

Los humanos tratamos de asegurar nuestra supervivencia por el mismo procedimiento que utiliza el cáncer.

No es casual que prolifere tanto el cáncer en nuestra época, ni que se lo combata con tanto empeño y tan poco éxito. Investigaciones del oncólogo Hardin Jones indican que la esperanza de vida de los pacientes no tratados es mayor que en los que hacen un tratamiento.

No hay que vencer el cáncer, sólo hay que comprenderlo para poder comprendernos a nosotros mismos. El cáncer es nuestro espejo. Los seres humanos tienen cáncer porque son cáncer.

El cáncer naufraga por la polarización “Yo o la comunidad”. Sólo ve esta disyuntiva y se decide por la propia supervivencia, independiente del entorno para comprender cuando es tarde que depende de él. También el individuo se limita en su propia mente, marcando la división entre Yo y Tu.

La unidad es la suma de todo lo que es, no conoce nada fuera de sí. Si se divide la unidad, se forma la multiplicidad que sigue siendo parte integrante de la unidad.

Cuanto más se aísla un ego más pierde la conciencia del todo del que él sólo es una parte. El ego concibe la ilusión de poder hacer algo por sí solo. Al Yo le resulta grato todo aquello que favorece la separación, que favorece la diferenciación, porque con cada acentuación de los límites se percibe más claramente a sí mismo. El ego sólo tiene miedo de la unión con el todo porque eso presupone su muerte. Defiende su existencia con ahínco, inteligencia y buenos argumentos. Así creamos objetivos absurdos como el progreso que no tiene punto final. Si fuera auténtico consistiría en una transformación del estado anterior, pero no en una simple continuación.

Mientras nuestro Yo luche por la vida eterna, seguiremos fracasando como la célula del cáncer. Esta se diferencia de la célula corporal por la sobrevaloración de su ego.

En la célula el núcleo hace las veces de cerebro. En las células cancerosas adquiere más y más importancia y aumenta de tamaño. Esta alteración del núcleo equivale a la hiperacentuación del pensamiento cerebral egocéntrico que marca nuestra época. La célula cancerosa busca su vida eterna en la proliferación y expansión material. Ni el cáncer ni el ser humano han comprendido todavía que buscan en la materia algo que no está ahí, la vida.

Se confunde el contenido con la forma y con la multiplicación de la forma, se trata de conseguir el codiciado contenido. El Yo debe morir para que podamos volver a nacer en el Ser. El Ser no es mi ser, sino el Ser. El ser no posee un ser diferenciado. ¿Yo o los otros? El ser no reconoce a otro porque es todo uno. Este objetivo naturalmente resulta peligroso para el Ego. Nosotros no podemos redimir nuestro Yo, sólo podemos desprendernos de él y salvarnos. El miedo que sentimos a no ser, sólo confirma lo mucho que nos identificamos con nuestro Yo y lo poco que sabemos de nuestro ser.

Aquí radica nuestra solución con el problema del cáncer. Cuando al fin aprendemos a cuestionarnos nuestra obsesión por el Yo y nuestro afán de diferenciarnos, y nos decidimos a abrirnos, empezamos a vivir como parte del todo y también a asumir responsabilidad por el todo.

El remedio se llama amor. El amor cura porque suprime las barreras y deja entrar al otro para formar la unidad. El que ama no coloca su Yo en primer lugar sino que experimenta una unidad mayor.

El cáncer no muestra amor vivido, es amor pervertido. La célula cancerosa salva todas las fronteras. Pasa por alto la individualidad de los órganos. Se extiende por todas partes y no se detiene ante nada. No teme a la muerte. El cáncer es amor en el plano equivocado. La perfección y la unión sólo pueden realizarse en el espíritu y no en la materia, porque ésta es la sombra del espíritu.

En el mundo polar el amor conduce a la esclavitud, en la unidad es libertad.

El cáncer es el síntoma de un amor mal entendido. El cáncer sólo respeta el símbolo del amor verdadero: el corazón. Es el único órgano que no es atacado por el cáncer.

Conceptos de Thorwald Dethlefsen y Rudiger Dahlke

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Fuente: Claudio Penso Consultores