Bruselas, la ciudad del art nouveau

Por los barrios más elegantes de esta ciudad belga, en busca de las huellas de los grandes creadores que, a fines del siglo XIX, revolucionaron la arquitectura europea.

Oscar Wilde decía que el riesgo de estar a la moda es, sencillamente, pasar de moda. Tal vez por eso mismo, entre los arquitectos de Bruselas que tanto hicieron por el art nouveau hace cien años, se decía que "el buen gusto de la generación actual será considerado de pésimo gusto por sus sucesores". Tal vez por eso Victor Horta (1861-1947) uno de los padres del art nouveau en la capital de Bélgica, se habría indignado en 1965 cuando el entonces intendente de Bruselas, Lucien Cooremans, decidió demoler la Maison du Peuple (La Casa del Pueblo), que era la antigua sede del partido socialista belga. Fue construida por Horta en estilo art nouveau en 1899 y se la consideraba una obra maestra de la arquitectura moderna: 700 arquitectos de todo el mundo protestaron en aquella época por la demolición, pero fue inútil. Hoy en la plaza Emile Vandervelde -donde se encontraba la obra de Horta- lo que se observa es un rascacielos igual a tantos otros. Nada más. Afortunadamente, otros cuatro edificios de Horta -su casa y atelier, además de las mansiones que hizo para Armand Solvay, Emil Tassel y Edmond van Eetvelde- sobrevivieron hasta ser considerados por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad por su valor arquitectónico.

"La revolución estilística que ilustran estas obras se caracteriza por el plan abierto, la difusión de la luz y la brillante integración de las líneas curvas de la decoración con la estructura del edificio", decía la Unesco en 2000. "A Bruselas le corresponde el honor de haber diseñado por primera vez en Europa las fórmulas modernas para la decoración interior de los edificios", escribía en 1903 el experto alemán Siegfried Bing, quien en 1895 había abierto en París una galería de arte que le daría el nombre a este movimiento. El local se llamaba Maison L'Art Nouveau, fue diseñado por Henry van de Velde -otro de los grandes nombres de la arquitectura belga- y allí se exponían los vidrios decorados de Louis Tiffany junto a obras del diseñador inglés William Morris, pinturas de Toulouse Lautrec, joyas de René Lalique y siguen las firmas.

En Bruselas, los inspiradores del art nouveau capitalizaron la renovación iniciada en esa misma época en Inglaterra por el movimiento Arts and Crafts -Morris era uno de los líderes- que recuperó el arte de la decoración de interiores dándole un nuevo sentido al trabajo en hierro forjado, el mosaico, el diseño de muebles, los cristales esmaltados, la pintura y escultura, la artesanía en vidrio y cerámica.

Por todo esto, hoy no es raro ver a multitudes de turistas andando por el centro y los barrios de Bruselas, donde el art nouveau está particularmente bien representado con más de 200 edificios -aunque otros elevan el número a más de mil-, que los guías recorren casi en puntas de pie, con infinita paciencia. La ciudad ofrece una caminata oficial, Art Nouveau Walk, pero no faltan recorridos en bicicleta o en bus. Uno de los itinerarios más populares es el del grupo Arau Action Urbaine en varios idiomas, incluido el español.

Horta, el creador de un estilo

Para los entusiastas del art nouveau, la mansión construida por Horta en 1893 para el profesor Emile Tassel -en el número 6 de la calle Paul Emile Jansson- es realmente un santuario. La fachada de piedra se une mágicamente a una estructura de grandes ventanales enmarcados en acero, los distintos pisos se leen como un manifiesto a favor de la luz. La escalera interior, llena de curvas que hacen pensar en enredaderas y mujeres fatales, se despliega entre paredes pintadas al fresco, pisos de mosaicos llenos de arabescos, columnas de hierro, cristales decorados. Horta la terminó en 1894 pero siguió diseñando el amoblamiento interior durante unos años más. La casa Tassel era un manifiesto arquitectónico en sí mismo, algo así como la "carta de presentación" del art nouveau. Pero la mansión que le siguió, construida por Horta entre 1895 y 1898 para el millonario Armand Solvay -en el número 224 de la avenida Louise- es, probablemente, una de sus obras mejor conservadas. El mérito es de la familia Wittamer, modistos especializados en vestidos de novia, quienes compraron la casa en 1957 -iba a ser demolida- y la fueron restaurando a lo largo de veinte años. Esta fue una de las primeras casas con luz eléctrica de Bruselas y también de las primeras en presentar una fachada casi totalmente vidriada. Luce mármol ónix, bronce, maderas tropicales, pinturas al fresco, una escalera central diseñada por Horta para olvidar la oscuridad victoriana y crear un ambiente cálido donde dominan los tonos de beige y marrón, la luz solar.

Para el millonario industrial Solvay, Horta diseñó no sólo la casa: también los muebles, las alfombras, las lámparas y hasta el timbre y los números de la puerta de calle. Eso sí, se la puede visitar solamente con cita previa y, en más de un caso, habrá que conformarse con verla desde afuera.

En el barrio de Saint Gilles, en el número 25 de la calle Americaine, están la casa y el atelier de Victor Horta, donde residió entre 1901 y 1919. En la actualidad es un museo dedicado al gran arquitecto: se pueden ver modelos en escala de sus obras, viejas fotografías y planos que explican cómo trabajaba. La decoración original aún sigue allí, con sus mosaicos, ventanas de cristales esmaltados, muebles y pinturas murales. Los turistas suelen quedarse con la boca abierta ante el espectacular techo de vidrio sobre la escalera central, casi un símbolo de identidad en Horta.

En 1895, el secretario de Estado belga para la colonia africana del Congo, Edmond van Eetvelde, le encargó a Horta el palacio que hoy se ve en los números 2 y 4 de la avenida Palmerston, en un distrito bordeado de lagos y parques públicos. Por los compromisos sociales de Van Eetvelde, la casa debía tener un salón de recepción y una sala de comedor de grandes dimensiones, La fachada cumple con ese pedido, pero Horta se las ingenió para que el hierro y el acero -que no eran materiales prestigiosos en esa época- se integraran de tal manera que logró espacios internos muy libres, espléndidamente iluminados.

Una visión del futuro

Hay muchísimos libros sobre el art nouveau. La mayoría de ellos recuerda que el hierro se usaba ya en la época medieval, para reforzar la estructura de las catedrales góticas. Pero hasta fines del siglo XIX se escondía en la mayoría de las construcciones. El avance de la industria moderna, visible en las terminales ferroviarias y en salas de exposiciones que parecían enormes invernaderos, mostró el potencial del hierro. La originalidad de Horta es que él lo usó simultáneamente para sostener sus edificios y como un elemento decorativo.

Dado que en Bruselas había una elite social que era audaz además de ser rica, muchos otros arquitectos siguieron el camino de Horta. Fue el caso de Paul Hankar, Leon Sneyers, Paul Hamesse, Gustave Strauven, Armand Van Waesberghe, Ernest Blerot, Antoine Pompe, Francois Hemelsoet y Henri Jacobs, entre otros. Sus obras, repartidas por Bruselas -desde el centro a barrios como Saint Gilles o Ixelles- y también en ciertas avenidas como Louise, Bertrand o Tervueren, son ahora un patrimonio de la ciudad. Ellos se oponían a los arquitectos más convencionales, que acostumbraban a decirle a sus clientes: "la casa está hecha ¿de qué estilo la quiere?". Es que en esos años lo habitual era imitar los logros de la arquitectura medieval, clásica o barroca, recreando estilos históricos prestigiosos. El tiempo no fue amable con el art nouveau. Muchos edificios fueron destruidos por guerras, incendios y cambios en el gusto. Se lo revalorizó cuando la ornamentación volvió a estar de moda. Sus arquitectos tenían un ideal, que sólo podía cumplirse en el diseño de todos los detalles: la estructura de un edificio pero también el interior, los muebles, el empapelado de las paredes, las lámparas, los pisos, entre tantas cosas más. Era un estilo que reflejaba una nueva riqueza y por eso -con la excepción de París- no floreció en las grandes capitales de Europa sino en ciudades como Bruselas, Barcelona, Nancy, Praga, Munich y Turín.

Entre las técnicas recuperadas por el art nouveau está la del sgraffito: pinturas al fresco que decoraban las fachadas, como un relieve hecho de figuras humanas, plantas o animales. En 1905, el arquitecto Paul Cauchie construyó su casa -que hoy es un museo- en el número 5 de la Rue des Francs. Era un modelo de sgrafitto que aún hoy asombra en Bruselas: la fachada parece un póster publicitario. Claro que en un siglo pasaron muchas modas. Por eso, el recorrido debería terminar en el restaurante del último piso de lo que hoy es el Museo de Instrumentos Musicales, ubicado en el número 2 de Montagne de la Cour, en pleno centro. En 1899 era la tienda de lujo Old England, diseñada por el arquitecto Paul Santenoy. Era puro hierro y cristal, un pequeño rascacielos. Una visión del futuro.

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Por Eduardo Pogoriles / www.todoviajes.com