“Naturalizamos el agotamiento”: lo que reveló Florencia Sichel sobre la autoexigencia que nadie cuestiona
La autoexigencia permanente impacta en todas las edades y abre una puerta: la de reconocer que el cansancio no es virtud, sino una señal.
“Naturalizamos el agotamiento”. La frase no fue casual. Fue el eje que atravesó la entrevista que la filósofa y autora Florencia Sichel brindó para el medio "Infobae a la Tarde". Allí, puso en palabras una sensación compartida por millones de personas: la presión constante por rendir, producir y alcanzar estándares que parecen no tener límite.
Durante la conversación con el equipo integrado por Manu Jove, Maia Jastreblansky, Paula Guardia Bourdin y Tomás Trapé, Sichel presentó su libro Todas las exigencias del mundo y profundizó sobre los mandatos invisibles que atraviesan la adultez contemporánea.
La reflexión fue directa. El cansancio dejó de ser una señal de alarma para convertirse en medalla de honor.
La autoexigencia como identidad de época
Sichel describió la sobrecarga cotidiana como una marca cultural. “Naturalizamos el estar agotados, que esa es como una de las características de esta época. Parece casi como una virtud, estar agotado”, sostuvo.
El reconocimiento social, explicó, suele asociarse a la hiperactividad. “Cuanto más a mil estás, te felicito. Entonces, cuanto más agotados estamos, mejor; cuanto más mostramos lo que hacemos, mejor”.
La lógica es clara: productividad constante como valor supremo. El descanso, en cambio, se percibe como falta de compromiso.
Esta dinámica no distingue género ni edad. “No es algo solo de las mujeres. Las mujeres tenemos ochocientas exigencias, pero los varones también, los chicos también. Las infancias tampoco están exentas”, afirmó.
La presión atraviesa generaciones. La autoexigencia se volvió transversal.
El modelo de adultez que ya no encaja
Uno de los puntos más resonantes de la entrevista fue la idea de fracaso frente al modelo tradicional de adultez.
“Uno piensa que fracasó con ese modelo de adultez que nos enseñaron. Cuando eras chico imaginabas que ibas a tener tu casa, tu auto, un modelo de familia”, reflexionó.
Ese ideal, explicó, funcionó durante décadas como guía. Sin embargo, el contexto social y económico cambió. Las expectativas permanecieron, pero las condiciones no siempre acompañaron.
El resultado es frustración. Comparación constante. Sensación de insuficiencia.
El mandato no solo exige éxito profesional. También impone equilibrio perfecto entre trabajo, vida social, bienestar físico y felicidad permanente.
Redes sociales y la obligación de mostrarse
La filósofa vinculó esta presión con el ecosistema digital. “Se amplifica con las redes sociales. Ahora no solo hay que ser buen profesional, sino que también tenemos que tener marca personal. Hay que contarle al mundo”, señaló.
La exposición dejó de ser opcional. La identidad se construye en vitrinas virtuales.
Sichel citó al filósofo Byung-Chul Han y su concepto de la “sociedad del cansancio”. Según explicó, existe una autoimposición permanente: “Hay una mirada que está constantemente monitoreando tus actividades y te dice un ‘no’ constante, aunque no haya nadie ahí”.
La exigencia ya no proviene solo de afuera. Se internalizó. “Nos autoexplotamos y lo justificamos”, afirmó, retomando la tesis del pensador.
La trampa de la felicidad obligatoria
Otro eje central fue la cultura de la positividad permanente.
“La mala autoayuda desplaza toda la responsabilidad en el individuo. Hay una obligatoriedad de ser felices como un valor importantísimo frente a otras emociones”, advirtió.
La consecuencia es silenciosa pero profunda. “Ya tampoco podés expresar que tuviste un mal día, porque sos mala onda. Para todo tenés que tener actitud positiva, lo cual es un infierno. Nadie lo puede sostener”.
La negación de emociones consideradas “negativas” genera culpa. Y la culpa, según Sichel, funciona como institución social.
“La culpa es el gran mandato que opera como institución social y nos hace muchísimo daño”.
La filósofa reivindicó la angustia como emoción válida. No como fracaso, sino como parte inevitable de la experiencia humana.
La angustia como brújula
En un contexto donde se premia la productividad y la felicidad constante, reconocer la angustia puede resultar incómodo.
“El problema es que no soportamos angustiarnos. Y no hay posibilidad de que te aleje de tus propios deseos si no transitás esa incomodidad”, explicó.
La angustia, lejos de ser un obstáculo, puede convertirse en señal de que algo necesita revisión.
Aceptar límites. Reconocer cansancio. Cuestionar expectativas heredadas.
El desafío no es eliminar la exigencia, sino revisarla.
Infancias y nuevas generaciones bajo presión
Uno de los momentos más significativos de la charla fue cuando Sichel destacó que la presión no comienza en la adultez.
Las infancias, dijo, también están atravesadas por estándares elevados: rendimiento escolar, actividades extracurriculares, exposición digital.
El ideal de éxito se internaliza desde edades tempranas. El margen para el error se reduce.
En ese contexto, la naturalización del agotamiento aparece cada vez antes.
Pensar para resistir
“Me ayuda mucho a tramitar todo esto, porque me hace pensar”, expresó Sichel al referirse al intercambio con su audiencia.
Pensar como acto de resistencia. Reflexionar como forma de cuestionar la inercia cultural.
La entrevista en Infobae a la Tarde no ofreció recetas rápidas. Tampoco soluciones mágicas. Planteó preguntas.
¿Es posible redefinir el éxito?
¿Se puede construir una adultez menos punitiva?
¿Podemos aceptar el cansancio sin convertirlo en insignia de valor?
En una cultura que celebra el “estar a mil”, detenerse puede resultar subversivo.
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