La historia de un joven que conoció la escuela como su escenario de desarrollo

La hermana mayor de Germán encontró una comunidad independiente rodeada de campos de caña de azúcar donde funcionaba una escuela. Inmediatamente, su madre, Rosa Galindo, inscribió a Germán y luego a sus otros hijos.

Su nombre es Germán Tumpanillo, es un adolescente boliviano y es el primero en su familia en ir a la escuela. Bajo condiciones hostiles y adversas, el joven debió trabajar desde muy temprana edad en los campos de cosecha de caña de azúcar para ayudar económicamente a sus padres y hermanos.

Hasta la edad de nueve años, Germán vivía con su familia en una gran plantación de caña de azúcar en las tierras bajas orientales de Bolivia. Él y sus cinco hermanos no asistían a la escuela ya que no había forma de conseguir un transporte para llegar a la institución educativa más cercana.

Germán y sus hermanos pasaban los días cortando caña y haciendo tareas bajo la lona de plástico que además también era su hogar. Pero un día todo cambió, y aquellos niños abrazaron su sueño de poder estudiar.

La hermana mayor de Germán encontró una comunidad independiente rodeada de campos de caña de azúcar donde funcionaba una escuela. Inmediatamente, su madre, Rosa Galindo, inscribió a Germán y luego a sus otros hijos.

En aquella escuela humilde, construida con lonas, los niños estudiaban a la sombra de los árboles que oficiaban de un techo para el cual no había recursos de ser construido. Pero, nadie estaba ausente, con temperaturas extremadamente altas o bajas y con enormes sacrificios, los alumnos y docentes asistían día a día, conociendo la importancia de conservar su derecho a estudiar.

Cada vez se sumaron más niños, y así fue como con el aporte de UNICEF y del gobierno regional, la comunidad construyó dos casas escuela y nombró cuatro maestros permanentes.

En San Juan del Carmen, existe una comunidad a prueba de todo, en dónde si existen obstáculos, existen nuevos desafíos. La mayoría de los niños que asisten a la escuela carecen de recursos para comprar libros o útiles escolares y para poder adquirirlos trabajan en su tiempo libre.

Decenas de miles de niños trabajan tradicionalmente, a veces con solamente seis años, en dos de las actividades laborales más duras de Bolivia: el cortado de caña de azúcar y la minería, siendo hoy las máximas y más urgentes problemáticas a solucionar en ese país.

Pero, paulatinamente el trabajo infantil encuentra respuestas concretas. En la última década el número de niños trabajadores se ha reducido de 8.000 a menos de 1.000 gracias a las iniciativas que proporcionan escuelas estables e infraestructura básica a las comunidades como San Juan del Carmen.

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Por Eugenia Plano