El secreto mejor guardado del Caribe

Esta isla de las Antillas ofrece excelentes playas, sabores típicos y muchas opciones para salir de compras. Además, actividades de aventura en Orocovis, a 30 km de la capital.

Poco difundida entre los turistas argentinos, la isla de Puerto Rico reúne un combo de bondades y requisitos que los haría derretir: playas paradisíacas, cocina exquisita, mucha historia, shoppings y hospitalidad. Bienvenidos a San Juan de Puerto Rico, capital de la Isla del Encanto o la Isla Estrella, como les gusta llamarse a los boricuas.

“Estado libre asociado” a Estados Unidos desde 1952, con las ventajas y desventajas que implica (no votan a presidente y pagan altos impuestos), tiene como moneda al dólar, aunque en las calles de la salsa, la bachata y el reggaeton el idioma que manda es el español y el spanglish se cuela para dar un toque de simpatía extra al lugareño.

Nada mejor que empezar la visita recorriendo el Viejo San Juan, la parte más antigua de su capital. El distrito histórico, en una pequeña isleta, impacta con coloridas casas, prolijamente pintadas (el gobierno autoriza el color) y mantenidas. Pisar sus adoquines, en una zona por donde se fue edificando la ciudad, transporta a una época colonial e hispana. Cuentan que Cristóbal Colón tocó sus costas en 1493 y que los hermanos Pinzón fueron los primeros en desembarcar, pero su descubridor oficial es el portugués Juan Ponce de León.

Como corresponde, la ciudad mira al agua. Entre celeste y turquesa, el Atlántico acompaña (como el Caribe en el sur de la isla) y acaricia los sentidos. En el paseo por la costanera se suceden el Capitolio, sede del parlamento (señorial y con mármol en cada rincón) y el fuerte San Cristóbal, uno de los siete que hay en la ciudad, con sus murallas preparadas para repeler agresiones, como las del pirata Drake, que atacó a fines del siglo XVI. Será por eso que allí se filmaron varias escenas de Piratas del Caribe.

Aunque en el lugar hay otra estrella, levantada en una pequeña franja pegada al agua y al cementerio: el barrio La Perla, con fama de bravo e inseguro y con más notoriedad desde que Calle 13 le cantó, pero que los boricuas buscan bajarle el tono. “Como cualquier otro barrio suburbano, chico, hay que tener cuidado”, aclara la guía Gina.

El paseo sigue por el castillo San Felipe del Morro –en cuyas praderas los chicos de las escuelas remontan barriletes–, la Puerta de San Juan y un entramado de calles como Recinto, Calleta San Juan y Paseo de la Princesa, con leves pendientes que desembocan en la Catedral o Basílica (atención cholulos: allí se casó el cantante Mark Anthony con su primera esposa, que llegó a ser Miss Universo), en la Casa del Gobernador, la plaza de Armas o en la Colón, donde Cristóbal tiene su estatua. En cambio, Fortaleza y San Francisco son el eje comercial y turístico, donde se destacan las típicas tiendas de artesanías, suvenires y restaurantes.

Entonces, un reparador almuerzo aparece como el plan perfecto para terminar al paseo. Puede ser en el Parrot Club Restaurant o en el Boronía Restaurant. Conviene abrir bien los oídos para escuchar los consejos sobre comidas típicas. El arranque para calmar la sed es con cerveza Medalla o piña colada. Ceviche mixto, empanadillas o nachos son ideales de entrada. Después, cualquier tipo de carne (pescado, pollo, vaca) vendrá acompañado con arroz, siempre con el plátano como apoyo, ya sea frito o mezclado. Claramente el arroz mamposteado (con arvejas o poroto o frijol, morrón y ajo) y con gandules (especie de arveja) son las estrellas como guarniciones poderosas. Al paladar también hay que darle la chance de disfrutar el mofongo o el trifongo . Un exquisito flan de vainilla, queso o coco, o un tembleque , mezcla de leche de coco, maicena y canela, endulzan el final de la comida. Eso sí, es obligatorio bajarlo todo con una copita de ron local: Barrilito o Don Q.

Autos y más autos

Pero no todo es color de rosa. Moverse en auto por San Juan en horas pico puede ser una molestia en una isla con 3,5 millones de vehículos, tantos como habitantes. Los tapones de tránsito pueden durar una hora y media. Pero vale cualquier esfuerzo si el destino es alguna de las playas que rodean la capital puertorriqueña. Entonces hay que aprovechar los 25 grados de temperatura media que hay durante todo el año para calzarse malla, ojotas y protector solar. El agua color esmeralda y arenas blancas se encargarán de atraparnos en El Dorado, El Escambrón o en la más surfera playa La Ocho. La falta de tiempo frena la tentación de conocer más lugares cercanos al paraíso en otras zonas del país, como la playa del faro de Cabo Rojo (o Playa Sucia), Isla Verde, el balneario de Sun Bay, en la isla de Vieques, y Playa Flamenco, en Culebra.

Esta isla no sólo es historia y playas. Con “El Gran Combo” o “El Jíbaro” sonando desde el estéreo, hay que recorrer unos kilómetros para adentrarse en la naturaleza y la aventura. El Bosque Nacional El Yunque, en la sierra de Luquillo, la zona más lluviosa de Puerto Rico, es el paraíso para los amantes del verde. Hay senderos, cascadas, árboles milenarios de todos los continentes, flores exóticas y aves tropicales para el avistaje.

Si uno prefiere sentirse un vaquero tradicional (o moderno), la hacienda Carabalí luce perfecta. Algo así como un country con establos para amantes de los caballos. Se puede montar y pasear por cerros o galopar hasta la playa. Si el cuerpo no aguanta, los ATV Four Tracks (cuatriciclos gigantes) son más cómodos para acelerar y atravesar pantanos a toda velocidad. En cambio, si hace falta más adrenalina, Toro Verde se convierte en un paraíso para los aventureros.

A unos 30 km de San Juan, en Orocovis, este parque ecoturístico con paisajes impactantes entrega una cuota vital de emoción. Se puede arrancar caminando por puentes colgantes y subir la apuesta con rapel, o tirarse por ocho cruces de tirolesa (une dos cerros, con el abismo a los pies). Resulta obligatorio desafiar a “La Bestia”. Traducido a español criollo , significa volar con un arnés en lugar del traje de Súperman: cuerpo extendido, boca abajo, brazos estirados. El climbing cumple el sueño del hombre pájaro durante más de un minuto y a lo largo de 300 m, con un río abajo y la propia sombra proyectada en el fondo del barranco. Tremendo, inigualable. Si queda energía, una salida de shopping por Plaza Las Américas puede poner el broche ideal a la tentación consumista. Como sin querer, uno queda encantado y extasiado de bellas imágenes. Y entiende por qué los boricuas la llaman La Isla del Encanto: uno no siempre anda descubriendo un secreto tan bien guardado.

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Por Jordi Canta / www.todoviajes.com