El chapulín de cornalina: la joya mexica hallada en Chapultepec que deslumbra al mundo

Casi medio metro de cornalina pulida hallado en una alberca de Chapultepec: la escultura mexica celebrada como cumbre del bestiario mesoamericano.
El chapulín de cornalina: la joya mexica hallada en Chapultepec que deslumbra al mundo
El chapulín de cornalina de Chapultepec, obra maestra del arte prehispánico.

Entre las piezas más admiradas de la Sala Mexica del Museo Nacional de Antropología, en Ciudad de México, hay una que roba miradas por inesperada: un chapulín de casi medio metro, esculpido en cornalina y pulido hasta lograr un rojo intenso que no ha perdido fuerza con los siglos. Los especialistas lo consideran una de las obras maestras del arte prehispánico de la Cuenca de México, y su historia —entre albercas antiguas, colecciones privadas y expedientes casi perdidos— es tan fascinante como la pieza misma.

Un hallazgo entre aguas antiguas

La pista más citada sobre su origen proviene del catálogo del Museo Nacional impreso en 1891: allí se cuenta que el insecto fue exhumado en 1785, durante los trabajos de construcción del Castillo de Chapultepec. Documentos posteriores reunidos por el arqueólogo Leonardo López Luján precisan que la pieza salió de una alberca del antiguo sistema hidráulico del lugar, quizás los llamados Baños de Moctezuma, donde los manantiales del cerro concentraban sus aguas dulces.

Tras el hallazgo, el chapulín pasó décadas en manos de coleccionistas privados —entre ellos el conde del Peñasco— antes de ingresar al Museo Nacional, donde terminó de consagrarse como una de sus piezas emblemáticas.

Una piedra semipreciosa elegida con intención

Lo que vuelve única a la escultura es su material: un bloque de cornalina, también llamada carneolita, una variedad de la calcedonia que debe su bello tono rojizo a las impurezas de óxido de hierro. Elegir una piedra tan llamativa y tan difícil de trabajar no fue casualidad: transmitía el prestigio que la pieza debía cargar.

El escultor respetó los volúmenes naturales del bloque y obtuvo formas compactas y redondeadas, con superficies suaves y perfectamente pulidas. Y hay un detalle técnico que asombra a los expertos: se trata de una obra totalmente tridimensional, sin una sola cara sin esculpir, algo poco frecuente en la escultura de su tiempo. Puede rodeársela y admirarla desde cualquier ángulo, como si fuera una pieza contemporánea.

Un insecto retratado con ojos de naturalista

El nivel de observación es tan alto que el entomólogo Moisés Herrera pudo identificar qué animal está representado: un ortóptero de la familia Acrididae —una langosta— captado en su fase larvaria, con grandes ojos compuestos, antenas cortas de extremos curvos y alas apenas insinuadas sobre el tórax.

Hay además una licencia artística deliciosa: en lugar de las seis patas que tienen todos los insectos, el tallador figuró solo cuatro, replegadas sobre el cuerpo, y omitió las dos medias. El abdomen, dividido en anillos, completa un retrato que mezcla precisión científica con una elegancia deslumbrante.

El nombre del lugar lo explica todo

Chapultepec significa, en náhuatl, «cerro del chapulín», y en los códices prehispánicos el glifo del lugar muestra justamente el insecto posado sobre un cerro. Que una escultura del saltamontes apareciera junto a los manantiales del sitio no parece casualidad: para los mexicas, los chapulines se vinculaban con la lluvia, la fertilidad y la renovación de la temporada de aguas.

Esa posible función de ofrenda ligada al agua y al ciclo agrícola convierte a la pieza en un puente directo con la cosmovisión mexica, más allá de su valor estético.

Dónde verla hoy

El chapulín se exhibe en la Sala Mexica del Museo Nacional de Antropología, uno de los recintos más visitados de América Latina. Verlo en persona permite apreciar el pulido de la cornalina y el minucioso detalle del tallado, que las fotografías no logran capturar del todo.

Una escultura que salió de una alberca a fines del siglo XVIII y que hoy es celebrada como cumbre del bestiario escultórico mesoamericano: la prueba de que la memoria de México guarda, en piedra semipreciosa, a su insecto más famoso.