Placeres en República Dominicana

Ya desde la llegada de Cristóbal Colón a La Española en el siglo XV, Dominicana atrajo a conquistadores, aventureros y turistas de los cinco continentes. Un recorrido por las playas de Punta Cana, el casco histórico de Santo Domingo y la nueva villa balnearia Cap Cana.

Será que el último trago de ron y un bocado de chinola (la irresistible fruta de la pasión) hicieron estragos imprevistos durante la primera noche en Punta Cana. Lo cierto es que ahora, cuando la mañana se despereza con altas dosis de calor y luminosidad, la imaginación se dispara desbocada y el mundo –espiado desde la costa sudeste de República Dominicana – se torna la réplica fiel de ese paraíso alguna vez forjado en sueños.

Como un sabroso manjar en plena cocción, otras piezas empiezan a saltar a escena, para terminar de dar forma real y palpable a este paisaje idílico que se apodera de la vista. Aquí todo resalta gracias a los buenos oficios del sol, que dispara sus fulgores a discreción: apunta recto hacia los pliegues del océano Atlántico, la playa blanquísima al pie de las palmeras –apenas sacudidas por una brisa que provoca un leve cosquilleo– y el horizonte, el último trazo de la panorámica, borroneado por el gigantesco plano celeste que unifica cielo y mar.

Apretado entre patas de rana, un chaleco salvavidas de talle exiguo y el snorkel, le toca al propio cuerpo padecer la única incomodidad que ofrece la jornada naciente. El catamarán se aleja 200 metros de la orilla y se dispone a amarrar en un arrecife, mientras un parapente y dos aladeltas en vuelo dibujan sombras móviles, que se desplazan con parsimonia de la proa a la popa. Al costado, multitudinarios cardúmenes de peces de colores se disparan como flechas veloces y marcan tajos fugaces en el agua cristalina. Durante unos veinte minutos, el snorkeling a 3 metros de profundidad permite experimentar un encuentro cara a cara con erizos, sardinas, barracudas y medusas. Algunos ejemplares tienen la delicadeza de desacelerar para picotear a los extraños –la versión subacuática de una suave caricia– y volver a tomar impulso antes de seguir su camino.

De regreso al embarcadero, el mar turquesa mantiene su vistoso semblante, esta vez sin siquiera una mínima rugosidad. La porción oriental de la isla bautizada La Española por un desorientado Cristóbal Colón –la misma desolada porción de tierra que en los siglos XVI y XVII fue objeto de codicia por inescrupulosos piratas de carne y hueso, hoy protagonistas centrales de relatos legendarios– es una larga franja de arena brillante y cocoteros a salvo de turbulencias.

Que suene la música

En el sonido grave de los parapentes a motor que despegan de la orilla se entrevera el repique de una tambora, la contraseña que llama a acoplarse a un par de maracas, dos güiros y un taca-taca . La fiesta que se ve venir estalla en cuestión de segundos, al ritmo pegadizo del merengue y la bachata. El cantante y su cadera movediza empiezan a atraer adeptos desde todos los rincones. Llegan contenidos por la timidez aunque decididos a dar pelea: de a poco, se animan a ensayar pasos torpes, que delatan su origen foráneo. La irresistible seducción de la música dominicana convoca incluso a doce jóvenes que prefieren dejar a medias un disputado partido de vóley, a un grupo de turistas rusos recién desembarcados de sus kayaks –enrojecidos a fuego lento por el sol del Caribe– y a una decena de musculosos norteamericanos que no sueltan la copa de piña colada, catapultados desde sus reposeras. Los cuerpos morenos de los dominicanos corren con clara ventaja. Sólo ellos y ellas logran menearse con admirable gracia y exactidud. El resto termina resignado a un movimento pendular casi imperceptible y a acompañar con palmas la genuina exhibición de la cultura local.

La franja vegetal que decora la playa con un delicado collar verde reserva amplias parcelas para las palmeras cana . Además de tratarse de la planta más visible, es la especie más estilizada del manglar, la maraña de árboles tropicales que tapiza el litoral marítimo. El nombre del bosque se origina en el mangle , cuyas sólidas raíces se aferran al suelo para proteger las costas de la acción erosiva del viento y el agua. En medio del entramado de plátanos, palmas y desmesurados helechos también queda espacio para los llamativos colores de las orquídeas.

Apoyado en una mezcla de creol , castellano y francés, el guía haitiano César se esfuerza por dar a entender que “la sangre de Cristo es la flor nacional de República Dominicana”. Pero parece que le interesa más advertir –con un cándido dejo de picardía– que “si se lo lleva sobre la oreja izquierda indica ‘soltero’; en cambio, colocado junto al lóbulo derecho significa ‘felizmente casado’”.

Su compañero Agustín asesta un certero machetazo al árbol más cercano y deja caer un coco sobre el suelo cubierto de hojas secas y raíces. Lo corta al medio y, tras el más veloz pase mágico que pueda realizar un barman, convida un trago de coco-ron . El amable gesto del anfitrión me obliga a ingresar levemente entonado a un bohío recreado, la típica vivienda de los originarios pobladores taínos . Los efectos del mareo que arrastro pasan enseguida desapercibidos por la oportuna aparición de un ripiao –tradicional ritmo de los campesinos dominicanos–, que tres experimentados músicos de güira, acordeón y tambora proponen para matizar una degustación de berenjenas, pepinos, dulce de maní, té de limillo, arroz con leche, café y más y más coco, en distintos formatos.

Para dejar atrás Punta Cana en procura de otros destinos conviene armarse de decisión y sacrificar por unas horas la suma de placeres que dispensan los hoteles. El sistema “todo incluido” del resort boutique The Reserve Paradisus implica bastante más que el régimen de comidas y bebidas a toda hora y en cualquier rincón del complejo. También sujeta a sus huéspedes con piscinas para grandes y chicos, club recreativo para niños, canchas deportivas, platos criollos e internacionales cocinados por prestigiosos chefs, música en vivo, casino y la playa propia, la pieza más apreciada de todas sus instalaciones.

Por si no fuera suficiente, la conserje Milagros “Milly” Aslla anuncia desde el lobby de Paradisus lo que resta desandar del programa diseñado para la segunda jornada: show de cocina asiática a la vista en el restaurante Mizu, una vuelta de daikiri, piña colada y ron en el bar Avenue, gimnasia y baile en la piscina, un rato librado al azar en el casino, cena de langosta al grill y chupe de camarones o ceviche en el restaurante temático Fuego, de fusión peruana. Cumplo apenas a medias con la amable propuesta.

El camino de 205 km desde Punta Cana hacia Santo Domingo de Guzmán por la Autovía del Coral se interna en una amplia planicie rural recortada por sierras y lomadas. Es el primer esbozo del país profundo, donde los primeros cañaverales dominan el paisaje en lugar de las palmeras y el manglar. De todas maneras, el ponderado litoral costero no se separa demasiado de la carretera que apunta hacia el sudeste y retorna al centro de la escena cerca del Cañón del Río Chavón, el impactante muro natural donde se sostienen las viviendas de alta gama de Altos de Chavón, una ciudad fundada en 1976 y reservada para un puñado de privilegiados. Casi inaudibles, en los parajes menos publicitados de la provincia La Romana resuenan los recordados pasos de algunas celebridades, como el actor y cantante Frank Sinatra y el guitarrista Carlos Santana –invitados en 1982 para la inauguración de un anfiteatro–, el cantante Julio Iglesias, el diseñador Oscar de la Renta y el empresario Rafael “Frank” Ranieri.

El movimiento de turistas se intensifica en el puerto de Bayahibe. Los catamaranes que parten hacia la isla Saona mantienen el mismo ritmo constante de las embarcaciones que salen al mar por el río Dulce cargando miles de toneladas de azúcar que República Dominicana exporta a Estados Unidos. El presente próspero de esta zona, pintada de fucsia por santa ritas, se puede comprobar a través de la sede de Central Romana Corporation –pieza clave de la industria azucarera–, cinco canchas de golf, calles adoquinadas con piedra coralina, un puerto de yates y el derroche de lujo encerrado en la casa de campo Marina. Casi indiferente a ese ostentoso despliegue, la mayor parte de los pobladores encuentra sus mejores pasatiempos en las riñas de gallos, el dominó y el béisbol.

Ciertos resquemores entre los principales habitantes de la isla se diluyen en las pinturas de arte naif exhibidas en el Mercado Artesanal Yina Bambú. Dominicanos y haitianos son hermanados por las ilustraciones de talentosos artistas, cuyos cuadros se acumulan en las bolsas de suvenires de los turistas, ya cargadas al tope por sombreros Panamá, paquetes de café y cacao, cigarros, bambulas de puro algodón, botellas de mamajuana (una bebida tan fuerte como curativa, mezcla de raíces, ron, miel y vino), aros, pulseras y collares creados con la piedra turquesa larimar y figuras sin rostro talladas en madera, hierro y porcelana, que representan la identidad dominicana, cimentada por una innumerable variedad y cantidad de etnias.

Antes de llegar a la capital dominicana, la Cueva de la Maravilla adquiere una importancia bastante más notoria que lo sugerido a primera vista. Es que las imágenes de arte rupestre prehispánico semiocultas en una caverna representan uno de los pocos legados de los taínos que sobrevivieron al despojo. En 1586, cuando el pirata Francis Drake saqueó y destruyó todo lo que encontró en la isla y ya habían ejercido con mano dura su autoridad Bartolomé –hermano de Cristóbal Colón– y Diego Colón –hijo del más renombrado de los conquistadores españoles–, ya no quedaba ningún nativo a la vista.

Huellas precolombinas

El paso arrasador de las expediciones en procura de riquezas lejos de Europa explica la ausencia de referencias visibles de las culturas precolombinas en Santo Domingo, un claro contraste con el admirable estado de conservación que ostenta el Casco Colonial. Palacios, túneles, casas de familias acomodadas, monumentos, plazas, colegios y patios se enlazan en un recorrido –cuyo interés no decae en ningún momento–, que fusiona hitos históricos con estilos arquitectónicos y antiguos usos y costumbres.

La caminata se inicia en la Calle de las Damas –el primer camino pavimentado de Latinoamérica–, antes frecuentada por las treinta doncellas que acompañaban los paseos de la primera dama María de Toledo por el patio del Palacio Virreinal. La plaza España congrega vendedores ambulantes, vecinos y turistas, repartidos en grupos según sus orígenes. Los relatos de los guías levantan un sonoro murmullo, en el que se entrecruzan explicaciones en castellano, inglés, francés, alemán, portugués y ruso.

Los más soberbios mojones de la irrupción española en Dominicana pueden ser considerados la Catedral (construida en estilo gótico con tres naves y 14 capillas, entre 1523 y 1547) y el Palacio Virreinal, cuyo techo es sostenido por 21 vigas de madera y 42 ménsulas, ensambladas con el saludable propósito de “ahuyentar los malos espíritus”. Una angosta escalera de caracol permite apreciar desde el primer piso una amplia vista del río Ozama, un recreo en medio de la minuciosa secuencia de todo el proceso de la llegada de los adelantados españoles y la conquista de las islas del Caribe y Centroamérica.

Alambiques, morteros y trapiches de madera, intercalados en los museos de la capital con armaduras, armas y trajes militares, dan cuenta del lugar clave que la producción de azúcar y alcohol ocupó (y todavía conserva) desde los primeros cimientos que sostienen esta nación. La principal actividad económica arrancó con la introducción de caña desde las islas Canarias y fue apuntalada por esforzados hombres de campo, gobernantes, militares y religiosos (fueran jesuitas, dominicos, franciscanos o mercedarios).

Las joyas de ámbar y coral negro y rojo llenan de brillos el Mercado Colonial. El entusiasmo de los visitantes del sur del continente por llevarse un recuerdo es minimizado abruptamente por los precios en dólares. Pero no es fácil superar la tentación: las vendedoras saben acortar la brecha con los turistas con una sonrisa que irradia ternura y pocas palabras, en las que irremediablemente se cuela “mamacita”, “mi rey”, “mi amor”, “princesa” o “dulzura”. Pero no hay caso con este reacio candidato a cliente, que encuentra la salida por el sector de cigarros y se lleva una lección sin compromiso de compra. “Las mejores marcas del país son Arturo Fuente, Romeo y Julieta, La Aurora y Galeano. Tú lo fumas, lo saboreas en el paladar y lo botas. Nada de tragar el humo”, instruye desinteresadamente un vendedor.

Cerca del Faro a Colón –una mole de cemento erigida a pasos del mar, que resguarda los restos de Cristóbal Colón y las réplicas de sus tres carabelas– late un oasis de naturaleza virgen. En pleno casco urbano de Santo Domingo, un río subterráneo alimenta los lagos que conforman Los Tres Ojos, célebre escenario donde se filmó la película “Jurassic Park”. Más de 50 peldaños de una escalinata bajan entre las rocas coralinas que el mar abandonó hace millones de años, lianas, helechos y raíces colgantes tres veces más largas que los árboles de la superficie. “No compren caracoles porque no se permiten sacar del país”, advierte el guía Pablo Dino y su voz retumba en la atmósfera fresca de la caverna.

Un lago en el subsuelo

Esta profunda fractura geológica se replica con otros matices en el Hoyo Azul, uno de los tesoros más preciados del complejo recreativo Scape Park, creado en el balneario Cap Cana. En este caso, para llegar y descender al cenote no basta con el traslado en bus. En la base del parque arranca un circuito guiado de trekking por un sendero de roca caliza, que atraviesa bosques de orquídeas, bromelias, higüeros, higüeritos –cuyo fruto se aprovecha para fabricar maracas y como té digestivo–, plantas medicinales, ágave amarillo, cactus, moras y bayahíbes.

Arriba, un ruiseñor, lechuzas, colibríes y un par de águilas se sacuden la modorra con vuelos cortos que imitan las vueltas del sendero, incluso el tramo que se precipita bruscamente. Una escalinata seguida de un puente de madera salva el desnivel. El sendero amaga con extraviarse en un túnel de las rocas, pero lo atraviesa con cierta dificultad y vuelve a abrirse en la boca misma de la cueva, la anhelada escala final del recorrido. El salto sin protocolos al agua fría del Hoyo Azul brinda un bálsamo reparador, que la cabeza y el cuerpo –castigados impiadosamente por el sol– pedían a gritos.

En Cap Cana, a unos 10 kilómetros hacia el sur de Punta Cana, República Dominicana vuelve a adoptar su semblante más sofisticado. La villa turística de 300 mil hectáreas luce pulcra y coqueta por donde se la aborde. La vista se regodea por igual en el embarcadero más grande del Caribe (con capacidad para más de 150 embarcaciones), un campo de golf diseñado por Jack Nicklaus, hoteles 5 estrellas, hipódromo y una sede de la Universidad Iberoamericana. Pero nada de eso asoma ante las narices del afamado hotel Sanctuary. La fachada de castillo medieval y las habitaciones de estilo colonial español están orientadas hacia la impecable lengua blanca de 8 km de la playa Juanillo. El mar verde-turquesa y las palmeras se suman al cuadro, todavía incompleto. Sólo resta aceptar el vaso lleno de mamajuana que ofrecen a modo de bienvenida en el restaurante de la playa y prepararse para degustar un plato que rozará la gloria: pescado chillo frito, con puré de yuca (mandioca) y rodajas de plátano frito.

Me llevo impregnados los sabores y aromas de Cap Cana y los paisajes todavía titilan en las retinas cuando ya es de noche. Reconfortado, me dispongo a celebrar las módicas bellezas que permite disfrutar este país generoso en la disco Coco Bongo. Sobre el escenario, ocho bailarines dominicanos arrancan su performance de salsa, merengue y bachata y los sigue buena parte del público. Para evitar dar el mal paso en mis últimas horas en República Dominicana y despedirme dignamente de este país acogedor, prefiero adherir con palmas a la última fiesta multinacional que desborda de alegría.

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Fuente: www.todoviajes.com