¿Para qué sirven los valores?

Por Sergio Sinay

Domingo 07 de abril de 2013 | Publicado en edición impresa

Durante el año 2009, tres psicólogas (Alicia Zanghellini, Eugenia La Rocca y Erica Del Buono) coordinaron en la fiscalía de la ciudad de Mar del Plata grupos de reflexión con 30 personas de entre 18 y 65 años que estaban procesadas y sentenciadas por haber lesionado de modo irreversible o por haber matado a otros en accidentes de tránsito.

Al año siguiente presentaron las conclusiones de esa experiencia en el Congreso Marplatense de Psicología. Lo que más sorprendió a las profesionales, y lo que estremece a quien accede a su informe, es que aquellas personas no mostraban ningún tipo de emoción ante lo que habían hecho. Nada.

Ni culpa ni dolor.

Ese otro, ese semejante, ese humano muerto por ellos había sido para estos asesinos al volante apenas un objeto molesto que de pronto golpeó contra su parabrisas, según lo relató Eugenia La Rocca. Se quejaban, además, de los inconvenientes que les provocó el proceso judicial y se consideraban víctimas de una injusticia.

Los especialistas en cuestiones de tránsito suelen concordar en que la forma en que se conduce en una determinada sociedad dice mucho acerca del modo como se vive en ella. Adhiero a esa idea y, por mi parte, estoy convencido de que también el modo en que se practican y viven los deportes, las conductas en los espacios públicos, la actitud ante los temas de interés común, el estilo de las celebraciones, los programas de éxito en la televisión, el tipo de lecturas predominantes son testimonios veraces acerca de los valores dominantes en una sociedad, del tipo de relaciones interpersonales que sobresale en ella, y de su estado moral.

Lo que ocurrió en aquellos grupos de reflexión en Mar del Plata es desalentador y entristece, pero no debería sorprender. Un observador imparcial que ande por las calles argentinas o viaje por sus rutas no tardará en deducir que para una masa crítica de personas los demás son simples obstáculos de los que hay que desembarazarse de cualquier manera.

Esto significa transgredir las normas, las reglamentaciones y las leyes. Es así en materia de velocidad, estacionamiento, prioridad de paso (de vehículos o peatones), uso de la bocina, mantenimiento de los elementos de seguridad de los vehículos (como luces o frenos), uso de cinturones de seguridad, abuso de teléfonos celulares durante la conducción (con lo que no solo se pone en riesgo quien los usa, sino otros conductores y transeúntes).

Cualquier infractor al que le sea señalada su conducta se ofenderá y reaccionará airadamente. Los 8 mil muertos anuales (más heridos graves y discapacitados para siempre) que ponen a la Argentina en el podio de las muertes gratuitas y los asesinatos y suicidios disimulados como accidentes dicen algo serio acerca de las relaciones humanas, el respeto por el otro, la capacidad para convivir en este país.

También lo dice el desparpajo con que se ensucian los espacios públicos, arrojando papeles y todo tipo de porquerías en cualquier momento y lugar, contaminando las calles con basura fuera de los horarios establecidos para una convivencia civilizada. Cuando se escucha a las hinchadas, cada día más violentas, del fútbol (deporte nacional y parte de la identidad del país) pidiendo que sus equipos ganen como sea, prometiéndoles a los simpatizantes adversarios que los vamos a matar o vociferando contra jugadores o inmigrantes de otros países, se aprende mucho y pronto acerca de la xenofobia y el machismo que anidan aquí, de manera cierta y extendida, aunque nadie levantaría la mano a la hora de aceptarlo.

El hecho de que cualquier festejo solo tenga en cuenta las ruidosas, ensordecedoras, ilimitadas y frecuentemente alcoholizadas ganas de divertirse (enarboladas como derechos) de los celebrantes, aunque eso invada y mortifique la vida de otros, es otra radiografía acerca de la misma cuestión. Como lo es el estado de espacios y monumentos, que las autoridades pertinentes abandonan, en busca de cosechas políticas más rentables, y los propios ciudadanos destruyen y envilecen con una persistencia digna de mejores causas.

El apagón moral

Sergio Sinay

(Paidós) 168 páginas, $ 69.

La violencia cotidiana excede los ámbitos del crimen organizado y profesional, y es hoy en día un modo naturalizado de relación. La degradación del lenguaje, la televisión como difusor de basura.... Todo ello encuentra reflexión en esta obra de Sergio Sinay, de la cual aquí se extracta parte de la introducción, titulada Una de vaqueros

* Sergio Sinay ha escrito los libros La masculinidad tóxica , La sociedad de los hijos huérfanos , La felicidad como elección y ¿Para qué trabajamos? . Además, es habitual columnista de la Revista.

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