Con pena y con gloria. Hay equipo

Todo un país abraza al equipo. Es un gesto multitudinario y dulce, agradecido y muy amoroso. Es el reconocimiento por haber sostenido la magia hasta cinco minutos antes del final de un Mundial para el recuerdo.

“Dejaron la piel y el alma” dijo Sabella, aludiendo a los chicos. No habló de él.
Lo hizo sin aspavientos ni ostentación alguna, con humildad. Se manifestó orgulloso del equipo que le tocó armar y acompañar.

“Muy unidos llegamos hasta el último partido” agregó Messi, sin dejar escapar sonrisa alguna. Con más pena en el alma que gloria en la piel.

“Nos fuimos con muchas dudas pero volvimos con muchas certezas, dejamos todo” apuntó Mascherano sin perder la compostura que lo posicionó como líder.

. “Veníamos buscando un sentido de pertenencia” sorprendió Maxi Rodríguez. “cuando dejemos el futbol vamos a recordar este equipo”.

Más allá del fútbol, de los goles y de la Copa hay sobrados motivos para tenerlos en el corazón. Nosotros también los recordaremos.

Ellos fueron un ejemplo. Un refrescante pase de valores. Supieron olvidarse del “yo” para jugar a fondo el “nosotros”. Lo hicieron con simpleza, con sencillez, con la naturalidad propia de quién se sabe parte de un todo.

Si hubo trapos sucios los lavaron adentro.
Se fundieron en el otro, en los otros. Sobrellevaron críticas y sobresaltos. Enfrentaron con dignidad los frustraciones personales. Se apuntalaron en las fragilidades y alimentaron en las fortalezas.

No se avasallaron con sus individualidades. Se tomaron en serio el trabajo de construir alegría en la adversidad, de encontrar sentido de unidad en lo diverso.
Le escaparon a la euforia y a la tilingería.

Por un rato nos hicieron olvidar de tensiones y rencillas, de divisiones y enemistades, de amigos y enemigos, de que la culpa siempre la tiene otro.

No trajeron la Copa, y eso apena, pero nos dejan el precioso regalo de la esperanza, la perturbadora constatación de que en equipo se puede, de que todavía hay una inmensa mayoría que se resguarda en los valores heredados y que tiene resto para salir en dulce montón a celebrarlo en la calle. Con pena, pero con mucha gloria.

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Por Monica Gutierrez