Angustia y ansiedad a la hora de desarmar las valijas

Psicología. El fin de las vacaciones suele despertar esos sentimientos que prenuncian el retorno a las rutinas laboral y escolar

Por Sebastián A. Ríos | LA NACION

Sábado 26 de enero de 2013 | Publicado en edición impresa

Ilustración: Majo Cerezo.

Puede ocurrir uno, dos o tres días antes de emprender el regreso al hogar, o una semana antes, o incluso en el mismo momento de comenzar a hacer las valijas o al deshacerlas, pero lo cierto es que en algún punto de las vacaciones caemos en la cuenta de que éstas no son eternas. Para este cronista el momento exacto sobreviene una vez cumplido el 50% del tiempo de vacaciones (si son 14 días, en el día 8). Entonces, comienza una cuenta regresiva que marca el tiempo que nos separa del fin del ocio y del reinicio de la rutina laboral y escolar.

"Ante la inminencia de la vuelta de las vacaciones es esperable cierta pena por tener que dejar atrás la despreocupación y la libertad de no tener que planificar, que se suma a la ansiedad por saber que habrá que afrontar un nuevo año con compromisos, obligaciones e incertidumbre", comenta el psicoanalista y psiquiatra Roberto Sivak, docente de Salud Mental de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

"La sensación frecuente al finalizar las vacaciones es la misma que mucha gente siente el domingo a la noche -describe la psicóloga especialista en familia Eva Rotenberg, directora de la Escuela Para Padres Multifamiliar-. Es una ansiedad generalizada, sin motivo aparente de preocupación, que tiene que ver con el deber de enfrentar lo que se siente como «exigencia de la vida, del colegio o del trabajo»".

Para Myriam Iansa esa certidumbre del fin de las vacaciones se presenta "cuando ya faltan pocos días para que se terminen y empiezo a proyectar las cosas que me quedaron pendientes en Buenos Aires y la vuelta al trabajo". Myriam, que volvió el domingo pasado de Punta del Este, es directora de la consultora de comunicación Bluecom, pero a ella no es el trabajo lo que la angustía en el retorno a la rutina posvacaciones.

"Lo que me mata es la vuelta al cole de mi hija, ¡volver a levantarnos todos tan temprano! Ahí sí, creo que eso es algo que angustia a padres y a hijos. De eso no escapamos...", dice Myriam, de 43 años, madre de una chica de 11, que asegura estar acostumbrada a la ansiedad que genera el retorno a la rutina laboral: "Creo que los argentinos estamos inmunizados frente a la ansiedad, al cambio constante, y terminamos desarrollando habilidades profesionales sui generis".

Para María Pérez, empleada administrativa de 32 años, la sensación de fin de vacaciones comenzó a elaborarse cuando, el domingo último, armaba las valijas para volver de Puntas del Este. "Hasta ese momento sólo me preocupaba cómo organizar los bolsos y dejar la casa en orden. La vuelta al trabajo la comencé a enfrentar a la noche, cuando llegué a mi casa", dice María, que se reconoce dispersa en los primeros días de su ciclo laboral 2013.

"Para mí la ansiedad pasa por darme cuenta de que no sé qué podré hacer este año de nuevo, además de mantener las rutinas obligatorias. Es una ansiedad positiva, que tiene que ver con pensar a este año que empieza como una página en blanco, que no tengo idea cómo será -cuenta María, mamá de una beba de diez meses-. Lo que sí me genera angustia es la perspectiva de que hasta el verano próximo no voy a volver a tener 15 días de vacaciones, y eso me genera una sensación de prisión, de que vienen doce meses iguales a los previos a las vacaciones. De ahí la necesidad de ver qué cambio le puede poner a este año para agregarle algo divertido a la rutina."

Promesas no cumplidas

Para muchos el tramo final de las vacaciones es vivido como un momento de balances, en el que sobreviene la necesidad (y la oportunidad) de evaluar cómo ha fluido la relación de pareja o la convivencia con los hijos en ese laboratorio llamado veraneo que se establece lejos del hogar, lejos del trabajo, del colegio y de otras rutinas más forzadas y ajenas muchas veces a los intereses de los distintos miembros de la familia.

"Frecuentemente se hace un balance y se distingue la calidad de los vínculos en las vacaciones -agrega Rotenberg-. Es poco el tiempo que se comparte con la familia y la escasa dedicación a los gustos personales que tiene la mayoría de las personas lleva a planificar que el próximo período será diferente. Se escucha entre amigos la promesa (que luego no se cumple), de pasar un año diferente, dejándose más tiempo para el disfrute y para "lo importante, es decir, los vínculos". Luego, en la vorágine de la realidad, la promesa de modificar la calidad de vida y el descanso de las vacaciones queda en el olvido.

"Es muy habitual que tenga lugar una idealización de lo vivido en las vacaciones y del lugar en que se han desarrollado estas experiencias satisfactorias, y que se forjen proyectos consistentes en hacer un cambio radical de vida, mudándose, por ejemplo, a un lugar similar a aquel en que han transcurrido las vacaciones -agrega la psicóloga Marina Drake, del Servicio de Psiquiatría del Hospital Británico-. Pero, lamentablemente, la experiencia muestra que con el correr de los meses tales proyectos se van diluyendo y la rutina vuelva a atraparlos.

Por otro lado, la vuelta a la rutina laboral no necesariamente se condice con la máxima que estimula que uno vuelve al trabajo oxigenado, relajado y con las pilas recargadas. "La experiencia actual es que pocas veces se logra ese resultado de modo eficaz, en la medida en que las vacaciones a veces se demoran o resultan abreviadas involuntariamente por motivos económico, sociales, exigencias laborales, búsqueda de horas extras o temor al desempleo", afirma Roberto Sivak, que sostiene que "cuando se pueden planificar vacaciones fragmentadas es posible lograr una perspectiva más realista en la cual no se lleguen a extremos de agotamiento ni se espere de un solo período la llamada «salvación» algo ilusoria del estrés laboral".

Por su parte, Rotenberg advierte que veranear no siempre es sinónimo de descansar: "Esto depende de las preocupaciones personales, ligadas al vínculo de la pareja, a cómo están los hijos, a la realidad de la economía del país y de cada familia. Incluso algunas personas viven desconectadas durante el año y también usan las vacaciones para seguir desconectados de ellas mismos, no del estrés. La capacidad de conectarse con el ser interior es un índice de salud mental, es lo opuesto a las trabas internas y a la huida del sí mismo."

"El verdadero descanso se consigue cuando hay una sensación de tranquilidad interna, porque si se siente inquietud no hay descanso; en este caso, se pueden usar las vacaciones de manera de asegurarse el continuar con la aceleración, ya sea con el alcohol, las drogas o las fiestas vacías de contenido verdadero, como son el compartir con amigos o familia."

"Uno de los consejos para lidiar con la ansiedad del retorno es tratar de identificar aquellas variables de las vacaciones que fueron diferentes y más satisfactorias que las vividas a lo largo del año (haber ido más al cine, haber compartido más momentos de intimidad, por ejemplo), para luego trasladar estas experiencias a la vida cotidiana, no de igual manera, pero sí adecuadas a las circunstancias de la rutina diaria", concluye Drake..

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