Escena 1. :
La película empezaba a las 19h30. Los tres amigos habían comprado las entradas una hora antes y se habían ido a pasear un poco por los alrededores del centro Pompidou y a tomar unas copas por el Marais. Un poco atrasados, volvieron a la sala de cine para cuando el film ya estaba empezando. Al momento de preparar “en mano” las entradas para presentarlas, el que las había guardado se da cuenta de que no las tiene. Las había perdido. Como sucede normalmente, esa pérdida transformó la dinámica: la “pequeña fiaca por un programa planeado” se convirtió en “ganas irrefrenables por un programa imperdible” (sobre todo por la mini corrida para llegar a tiempo).
Dos de los amigos son argentinos que están de paso por París (en camino al festival de publicidad de Cannes). Pero Coco vive en París. Y se le ocurre preguntar: quizás la chica de la caja los recuerde y les reimprima las entradas. Los argentinos, incrédulos. Hasta que Coco reaparece con las tres nuevas entradas reimpresas.
No fue por buena onda. Tampoco porque tenían lugar de sobra en la sala. Fue porque la chica de la caja se acordó de ellos, y les creyó. Y los tres amigos, ellos, pudieron disfrutar del documental de Julie Bertuccelli sobre el director de cine georgiano Otar Iosseliani, quien además respondió preguntas luego de la proyección (para quienes estén en París, super recomendables las películas que están pasando en el Pompidou hasta el 9 de julio en el marco de “Cinéastes de notre temps“: ciclo -inspirado en las entrevistas de los Cahiers du cinéma- en el que por medio de documentales se retratan a los directores de cine franceses y extranjeros contemporáneos, como John Cassavetes, Jean-Luc Godard, Takeshi Kitano, David Lynch, Michel Gondry..).
Escena 2. :
Tres amigos (la única presente en ambas historias es Coco) van al Grand Palais a ver la exposición de Anish Kapoor (nuevamente aquí, super recomendable). Se adelantaron y sacaron las entradas con anticipación. Saben que la fila para comprar entradas es de al menos media hora. Así que llegan y entran en el museo sin esperar. Pero, ya adentro, se dan cuenta de que hay una segunda fila para entrar en la mega instalación del artista. Al menos cincuenta personas. Al menos media hora de ir acercándose pero a paso de hormiga. Uno de los amigos se acerca y habla con uno de seguridad. Le explica que no tienen tiempo para hacer la fila (era cierto). El hombre vacila pero acepta dejarlos pasar y les evita así la espera.
Las dos historias aducidas son ciertas. Pero el punto es que podrían no haberlo sido y que, de todas formas, esos dos parisinos (la de la caja y el de seguridad) las hubieran creido. Porque, aquí, el “versero” y el “vivo” no son especímenes muy frecuentes. Y, ante esa falta, no hay tanta necesidad de desarrollar la desconfianza como medida preventiva.
Por Nathalie Kantt
Trabajaba como periodista en La Nacion y me ofrecieron venir a París para cursar un master en periodismo. Era feliz en la redacción, pero se me activó una inquietud siempre latente: probar París. Como también tengo la nacionalidad francesa, y como fui a un colegio francés, siempre me sentí de acá y de allá. Vivía en la Argentina soñando con París, así que me vine. Hoy me pasa un poco al revés.
Vivir en París es un work in progress. Este blog, también. Después del master, me ofrecieron un trabajo como periodista aquí. Y hace ahora poco más de dos años que estoy en París. No sé si me quedo o si me vuelvo. Mientras lo decido, comparto mis aventuras, lo que veo y lo que pienso.
Me pueden escribir a vivirenparis@gmail.com . Leo y contesto.
Fuente: http://blogs.lanacion.com.ar/vivir-en-paris/nathalie-kant