Por Enrique Pinti | Para LA NACION
Pero, claro, ellos nunca lidiaron con velas, lámparas a gas, tranvías a caballo o carretas miserables transitando caminos llenos de barro y sin señalizar. Claro que todavía quedamos (y somos muchos) los que recurríamos el correo para comunicarnos con amigos y parientes, los que sólo usábamos el teléfono fijo de línea, los que sin computadora ni Internet teníamos que usar el cerebro para hacer las cuentas, los que tecleábamos a dos dedos las modernas máquinas de escribir (original y tres copias con papel carbónico).
Los que no teníamos televisión y sólo nos entreteníamos con la radio, el cine, el teatro y, claro, el fútbol: un fútbol de domingo que era en la cancha o transmitido radiofónicamente, sin HD. Los que por años vimos todo en blanco y negro, adivinando los colores que las presentadoras describían con lujo de detalles y le creíamos a la Legrand cuando nos decía que las rosas del centro de mesa eran rococó rosadas.
Todavía existimos los que en los años cincuenta nos maravillábamos con licuadoras y con películas en 3D que se podían ver en el desaparecido cine Radar de Esmeralda, entre Sarmiento y Corrientes. Lo hacíamos con aquellos anteojos de cartón a dos colores, verde y rojo, que nos hacían estremecer de terror viendo huir jóvenes atractivas perseguidas por un asesino en las neblinosas calles de un Londres reconstruido en Hollywood, en la inolvidable Museo de cera (con el rey del terror, Vincent Price). O tratar de esquivar las flechas y los soldados americanos arrojados desde la pantalla por los indios enloquecidos del western Retaguardia, del que nadie recordaría ni un fotograma si no hubiera sido por aquel inventito que duró lo que un suspiro y que fue reemplazado por el cinemascope, que en sus dimensiones y pantalla panorámica extasió a todos con El manto sagrado.
Después vino el cinerama, que nos envolvía con su magia a pesar de las costuras de una imagen triple. Luego fue superado por el Super Technirama y el Super Panavision 70. Hasta que todo se hizo costumbre y llegamos a la actualidad, donde los jóvenes no quieren ver películas en blanco y negro porque les parecen prehistóricas.
Y hay otras cosas, mucho más importantes, que a veces ninguneamos olvidando cuánto se luchó para obtenerlas.
La democracia es una de ellas. El derecho al voto, al disenso, a la confrontación de ideas con debates que nos hagan pensar cuál es el país que queremos. Ya sabemos que no es perfecta ni aquí ni en otros sitios, pero también sabemos que cuando desaparece, las cosas no mejoran y no tenemos ni siquiera el derecho al pataleo.
El hecho de que el poder de turno cometa errores, excesos, actos de corrupción o de lentitud en la administración de la justicia, no implica que haya que rechazar el sistema y añorar dictaduras que con la ley del silencio, la amenaza o directamente el asesinato del opositor ensangrentaron nuestra historia y la de muchos países del mundo. Por peor que sea un gobierno democrático, siempre será más fácil de combatir que la más 'ordenada' dictadura.
La democracia puede estar deformada, mal usada, pervertida o desperdiciada, pero el pueblo puede premiar y castigar con su voto. Hay que velar por ella, presentarse a elecciones como lo hacen muchos compatriotas de ochenta o más años, que son los que recuerdan mejor las terribles épocas del silencio impuesto, de la ilegalización del que pensaba diferente y de la sensación de no poder ser protagonistas con voz y voto. Mientras haya memoria habrá esperanza.
El autor es actor y escritor.
® LA NACION