Conociéndonos

Reflexiones sobre el perdón

".Se necesita una gracia sobrenatural y divina para perdonar y dejar que Dios sane nuestras heridas espirituales."

24/11/2008
   Gentileza, Regina Cardona

Un buen día yo enterré una ofensa que dolía.
Creí que podría olvidarla si la dejaba escondida.

El agravio iba creciendo.
Cada día lo tapaba.

No logré dejarlo atrás.
Mucho, mucho me costaba.

La alegría me abandonó,
no conocí sino penas.

Incapaz era de amar,
tenía el alma en cadenas.

A la vera de aquel hoyo
clamé con el alma a Dios:
«Sana esta herida profunda,
Tú que eres el Dios de amor».

Sentí entonces Su presencia;
en Sus brazos me sentí.

Enjugó mis agrias lágrimas,
hizo azul el cielo gris.

Sincerándome con Él,
le expliqué mi gran afrenta.

Me prestó Su atento oído
mientras yo le daba cuenta.

Cavé, ahondé y arranqué
la afrenta que me oprimía,
y entregándola el Maestro
libre al fin quedé aquel día.

Así fue como Él quitó
la negrura de mi alma
y algo hermoso fue a nacer;
donde había estado la llaga.

Cuando vi en qué convirtió
mi tormento y mi pesar,
aprendí a dárselo a Él
y no enterrarlo jamás.

Carol Parrott

“...Mientras Leonardo da Vinci pintaba La última cena, se enfadó con cierto hombre, perdió los estribos y le dirigió unas palabras hirientes. Al reanudar su tarea, intentó pintar el rostro de Jesús, pero como estaba tan enojado no logró serenarse para realizar esa labor con la necesaria minuciosidad. Finalmente, soltó los pinceles y buscó al hombre con el que se había enemistado y le pidió perdón. Este lo perdonó y Leonardo se puso manos a la obra y pudo terminar el rostro de Jesús. Es difícil estar enojado con alguien cuando se contempla el rostro de Jesucristo. Si guardamos rencores y no perdonamos es porque perdemos de vista al Señor…”.
Congregación Hope

“…Se necesita una gracia sobrenatural y divina para perdonar y dejar que Dios sane nuestras heridas espirituales. La naturaleza humana nos inclina a querer tomarnos la justicia por nuestra mano castigando a quien nos hizo daño, o por lo menos haciéndole sentir el mal que nos haya hecho. Jesús nos enseñó a orar así: «Perdona nuestras ofensas, así como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Sin la ayuda de Él, ni siquiera podemos rezar esa oración. Dios no solo puede darnos la gracia para perdonar, sino también para olvidar. Con Su ayuda, podemos hacer caso omiso de las ofensas, dejarlas de verdad atrás y no volver a hablar de ellas. Así es el amor divino y sobrenatural que todo lo abarca y que solo Jesús puede dar. De esa forma nos ama. Gracias, Jesús…”
David Brandt Berg



Comentar