Eugenia Plano
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En tiempos de descreimiento sobre el rol y el funcionamiento legítimo del Estado, deberíamos preguntarnos desde el sentido común: ¿Qué se necesita para ser político? ¿Simple carisma o educación en temas referentes al área? ¿Nuestros políticos están capacitados para llevar adelante un país, una banca en Diputados o Senadores? Cuando al ciudadano se le exige formación, experiencia y dedicación plena, ¿sucede lo mismo con los políticos?
La realidad quizá sea el mejor ejemplo posible. Si una persona común decide buscar un empleo los requisitos son innumerables: Buena presencia, formación educativa acorde al puesto, tres años de experiencia en una posición similar, buena predisposición para el trabajo en equipo, cursos, posgrados, especializaciones en el área y vivir en una zona cercana a la empresa o dependencia que ofrece el trabajo.
Pero, con sólo cumplir los requisitos no basta, se debe atravesar por un período de preselección, en el cual se deben aprobar dos o tres instancias de entrevistas y luego afrontar un psico-técnico, que consta de una batería de pruebas psicológicas y un examen médico.
Tras una ardua carrera por obtener un puesto de trabajo, quizá el ciudadano obtenga su derecho a trabajar. Y sí logra el cargo, deberá mantenerse en el mismo, será puesto a prueba, deberá actualizarse, capacitarse y por sobre todas las cosas, trabajar duro.
Ahora, ¿esta sistematización de los requisitos para obtener una fuente de empleo es igual en el sistema político? ¿Qué se le exige a un funcionario? ¿Qué se le pide? ¿Rinden cuentas ante alguien? ¿Si el pueblo considera adversa su gestión nadie puede despedirlos?
Preguntas del sentido común que revelan una simple respuesta: No se pide, ni se exige casi nada para poder ocupar un puesto estatal. El exhausto camino que emprende un ciudadano común para poder tener y conservar un trabajo, es una experiencia desconocida para un político.
Y cuando decimos casi nada, no exageramos. Por ejemplo, según la Constitución Nacional Argentina los únicos dos requisitos que exigen para ser Presidente de la Nación son: edad (mínimo, 30 años) y lugar de nacimiento (si el aspirante no nació en la Argentina, al menos tiene que ser hijo de un nativo). Y ¿la formación?, ¿la experiencia en cargo similar?. No para ellos no es necesario.
En la Argentina, la mayoría recuerda como era tomado a risa el hecho que un primer mandatario, como Carlos Saúl Menem, jurara haber leído las obras completas de Sócrates o desestimara constantemente la importancia de la educación y sí exaltara la viveza y el exitismo como parámetros sociales. No es casualidad, que haya sido el presidente que menos apostó a la educación en el país, aunque antes de terminar su gestión se aseguró ligar su nombre a la cultura colocando, por orden de él mismo, una placa de bronce en las puertas de la Biblioteca Nacional.
Sin ningún tipo de exigencia en una formación profesional para gobernar a un país, a nivel sociedad se le piden otras cualidades que lejos están, muchas veces de la racionalidad. La preparación no es un asunto determinante pero sí lo son, el carisma, efusividad, capacidad oratoria, apoyo sindical o fuerza discursiva. El populismo ha hecho escuela en eso de atrapar a las masas a fuerza de una personalidad tan fuerte como encantadora.
Y así, uno puede ser político. Se evitará empezar de abajo para poder lograr un avance profesional, no deberá estudiar absolutamente nada, no tendría que actualizarse y profesionalizarse para luego llegar a una pensión que poco alcanza para la vida diaria. Un político con tan sólo ocupar una banca por poco tiempo, logra una jubilación de privilegio.
Se necesita muy poco para ser político mientras que a los ciudadanos se le exige lo posible y lo imposible para poder trabajar.
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