No hay dudas que el mundo nos invita todo el tiempo. A veces pareciera que no hay manera de evitar que el deseo por comprar sea contenido. La televisión, la radio, los diarios, los carteles, las calles y las vidrieras, entre otros infinitos recursos que nos tientan con la promesa de que tal o cual objeto nos hará la vida un poco más feliz.
A toda la promoción consumista se suman las diversas facilidades de pago que por 'módicas sumas' y millones de cuotas nos permiten acceder a lo que en realidad muchas veces nos es inaccesible. Pero, bueno 'un lujo de vez en cuando' y así ese gasto luego será insostenible cuando el fin de mes toca tu puerta.
La vida cotidiana en la posmodernidad gira en torno al consumo, y hasta no llegamos a darnos cuenta cómo casi la mayoría de nuestras conversaciones se basan en cómo pagar, qué, cómo, dónde y cuándo comprar. Y en estos interrogantes falta el fundamental: ¿Por qué?
En la obsesión consumista actual pocas veces nos preguntamos si verdaderamente necesitamos aquello que deseamos con énfasis o si bien, lo deseamos. Desaparece la intención verdadera que cede a la compulsión por tener, desplazando al ser.
En 'La era del vacío' el sociólogo Gilles Lipovetsky, se refiere al consumo como 'un proceso que funciona a través de la seducción, los individuos adoptan sin dudarlo los objetos, las modas, las fórmulas de ocio elaboradas por las organizaciones especializadas pero a su aire, aceptando eso pero no lo otro, combinando libremente los elementos programados'.
El consumo no es más que un deseo que muchas veces es provocado por las necesidades de otros y así respondemos a consignas que desconocemos, y lejos están de nuestra propia identidad.
En este sentido, Lipovetsky destaca un signo paradójico de estos tiempos: el consumo en masa reviste y prevé la singularidad. 'La oferta abismal del consumo desmultiplica las referencias y modelos, destruye las fórmulas imperativas, exacerba el deseo de ser íntegramente uno mismo y de gozar de la vida, transforma a cada uno en un operador permanente de la selección y combinación libre, es un vector de la diferenciación de los seres'.
Cada vez son más los avisos publicitarios que segmentan, apuntan a un target y así dan la sensación de personalización, su producto, objeto o servicio es para alguien en particular, es especial. Convierten en objeto de deseo la codicia de muchos que quieren ser pocos.
La exclusión como estrategia y la masificación para lograr un verdadero éxito. En este marco, la popularización de ciertos objetos de consumo ha sido sin dudas un gran beneficio para la sociedad actual, pero no nos dejemos engañar, comprar sin rumbo o codiciar desmedidamente un objeto, y adquirirlo como sea, no nos convierte ni 'en unos pocos privilegiados', ni en mejores ni más dignos seres humanos.
Que la identidad del ser nunca sea la del tener.
Por Eugenia Plano | www.vidapositiva.com