[ 15/1/2012 ]
Por Silvia Pisani | LA NACION
Domingo 15 de enero de 2012 | Publicado en edición impresa
Foto: DAMON WINTER/THE NEW YORK TIMES
Tiene el tesón atribuido a los que nacen bajo el signo de Capricornio y un porte que, a fuerza de dieta sana y training, desmiente los 48 años que cumple pasado mañana. Madre de dos hijas, abogada con avales de Harvard y Princeton, a Michelle Obama, desde su marido para abajo, un coro le reconoce haberlo superado en éxito profesional hasta muy poco antes de que, en enero de 2009, Barack Obama mudase a la familia, desde el añorado hogar de Chicago, a las luminarias de la Casa Blanca y sus jardines siempre rodeados de curiosos y sus techos poblados de francotiradores.
Fue el gran cambio, la revolución personal que alguna vez le reprochó al destino. Michelle Obama, uno de los activos potencialmente más atractivos de la administración demócrata, pasó sus primeros meses en la tarea de encontrar su sitio en la residencia.
Trataron de encasillarla en algún punto entre las opciones del estereotipo. Esto es, convertirse en una primera dama con agenda política y ser blanco de ataques directos, como Hillary Clinton; optar por el modelo de esposa y madre abnegada, que practicó la solvente Laura Bush, o ensayar el salto que la transportara a los altares del imaginario colectivo donde reina la siempre recordada Jackie Kennedy.
Con ese abanico en puerta, Michelle Obama puso un pie en la llamada Ala Este -la zona de la residencia familiar- y se convirtió en un misterio; una fuerza que tanto daba pistas de adoptar una dirección como otra en la rosa de los vientos. Hasta que, esta semana, ella misma se sintió forzada a ofrecer la definición más inesperada sobre su personalidad: 'No soy una negra irascible', explotó, ante las cámaras de televisión, al reaccionar ante el retrato que pinta de ella Los Obamas, el libro que acaba de publicar la periodista del The New York Times Jodi Kantor, que describe a la señora Obama como una presencia fuerte y enigmática, cuyo ascendente sobre su marido e independencia de criterio, muy alejada de la 'norma' de Washington, terminó incomodando a quienes figuran -o figuraron, ya- entre los más estrechos colaboradores de 'Barack', como suele llamarlo ella en público.
'Creo que nadie pudo imaginar lo solitaria que esa experiencia podría llegar a ser', dice, en el libro, Erick Whitaker, un médico de Chicago reconocido por su amistad con el presidente.
'Sabía que tenía sobre la espalda el peso de ser la primera dama negra de la historia', aseguró James B. Peterson, profesor de Historia y director del Departamento de Estudios Afroamericanos en la Lehigh University, de Pennsylvania, con la convicción de que esa circunstancia peculiar y única la sometía a un escrutinio aún mayor. 'Todos estaban esperando que cometiera un error', añadió.
La cuestión sobre quién es, en realidad, Michelle Obama, insumió titulares aún antes de que el texto viera la luz. La cuestión apasiona: no en vano el pabellón destinado a las primeras damas es el más taquillero del Museo de Historia de esta ciudad.
El debate se convirtió en comidilla esta semana y no es para menos: al igual que sus casi cuarenta predecesoras, Michelle lleva el pomposo título de 'primera dama', una posición llamada e ejercer enorme influencia sobre el presidente del país más poderoso del mundo y que, por eso mismo, genera intensas expectativas.
En el pasado reciente, la imagen por excelencia de la primera dama quedó asociada al recuerdo de Jackie Kennedy, aunque más allá de estereotipos cada una ha tenido su propia experiencia. El caso más extremo tal vez sea el de Mary Todd Lincoln, frecuentemente retratada como una lunática, derrochadora y, por si fuera poco, traidora. La recordada Eleanor Roosevelt -figura de culto para la presidenta Cristina Kirchner- no siempre cosechó elogios por sus fuertes opiniones y su prédica a favor de los derechos humanos, según recuerda la crónica histórica.
Lo que el libro viene a descubrir es que, en algún punto entre todas esas opciones, la búsqueda de su propio destino convirtió a esta primera dama en materia de tensiones entre el Ala Oeste, donde se encuentran las oficinas del Presidente, y el Ala Este, el centro social donde habitan los Obama.
El resultado es un retrato de Michelle parecido a una versión alterada de Nancy Reagan: una mujer obsesionada por defender a su marido y a su legado histórico. 'Se veía a sí misma como una guardiana de los valores', describe Kantor. 'Para ella había cosas más preocupantes que perder una elección de medio término', dice en el libro la ex jefa de equipo de la primera dama, Susan Sher.
La crónica asegura que la obsesión llevó a Michelle a proteger a Obama de sus colaboradores más directos y que varios fueron blanco de sus iras. Entre ellos, dos asesores presidenciales ya renunciados: el ex vocero de prensa Robert Gibbs y Rahm Emmanuel, el ex jefe de gabinete; en el caso del primero, el libro asegura que, presionado, Gibbs llegó a 'insultar' contra la primera dama en una reunión de gabinete. 'Lamento haber perdido los estribos y lamento que esto haya salido a luz', dijo, días atrás el ex vocero.
Una mujer fuerte
Mirado en su conjunto, el dominó de episodios atribuye a la señora Obama la convicción de que muchos de los colaboradores de su marido se preocupaban en demasía por lo que diría el Partido Demócrata, por las elecciones de medio término o por la carrera hacia la reelección y perdían, con ello, la perspectiva de la 'transformación', que era la promesa del presidente, quien, para su desesperación, empezaba a ser percibido públicamente como un político dentro del perfil normal y no como aquel que llegaba a romper con los viejos esquemas.
No es que Michelle expresara siempre de modo público sus puntos de vista. A veces esto ocurría a través de su amiga y hoy asesora presidencial, Valerie Jarrett, o, más aún, por boca del presidente, quien le hacía saber al colaborador de turno del malestar de su mujer. En ese caso, hasta es posible que la referencia a un supuesto enojo de la primera dama no fuera sino un recurso más del presidente para hacer llegar su propio mensaje. 'Otras, su malestar bien podría leerse como una forma de subrayar lo que no iba bien en la presidencia', afirma Kantor.
En todo caso, la primera dama tiene su propio juicio sobre este último retrato suyo. 'No lo he leído ni lo pienso leer; yo no leo esos libros en los que siempre parece más interesante imaginar situaciones de conflicto con una mujer fuerte. Pero esa es la imagen que se ha tratado de pintar de mí desde el día en que Barack anunció su candidatura (en febrero de 2007): que soy una negra irascible', descalificó. 'No se cómo alguien que ni siquiera me conoce puede llegar a describir cómo siento o cómo pienso. Yo sólo trato de ser yo. Mi esperanza es que la gente, con el tiempo, llegue a conocerme y a juzgarme por lo que soy', añadió.
La Casa Blanca le reprocha a Jodi Kantor el no haber entrevistado a los Obama antes de ponerse a escribir sobre ellos (la autora explilca en el texto incicial que los Obama no quisieron ser entrevistados) y asegura que mucho de lo escrito no son sino 'proyecciones' de la autora en un tono, con frecuencia, 'exagerado'. Por su parte, Kantor, graduada de Columbia y con una pasantía en Harvard, asegura haber entrevistado a por lo menos treinta colaboradores y amigos de los Obama para este libro, aunque, como suele suceder en estos casos, no todos aparecen identificados. The New York Times, donde trabaja actualmente, hizo una encendida defensa del libro, del que publicó un extenso y jugoso anticipo.
Puede que hoy, como tantas cosas en la experiencia vital, el retrato de los primeros meses de tensión forme parte de un proceso hacia una etapa superadora. Por lo pronto, en estos días Michelle Obama se esfuerza claramente como un amplificador de la presidencia de su marido y aparece comprometida con la campaña por la reelección. Algo en lo que ya tiene no pocos adeptos: el ex editor de The New York Times, Bill Keller está convencido (como tantos otros en este país) de que la eventual candidatura de Michelle a la vicepresidencia ayudaría más que ninguna otra cosa a la reelección de Obama..
® LA NACION