Por Daniel Pliner
Especial para LA NACION
Viernes 05 de agosto de 2011 | 00:58 (actualizado a las 00:57)
¿Bonafini metió la mano en la lata? ¿Fue simulada la agresión de Ricardo Fort a Flavio Mendoza?
¿Cuál fue la inflación del último año? ¿De quién son los hijos de Ernestina Herrera?
¿Qué se pone arriba de la cabeza Durán Barba? ¿Anduvo Duhalde agitando a las bases en los incidentes del Roca?
¿Las mellizas Xipolitakis son o se hacen? ¿Khadafi va ganando o perdiendo?
La humanidad ha vivido equivocada. Durante siglos fuimos arrastrados por la absurda lógica filosófica que presupone que la definición de un concepto exige la existencia de su opuesto.
Nada sería lo claro sin lo oscuro, ni lo leve sin lo pesado. De un tiempo a esta parte, desbocado en su creatividad sin límites, el país de la birome, el dulce de leche y el colectivo viene protagonizando una revolución que, créanme, acabará por modificar para siempre las anticuadas reglas del pensamiento.
¡Eureka! En la Argentina de hoy lo falso consigue sostenerse por sí mismo sin que sea necesario su par dicotómico: es decir, lo verdadero.
¿Qué tienen en común las preguntas del comienzo?
Que, muy probablemente, nunca tendremos las certezas suficientes como para despejar los signos de interrogación. A quién le importa. Mentir rinde, en cualquiera de sus formas: negar la verdad, eludirla, contarla a medias, sacarla de contexto, echar a rodar informaciones no comprobadas.
El universo de la mentira, como el de la ficción, es más confortable, atractivo y, sobre todo, eficiente: el personaje de Kirchner canchereando en Gran Cuñado, o el de De Narváez repitiendo 'alica-alicate' generaban más empatías y rechazos que los seres reales que representaban.
Hasta aquí, ninguna novedad. Los periodistas, los políticos, los vendedores ambulantes lo sabemos de sobra. La novedad, si realmente la hay, es que por estos días nos desgastamos en elegir mentiras mientras la verdad se devalúa más rápido que Julio Grondona.
Primero soy K, o anti K, o proto K, o post K. Después me hago eco, repito, festejo, me indigno, descalifico, denuncio las mentiras que mejor se adaptan a los anteojos que uso. En el mundo ideal del macaneo nado a mis anchas: refuerzo mi sentido de pertenencia, levanto mi autoestima, puedo prescindir de la autocrítica, amar a mis amigos y odiar a mis enemigos.
¿Cuáles son, si todavía existen, los nuevos 'criterios de verdad'?
Nunca fue más simple: ¿Quién lo dice? ¿Dónde lo dice? ¿Quién le paga? ¿De qué lado estaba cuando el genocidio del 76? ¿Dónde se puso cuando la 125?
La pregunta ausente: ¿será verdad? A quién le importa.
Un pequeño ejemplo para terminar. ¿A usted le parece, digo si sinceramente le parece que Zaffaroni a esta altura de su prestigio y su fortuna personal necesita, o encuentra algún tipo de placer perverso -y suicida- en regentear prostíbulos?
Que cada uno haga lo que quiera. Yo comenzaré por sacarme los anteojos, después aceptaré la posibilidad de que todos me estén mintiendo y, por fin, trataré de arribar a la verdad.
Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1395180-mentime-que-me-gusta