No hay dudas que el entorno modela a un ser humano. Los medios de comunicación ocupan un importante rol en este contexto que ejerce influencia a nivel social. En este marco, los canales oficiales, al igual que los de nivel privado, son formadores de opinión sobre el público que los mira.Pero, ¿cuál es la diferencia en este sentido entre los medios de comunicación públicos y privados en un sistema democrático?
El Lic Jorge J.Zaffore autor de “Medios Públicos: “Entre la mediocridad y la eficacia comunicativa en la sociedad mediática”, aclara este punto: “Hay que pensar los medios de comunicación públicos desde una totalidad, deberíamos incluirlos en toda la realidad mediática. Es decir, sería ingenuo pensar en los medios públicos fuera de la interacción de los medios comerciales y sus intereses respectivos. Pero, a su vez un canal oficial no debe poner lo mediático como su objetivo principal. Su objetivo es ser una “masa crítica” en el entorno comunicacional ¿Qué significa esto? Un canal público no tiene que ser el boletín oficial mediático de la actividad gubernamental o de la cultura oficial, cualquiera que ésta sea“.
Entonces, ¿cuál es la situación del canal público argentino en este sentido? “A lo largo de su historia Canal 7 ha sido un vehículo de propaganda o ha generado algunos negocios privados en detrimento del Estado- afirma Zaffore- ; pero más allá de la calidad de gestión de uno u otro director y del mérito de haber producido muchos programas memorables, nunca ha cumplido con su rol esencial: el de un servicio público de carácter universal que se proponga informar, educar, entretener y difundir la diversidad cultural del país al margen del interés privado. Así, el instrumento de comunicación audiovisual más poderoso de la época moderna , ha sido hasta ahora una herramienta cultural y social desperdiciada“.
Así, la tevé pública debería tener su foco en la educación. Aunque el nivel de audiencia y los acuerdos comerciales son de relevancia para todos los medios de comunicación, la particularidad de los canales subvencionados por el Estado es su libertad para transmitir contenidos culturales que le brindarán al espectador la posibilidad de conocer y aprender desde la pantalla chica.
En este sentido, un canal oficial no debería tener como objetivo principal la propaganda o un mensaje intencionadamente sesgado en los contenidos de su grilla de programación. El Lic. Raúl Trejo Delarbre, autor de “Diferencia y novedad de la televisión pública” e investigador del Instituto de Ciencias Sociales de la UNAM, Méjico, explica la importancia de la imparcialidad de la tevé pública: “El canal oficial no sólo es diferente a la televisión privada. También tendría que serlo respecto de la televisión de gobierno, la cual no es de carácter público. Los medios cuya orientación, estructura o programación se encuentran definidos por el gobierno, pueden llegar a cumplir funciones de servicio y a dar espacio a programas y producciones distintos a los que habitualmente encuentran cabida en los medios privados.
Es importante no confundir a los medios públicos con los medios gubernamentales. Los medios públicos tendrían que aspirar a estar a salvo de las tensiones del mercado, pero también de las presiones del Estado”. ¿Es imposible pensar un canal estatal que no se convierta en el arma mediática del Estado? Quizá Latinoamérica no sea el mejor ejemplo para refutar este interrogante.
En la Argentina, el horario central de la programación pública es ocupado por el ciclo ultra kirchnerista 678. El programa cuenta con una serie de panelistas e informes que se ocupan de legitimar a ultranza cada decisión gubernamental y deslegitimar tanto a la oposición o a los medios de comunicación críticos de la postura oficial.
Un encuentro significativo en el ciclo fue la visita de la ensayista y periodista, Beatriz Sarlo. Uno de los cruces entre la invitada y el panel exhiben qué sucede en el programa, cuando el descrédito a quien piensa distinto es una constante. El presidente de la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual, Gabriel Mariotto, increpó a Sarlo sugiriendo que cada una de sus opiniones eran pagadas por los medios para los que trabaja. “¿Las editoriales de Magneto son las que le dan letra a usted, o es usted las que le da letra” le preguntó refriéndose al CEO del diario Clarín, a lo que ella respondió enfática “A mi no me da letra nadie, no seas insolente”.
Una herramienta de descrédito tan corriente como infantil, invalidar al otro creyendo que la opinión no es propia porque no se parece a la nuestra. La intolerancia de los medios oficiales no sólo se refleja en sus voceros sino también en algunas acciones que el Estado ha ejecutado contra medios de comunicación como La Nación y Clarín, entre otros.
Pensar en un canal público cuya pantalla no sea panfletaria no debería ser una utopía de la tierra del nunca jamás. Pensar en una televisión estatal vinculada a la educación y a la cultura todavía tendría que ser el objetivo a perseguir, y así sí podrían ayudarnos a pensar y no a través de la intolerancia y el descrédito a quienes no dicen no piensan igual que un panel que se mira por tevé.
Eugenia Plano - www.vidapositiva.com