Por: Ramón Lobo
No son capas de una cebolla que impulsan una opinión pública paulatina, crítica y sólida. La información nos cae encima televisada, como una losa. Cada palabra que se pronuncia o escribe, cada decisión política publicitada, entierra a la anterior. No viajamos por el conocimiento, solo por el olvido.
El accidente de la central nuclear de Fukushima enterró a las víctimas del terremoto-tsunami; y a los supervivientes, sobre todo. Dejamos de interesarnos por las personas y empezamos a hablar de átomos. Todo Japón enterró a toda Libia, que a su vez había enterrado a Egipto, que a su vez enterró a Túnez.
Protegido por la negrura informativa, por la distracción de los líderes distraídos, Muamar el Gadafi movió tropas y mercenarios y conquistó bastión rebelde tras bastión rebelde. Y cuando bravateaba con entrar a sangre y fuego en Bengasi, la capital rebelde, el Consejo de Seguridad de la ONU -donde se sientan los seis de los principales vendedores de armas- llegó en auxilio de los casi derrotados. No con aviones ni helicópteros, que tendrán que esperar a que se desatasque la burocracia de cada uno, sino con leyes.
La Resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU establece los medios jurídicos necesarios para revertir la situación militar. Aunque se trata de un texto destinado a crear una zona de exclusión aérea sobre Libia, este va más lejos, y permite el uso de todos los medios (la fuerza) para proteger a la población. Prohíbe el envío de tropas de tierra y la partición del país. No es una resolución para derrocar a un dictador, es una resolución para que otros le derroquen.
Muamar el Gadafi ha tenido días y días. Días de terrorista, días de líder descarriado y reconducido y días de dictador inaceptable. Entre unos y otros, su intenveción estelar en la Asamblea General de septiembre de 2009.
Las resoluciones de la ONU son piezas diplomáticas. Sitúan sobre el tablero las opciones y el afectado decide hasta dónde quiere llegar. Israel, por ejemplo, conoce muy bien el sistema. Un problema clásico es el metalenguaje, que uno se crea que está jugando al ajedrez mientras el contrario saca cartas de póker. Los dictadores juegan casi siempre al póker. Es un juego a su medida en el que funciona el farol.
Slobodan Misolevic y sus amigos Radovan Karadzic y Ratko Mladic jugaron mucho de farol en Bosnia hasta que se dieron cuenta en Srebrenica (junio de 1995) de que la OTAN iba también de farol y sin cartas. Sadam Husein fue uno de los reyes del póker. En la guerra de 1991 ganó la partida pese a perder casi todas las fichas. Ahora Muamar el Gadafi está jugueteando con las suyas. No tiene nada, no más de una pareja de ases (petróleo), pero sí experiencia: 42 años en el trono.
El EEUU de Obama ha vuelto a dar una lección a Europa, como la dio Bill Clinton en Bosnia-Herzegovina y Kosovo. Los asuntos europeos los deben resolver los europeos. Entonces, como ahora, Europa, es decir, la UE, no ha sido capaz de tomar la iniciativa. Hay dependencia del liderazgo de Washington. Miedo a la soledad del mando. Europa dispone de Ejércitos y armas, pero carece de algo más importante: voluntad política de utilizarlas. Todos venden a sus opiniones públicas que están en Afganistan, pero la mayoría evita la guerra. Excepto británicos y canadienses, nadie pelea junto a los norteamericanos.
Además de las razones humanitarias, y de interés egoísta (inmigración), es posible que hayan pesado las cuestiones de protocolo: ¿qué cara poner ante las cámaras de televisión si Gadafi llega a aplastar la rebelión? ¿Seguiría siendo el malo oficial después del torrente de declaraciones que lo demonizaron en las útimas semanas? ¿Volveríamos a los triple mortales político-diplomáticos? ¿Otra mudanza de adjetivos por una indemnización?
La resolución cuenta con el apyo de la Liga Árabe (plagada de dictadores que aún llamamos presidentes) y de China y Rusia. Pero la partida aún no ha arrancado. Gadafi parece acabado, sin futuro, pero aún falta decidir lo esencial: el precio en vidas que cada uno está dispuesto a pagar.
Fuente: http://blogs.elpais.com