Eugenia Plano & Omar Romano
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23 de enero 2012
“Me despertaba sudando y lanzando golpes al aire. Corría hacia el medio de la cancha de fútbol, me sentaba en una piedra y empezaba a balancearme con los brazos abrazando mis rodillas. Trataba desesperadamente de pensar en mi niñez, pero no podía. Los recuerdos de los combates parecían formar una barrera que tenía que romper para poder pensar en cualquier momento anterior a la guerra. En esas mañanas, sentía que alguien del personal me envolvía con una frazada, diciéndome “No es tu culpa. Lo sabes. Realmente no lo es. Ya se te pasará”. Parece ficción, pero es parte de la biografía de quien no conoció la niñez y padeció el infierno.
Su nombre es Ishmael Beah nació en 1980, en Sierra Leona. Cuando tan sólo tenía 12 años perdió a toda su familia en la guerra civil que atravesaba a su país. A sólo un año de haber perdido toda su historia, fue enrolado en el ejército y forzado a matar. Era sometido a estricto régimen en el cuál lo obligaron a consumir drogas para mantenerlo fuerte y disciplinado.
El horror terminó a los 15 años y por entonces comenzaron los estigmas de aquel infierno. Cuando fue rescatado de la guerra, tuvo que ser internado en un centro de rehabilitación y la memoria no lo dejaba todavía, recuperarse: “Siempre que abría la llave del agua, todo lo que veía era sangre fluyendo. Me quedaba mirándola hasta ver que era agua, antes de beberla o tomar una ducha”.
Hoy la historia de Ishmael Beah es la de un superviviente. Un adulto que supo resignificar su tragedia en ayudar y luchar para que miles de niños no sean sometidos al horror de la guerra. Se ha convertido en un gran escritor con el fin de contarle al mundo su historia, y reivindicar así, que ningún menor de edad debe ser sometido a la muerte propia ni ajena.
La lucha de Beah recién comienza. El mundo se jacta de avances en muchos sentidos, pero todavía no se pudo desterrar el crimen más atroz, someter a niños y niñas al horror de la guerra. En la actualidad se calcula que 300 mil chicos son obligados a combatir en 40 conflictos a lo largo y ancho del planeta.
La biografía de Beah forma parte de la de miles de chicos desterrados de su infancia y obligados a convertirse en instrumento de la violencia y los intereses del poder.
¿Cómo comenzó la historia de Beah y la de estos miles de chicos? Su situación era idéntica a la des sus compañeros, todos eran huérfanos. El ejército rebelde, conocido como el Frente Unido Revolucionario (FUR), atacó el sur de Perú, y los niños quedaron solos. Esta situación los convirtió en rehenes del Ejército de Sierra Leona, dónde a cada menor de edad se le puso un arma en la mano a la fuerza y se le entrenó para matar.
“En nuestra cultura, ser parte de la comunidad es muy importante, y tener una familia es fundamental. Cuando yo perdí a la mía, el ejército se convirtió en mi nueva familia. El comandante –un tipo violento que leía a Shakespeare– era la figura paterna, y los otros niños soldados, mis hermanos. Nos dieron un rifle y nos enseñaron a luchar. Por eso, cuando Unicef me sacó de allí, me resistí. Se crean relaciones muy fuertes en ese contexto”, relata Ishmael en una entrevista al diario El País relatando el nivel de deshumanización que generó en los niños esta circunstancia.
Ellos eran un instrumento, y el nivel de funcionalidad alcanzó niveles de gran atrocidad. Marihuana, cocaína y brown brown (una fusión entre cocaína y pólvora) eran el cóctel que los chicos consumían todos los días forzados por sus superiores. La idea era alienarlos, provocarles la absoluta indiferencia ante matar o morir.
La primera batalla de estos niños sucedió en 1994. Beah relata que en aquella ocasión empezó a surtir efecto la coacción siniestra de sus superiores, comenzó a pensar, a creer, a sentir la guerra: “Mi rostro, mis manos, mi camisa y mi arma estaban cubiertos de sangre. Levanté el arma, jalé el disparador y maté a un hombre. Repentinamente, toda la muerte que había observado desde que fui tocado por la guerra se me apareció en la cabeza. Cada vez que dejaba de disparar para cambiar de cacerinas y ver a mis dos amigos sin vida, apuntaba furioso mi arma hacia el pantano y mataba a más gente. Disparaba contra todo lo que se movía hasta que se nos ordenó retirarnos porque necesitábamos otro plan“.
Tras esta primera batalla, comenzaron a incursionar en los campos rebeldes, cuando se acababan los suministros. Los superiores les decían a los niños, que todo lo del enemigo en realidad les pertenecía y había que tomarlo sin medir ninguna consecuencia. Parte de su día a día, eran los discursos de adoctrinamiento que tenían como fin disciplinar a los chicos en la “labor de defender al país”. Uno de los argumentos más siniestros consistía en hablarles a los pequeños soldados de lo fundamental que era la ingesta de drogas para lograr el objetivo.
Su rutina durante años fue relatada por Beah: “Caminábamos durante largas horas y nos deteníamos sólo para comer sardinas y carne hervida con gari, para inhalar brown brown y tomar más cápsulas blancas. La combinación de esas drogas nos ponía feroces. La idea de la muerte no cruzaba por mi mente y matar se me había hecho tan fácil como beber agua. Después de la primera muerte, mi mente había dejado de registrar el remordimiento, o por lo menos así me parecía“.
La historia para algunos niños cambió en 1996. En enero de ese año llegó un camión a la aldea, y de allí bajaron cuatro hombres vestidos con bluyines claros y camisetas blancas que decían “Unicef”. Entonces, el teniente seleccionó a unos pocos de los chicos y pidió a los soldados adultos que nos quitaran las armas y munición.
Estos niños fueron conducidos al camión, no sin previa resistencia. El adoctrinamiento había calado hondo, creían férreamente que abandonaban la lucha por su patria.
Unicef los sacó de la guerra y los trasladó a un centro de rehabilitación en Freetown. Beah relata que allí conoció a otros jóvenes que habían combatido en el bando contrario.“Esa parte es muy dura. Yo era muy violento con todos los que habían luchado con los rebeldes. Pero entendí que la retórica de la guerra era la misma en todos los bandos. A nosotros nos lavaban el cerebro y nos decían que ellos habían matado a nuestras familias, y a ellos les contaban lo mismo. En el proceso de vengarnos unos de otros, todos matábamos gente en una cadena de violencia sin fin. Y despertar y darte cuenta de lo que has hecho es muy duro”, recuerda.
Esta historia no es parte del pasado, es el presente de miles de niños, que viven la más pura deshumanización. Están atravesados por el odio, el juego de intereses y la desidia de un puñado de adultos para los cuáles la muerte de menores de edad es sólo un instrumento para su codicia.
Hasta que exista un solo niño que esté signado por la muerte, el mundo no ha evolucionado.
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