Por Silvia Pisani
La vieja película con la que se consagró Sidney Poitiers contaba la historia de un ingeniero desempleado que, para sobrevivir, acepta temporalmente un empleo como maestro en una escuela difícil, donde los profesores están hartos de alumnos insolentes a los que, en el fondo, temen. Chicos que se creen valientes y que, sin saberlo, con cada bravuconada, cavan más en la fosa de perdedor.
Aquella escuela de pantalla a la que llegaba un profesor capaz de tocar el alma de esos chicos bravos quedaba en el sur de Londres. Esta de la que les hablo ahora, es de verdad. Y queda en el sur de Memphis, a muy pocas cuadras del sitio donde, en 1968, fue asesinado Martin Luther King.
Se llama Booker Washington High School y tiene una historia parecida a la de muchos colegios. Fue fundada hace más de 100 años y en su momento ganó fama como una de las más abiertas para la población negra. Con los años, el barrio y su gente se deterioraron.
El colegio decayó con ellos: hubo alumnos devenidos en pequeños delincuentes, abundaron los casos de embarazos en pleno comienzo de secundaria y el afán por graduarse y obtener buenas notas poco menos que desapareció. Se perdió el interés y el sentido. La escuela se redujo a una fábrica de repetidores y fracasados donde poco importaba.
Hace unos años llegó allí como directora una mujer llamada Alisha Kiner. Su destino parecía un castigo: nadie quería ir a trabajar a la Booker. Ella, en cambio, lo tomó con ganas e hizo lo que nadie esperaba: puso orden, alentó a profesores y alumnos y, sobre todo, se esforzó por generar un ambiente familiar en la escuela.
“Un sitio con calor familiar”, que es lo que muchos chicos no tienen. Cariño, atención, interés.
Se le ocurrió, también, inscribir a la escuela en un certamen de calidad académica instaurado por el presidente Barack Obama -“Race to the Top”, (Carrera hacia la cumbre) que promete a la escuela que consiga mejores resultados la recompensa de una visita presidencial. La idea de participar era poco menos que una locura para la Booker High School.
Esta semana, los chicos tuvieron la sorpresa de que Obama estuviera allí para saludarlos en su graduación. “Ustedes nos llenan de orgullo, nos inspiran”, les dijo. Algunas chicas lloraban. En su vida soñaron tener ese nivel de atención. Fue conmovedor.
En medio hubo el trabajo esforzado de muchos días y al aliento permanente de una buena directora –una auténtica líder- convencida de que el cambio era posible y de que el fracaso no es una condena permanente. Los chicos ganaron en buena ley: en dos años, la escuela mejoró notablemente sus índices de graduación y su promedio de calificaciones.
Obama tuvo una buena idea: alentar el estudio con gestos concretos. Logró la participación de profesores y con eso, los chicos respondieron. Juntos, lograron una auténtica cadena de felicidad.
Un milagro chiquito en la tierra donde nadie esperaba nada. Un instante de esos que no se olvidan y que dejan su luz por toda una vida. Una historia de película, hecha con la ha harina de todos los días.
Silvia Pisani - EEUU