Pero unas van de cal y otras van de arena. Esa misma ubicación geográfica nos coloca en la ruta de los huracanes que año tras año recorren la zona.
La fragilidad de la economía dominicana ante los ciclones es inmensa. La mayoría de nuestra población habita en viviendas susceptibles de ser gravemente dañadas por los vientos de un huracán. En nuestras ciudades, el desorden que impera en cuanto a construcciones ilegales ha creado cinturones de casas en áreas inundables, que cada vez que hay un peligro tienen que ser evacuadas, a lo que se resisten sus pobladores, quienes no quieren perder sus escasas pertenencias.
Las redes eléctricas son aéreas, no soterradas, propensas a ser inhabilitadas por la caída de árboles y daños a transformadores. Lo mismo ocurre con gran parte de las redes telefónicas, de cable y de internet. El transporte por calles y carreteras, que aún con una lluvia moderada se dificulta, es víctima de la carencia de drenajes pluviales, la dependencia de filtrantes y la falta absoluta de planificación en cuanto al curso natural de las aguas como criterio para el diseño de urbanizaciones.
El suministro de agua, ya de por sí precario en épocas normales, no resiste las lluvias excesivas, lo que implica que hay escasez tanto cuando llueve como cuando no llueve. Y, encima de todo eso, no tenemos seguros contra huracanes. Los consideramos costosos e innecesarios. Nos agrada pronosticar que la economía crecerá en tanto o más cuanto. No nos interesa calcular lo que los huracanes, según su categoría, harían bajar el PIB.
De Gustavo Volmar - DIARIO LIBRE
Gentileza, Dr. Jorge Alfredo Elias (Rep. Dominicana)