Eugenia Plano
www.vidapositiva.com
Woody Allen le ha ofrecido a su audiencia el amor épico por Nueva York en 'Manhattan', la obsesión histérica por un amor en 'Annie Hall' , la posibilidad de escapar de la opresiva realidad cotidiana en 'La rosa púrpura del Cairo' o las desventuras de un intelectual en 'Los secretos de Harry', esta vez en Medianoche en París, el legendario director le propone al espectador encontrar el sentido de la ilusión.
'La melancolía es la negación del presente', afirma contundente uno de los personajes al protagonista, Gil Pender (Owen Wilson) quien tiene una obsesión permanente, con un pasado que nunca vivió. Él aborrece su presente, se considera un mediocre escritor de guiones para la gran industria hollywoodense, y aspira a convertirse en escritor. Intenta ser un autor, como pretende, y ha finalizado una novela, sobre la cual tiene bajas expectativas. Hasta ahora, un Woody Allen clásico, negativo, insatisfecho, melancólico e inconformista.
Pero en Medianoche en París, la esperanza se asoma desde el pasado para construir el presente y lejos de la negación, se resignifica el ayer como aquella ilusión que da sentido a la trayectoria humana. Allen eligió quizá el mejor escenario posible: París. La película es una declaración de amor a una ciudad en la que la magia y el milagro parecen posibles.
El protagonista intenta fugarse de la opresión de un presente que no sólo está definido por su insatisfacción laboral sino también por una vida personal que le depara un matrimonio con una mujer obsesionada por ser políticamente correcta, suegros que lo desprecian y una pareja de amigos cuyo pseudo intelectualidad resulta tan aburrida como pedante. Todo su entorno lo subestima permanentemente, y lo insta a olvidarse de su obsesión melancólica por aquellos años dorados del París del ´20.
Gil Pender ha idealizado a sus héroes literarios, protagonistas de la edad dorada en la ciudad de la luz. Y la magia sucede. Tras una tediosa cena con sus suegros, decide perderse por las calles de la ciudad. Sentado en una de las escalinatas del Sena, cuando dan las doce, se detiene un viejo Peugeot y el mismísimo Scott Fitzgerald y su esposa Zelda lo invitan a una fiesta en honor a Jean Cocteau. Tan desconcertado como exultante, el escritor da cuenta de cómo la nostalgia de lo que nunca ha vivido toma cuerpo y alma en París.
A esa mágica noche, se le sucederán muchas más en las que tendrá jugosas charlas con Ernest Hemingway, divagará con Salvador Dalí, le propondrá un guión a Luis Buñel, conseguirá que Gertrude Stein lea su libro y se lo corrija y le contará su pasión por la intelectualidad de la época a T. S Elliot. También, se enamorará. En una fiesta conoce a Adriana, musa de Pablo Picasso y Modigliani y discípula de Coco Chanel. La empatía entre ellos es inmediata, padecen el mismo sentimiento, el tedio del presente y el deseo en el pasado.
Aunque Adriana vive en la época que Gil idealiza, ella la aborrece y le hubiera gustado habitar la belle époque. 'Esa sí era una París en la que la belleza y la diversión estaba en su esplendor', y en ese decir nuestro protagonista discute acerca de cómo no puede valorar su presente.
Es que así es el presente, tiene mala prensa. Lo cotidiano es corriente, carece de brillo y originalidad. El prestigio lo da la historia, señala cuáles son aquellos momentos que merecen su magia. El hoy está sucediendo, no tiene juez y es temprano para dictar sentencia. Es fácil admirar el pasado, ya ha sucedido.
Es ese refugio para resguardarse cuando el hoy oprime. Es la nostalgia de un sueño que han vivido otros, en un presente que ellos tampoco han valorado, también soñaban con su propio ayer. El sentido de una ilusión tiene pasado pero está en el presente.
Así, en la idealización de un sueño, de una época o de un pasado; puede suceder la esperanza y poner el presente a la obra. Se encuentra esa lucidez, que emerge de la fantasía de concretar una ilusión. La nostalgia es el puente para tomar coraje. Así, sucede en Medianoche en París, una ciudad y una generación de artistas brillantes, son el ayer que el protagonista toma para despertar el hoy.
'Un artista es quien le da belleza y esperanza al sinsentido de la existencia' dice Gertrude Stein como un consejo inolvidable para el aspirante a escritor. Lejos de los estereotipos de la intelectualidad o el sarcasmo sobre la vida cotidiana, en esta oportunidad Woody Allen ha contado cómo se construye el sentido de la ilusión en una París que ilumina el pasado y el presente.
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