Desde Washington, Silvia Pisani
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Seguir pasando páginas en el libro de la vida en vez de darle, una y otra vez, al capítulo conocido. De eso hubo una lección de lujo, esta semana, en los Estados Unidos. La semana en la que se fue Oprah.
A sus 57 años, Oprah Winfrey es la mujer más influyente en los Estados Unidos. Llegó a esa posición cuando nada hacía presagiarlo: es negra, creció en un hogar difícil; acosada privaciones y abusos, lo tenía todo en contra. Tanto, que podría haber elegido el camino fácil y terminar mal.
Sin embargo, encarnó una resonante historia de transformación personal. Desde la nada, creció hasta convertirse en heroína de la televisión de este país, para revolucionarla con su show intimista; al extremo que ex presidentes y aspirantes a serlo –Barack Obama entre ello- buscaron su bendición.
Cumplió 25 temporadas en el aire; hizo 4551 shows (con el apoyo de un equipo de producción de más de 400 personas) ganó 48 premios Emmy, y tuvo a más de 30.000 personas como invitados en sus programas, vistos por millones de personas dentro y fuera del país.
Oprah es la encarnación del éxito. Pero, hace 18 meses, anunció que se iría, que renunciaría al programa. Que era hora de cambiar. Esta semana lo cumplió. Se fue, con honores dignos de presidenta, para iniciar otra etapa empresarial, llena de incertidumbres.
“No desparezco, sólo cambio” dijo en el programa final, en el que no se cansó de dar gracias y de recomendar a sus fans que hagan su mejor camino. “Conecten, abracen, libérense, amen a alguien –sólo a una persona y, a partir de ella, extiendan ese amor a otros”, dijo, en el momento de despedirse.
Dejó el éxito seguro para abrazar la inseguridad de lo desconocido. Dice que se siente viva. Que tiene muchas ganas de lo que vendrá. De esa segunda mejor vida que, está convencida, se gana si uno la busca. Esa fue su despedida. Su paso a otra vida, desconocida.
Silvia Pisani