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Política [1/2/2012]
Cuando la economía se encoge crecen los enemigos
Cristina Kirchner oye una sola campana, las de sus funcionarios, y con ese repiqueteo ordena sus discursos
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Por Joaquín Morales Solá | LA NACION

Miércoles 01 de febrero de 2012 | Publicado en edición impresa

Hugo Moyano y la familia Eskenazi se han visto, seguramente, pocas veces en la vida. El dirigente gremial y esos empresarios son ahora, sin embargo, víctimas de la misma mutación: están siendo odiados por quienes antes los amaban. ¿Cambiaron ellos? ¿Hicieron algo nuevo y sorpresivo? No, al menos a simple vista. Cambiaron, en contraste, los objetivos del Gobierno y los protagonistas centrales y decisivos de la administración. Lo que antes era necesario ya no lo es ahora. Las prioridades son otras, además, cuando la economía parece entumecerse, extenuada por la larga juerga de los últimos años.

Moyano fue imprescindible para el kirchnerismo. El jefe de uno de los sindicatos más poderosos le dio el apoyo popular (y de poder) que las urnas le retacearon al mandato inicial de Néstor Kirchner. Luego, se convirtió en un aliado indispensable para el primer mandato de Cristina Kirchner, que incluyó la corrosiva contienda con el campo. Moyano formó parte de las soluciones a esos conflictos políticos, pero ahora parece formar parte del problema.

Escasean las buenas noticias económicas. Los atriles presidenciales de otrora, llenos de regalos como árboles navideños, se transformaron en escuetos comunicados de ajustes sobre ajustes. Tarifas, precios, impuestos. Todo sube o subirá. La inflación, alta de antemano, acecha entre tantos aumentos actuales. Merma la demanda de empleo, sobre todo en la industria. Según un estudio del economista José Luis Espert, la desocupación actual ronda el 11 por ciento, muy lejos del 6,7 por ciento anunciado por la Presidenta.

La única solución que encontraron los gobernantes para frenar una escalada inflacionaria es la de moderar los aumentos salariales de este año. Proyectan un porcentaje promedio de subas de salarios por debajo de la inflación por primera vez en los años kirchneristas. Moyano es parte de ese problema, porque el jefe cegetista ya comunicó que no aceptará esa política. Inflación de supermercado. Ese es el medidor de Moyano. Es, también, la diagonal que encontró para decir que no le cree al Indec ni a las propuestas salariales del Gobierno.

La pérdida de influencia de Julio De Vido significó también para Moyano la desaparición del último interlocutor confiable que tenía en la administración desde la muerte de Néstor Kirchner. Ya no tiene a nadie a quien quejarse o con quien acordar. Para peor, el influyente Máximo Kirchner lo combate al líder de los camioneros desde los tiempos en que su padre era presidente. Cristina Kirchner cree, a su vez, que la victoria electoral es suficiente para llevar adelante un gobierno personal. El día a día de una administración, cohabitando con los sectores sociales, le es absolutamente ajeno a su cosmovisión política. Encima, Moyano nunca fue un aliado fácil, ni siquiera cuando entraba al despacho presidencial sin golpear la puerta. La colisión estaba anunciada entre tantas contradicciones. Faltaba que sucediera. Sucedió.

Cambios

La familia Eskenazi pasó a integrar, en el nuevo campo de batalla, el bando de los adversarios junto con los españoles de Repsol. La incorporación de los Eskenazi a la propiedad de YPF fue una solución acordada con Néstor Kirchner, cuando el gobierno kirchnerista se preocupaba por la oferta de energía. La energía ya no es una prioridad, aunque su escasez es creciente. Los dólares tienen ahora la primacía. No podría ser casual que el disparo de largada del conflicto haya sido, precisamente, la decisión de los Eskenazi de votar junto con los españoles para que se repartieran las ganancias de YPF entre sus dueños. El representante del Estado votó en contra, sorpresivamente. Los Eskenazi no tenían alternativa: su compromiso, avalado en su momento por el gobierno del ex presidente muerto, consiste en pagarle a Repsol con sus dividendos la compra de acciones de YPF.

El conflicto existía desde antes. Ya en los últimos meses del año pasado Cristina Kirchner había hecho en Olivos una evidente diferencia en el trato con Sebastián Eskenazi, el CEO de YPF, en favor entonces del banquero Jorge Brito. Fría con Eskenazi, cálida con Brito. Después, cuando comprar dólares se convirtió en otro delito de traición a la patria, Brito cayó también en desgracia por hacer lo que hacen todos los banqueros. Repartir ganancias en dólares (gran parte de las cuales, las de Repsol, fueron giradas al exterior) también es ahora una deserción a la patria.

Inversiones

Es cierto que hay un problema de inversión en el sector energético, pero no es menos cierto que es una consecuencia de las políticas populistas del oficialismo. Las petroleras con pozos gasíferos en la Argentina perciben sólo una quinta parte del precio que el Estado paga por el gas importado. Varias empresas productoras de gas se han ido del país en los últimos años. Repsol y los Eskenazi deben cumplir ahora el papel de culpables, que el Gobierno no asumirá nunca, por la decadencia energética argentina.

Cristina Kirchner oye una sola campana, las de sus funcionarios, y con ese repiqueteo ordena sus discursos. Ha llegado muy lejos en los últimos tiempos, cuando se refirió a los españoles recordándoles las épocas del virreinato. En tales párrafos se pareció más a Evo Morales que a su marido. Esos perdigones verbales llegaron a Madrid. 'Estamos dispuestos a discutir los problemas de ahora y del futuro, pero no la historia de hace 500 años', dijeron en la capital española. Las escaramuzas con los empresarios españoles (y, por lo tanto, con el gobierno español y con su monarquía) explican también por qué Carlos Bettini, el embajador argentino en Madrid y amigo personal de la Presidenta, no está en el nuevo gobierno de Cristina Kirchner, contra todos los pronósticos. Bettini no suscribiría nunca ni las políticas ni las palabras de su vieja amiga.

Patrullas kirchneristas dormidas de las estatizaciones se han despertado de pronto. El Gobierno calló cuando se conoció la noticia de que estaría estudiando la nacionalización y estatización de YPF. Tal vez se trate del conocido método de presión del kirchnerismo; tal vez, no. Sea como sea, la producción energética no mejorará si la controla el Estado argentino, como no mejoró ninguna empresa estatizada durante el kirchnerismo. Una sola cosa sería distinta para el gobierno. YPF es la principal empresa del país y, por lo tanto, la que más factura, ya sea en pesos o en dólares. El círculo se vuelve a cerrar: lo que importa ahora son los dólares que faltan en una economía que se encoge..

LA NACION



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