Por Daniel Arcucci / Enviado especial
28 de Mayo de 2011 - 17:36
LONDRES.- 'Maravillosa tiranía la suya porque solo busca disfrutar y hacer disfrutar. Todo empieza y acaba con el balón. El objetivo: cómo atacar bien para defender mejor. Siempre con el balón. Y, si es posible, con el máximo de jugadores de la casa. Este es el gran éxito del Barça, su filosofía. Sabe a qué quiere jugar, con quién quiere hacerlo y qué le gusta a los suyos'.
Ante un acontecimiento de la dimensión de la Champions League, un equipo de la envergadura de Barcelona y un jugador de la trascendencia de Messi, más vale empezar por una definición de alguien que esté a la altura. Y quien escribió aquello antes de que en Wembley sucediera lo que sucedió fue nada menos que Johan Cruyff.
Y, lo más valioso, fue que lo hizo antes de que ese equipo y ese jugador concretaran la faena de destrozar al Manchester United con un 3 a 1 que ni siquiera alcanza para reflejar la diferencia.
Que quede claro: no es que Barcelona no juegue contra nadie, como despectivamente suele decirse en la banalización del debate futbolero: es que Barcelona condiciona tácticamente y destroza anímicamente a sus rivales de una manera tal que los termina reduciendo a su mínima expresión. Aunque sea el Manchester United.
Era esta, tal como tituló The Guardian, 'La final de todos los tiempos'. Y terminó consagrando a un equipo que está llamado a ser de todos los tiempos. Se supera a sí mismo -este de 2011 es mejor que aquel de 2009- y supera a otros de su especie: con el permiso del mismo Cruyff, está en condiciones de disputarle el podio al Dream Team de los 90.
Los fantasmas de Roma se posaron sobre Wembley apenas empezó el partido y parecieron aletear alrededor de Pep Guardiola, que en la vigilia de la final había alertado: 'Si jugamos como aquella vez, seguramente perderemos'. En los primeros diez minutos del encuentro, sus palabras tuvieron la fuerza de una profecía. Un Manchester United dominante y agresivo le hacía honor a los nombres que había puesto en cancha -Valencia y Park por afuera, Giggs con Carrick por adentro, Chicharito y Rooney muy cerca del área- y obligaban al conjunto que más quiere la pelota a perderla demasiado rápido. Pressing contra imprecisión. Aquella vez, esa historia duró 10 minutos, hasta que llegó el gol de Eto'o. Esta vez, a los 10 minutos con 19 segundos, se produjo la primera llegada, con una combinación entre Messi y Villa. Pero no fue gol.
Sobre el cuarto de hora, Guardiola estaba por primera vez fuera de su banco, inquieto. Fue casi una señal: la impaciencia no juega contra los suyos, que empezaron a revertir la tendencia, demostrando la madurez, la mejora de lo mejor.
Enseguida, una combinación entre Villa, Xavi y Pedro, provocó la llegada más clara. Enseguida, la electricidad de Messi circuló por la cancha y llegó a las tribunas. Park, pobre, que le pasó cerca la sintió más que nadie, justo antes de que el 10 asistiera a Villa, en otra aproximación.
Enseguida, entonces, por decantación, después de que Iniesta hiciera lo suyo, que todos se pasaran la pelota -desde Valdez hasta Villa, como si se tratara de una religión- llegó el gol: genialidad de Xavi, definición de Pedro, todo antes de la media hora. El efecto Roma había demorado sólo unos minutos y en el resultado. En el juego, sólo había indicios de superación de todo aquello. Ni siquiera el empate de Wayne Rooney -inesperado y contaminado por la mínima posición adelantada de Giggs- logró revertir la historia. Ya no había paridad entre aquellos equipos aunque se fueran al descanso igualados en uno.
Lo que vino después fue una simple confirmación de grandeza.
Tan grande es este Barcelona que es capaz de hacer sentir a Messi como uno más, cuando en realidad no lo es. 'Leo siempre aparece en los partidos importantes, estoy seguro de que esta vez no va a ser la excepción' , había dicho Carles Puyol en la anteanoche de los presagios. Y no falló: a los 8 minutos del segundo tiempo, la pesadilla de Ferguson, de Vidic, de Ferdinand y de todos los que se crucen en su camino, se hizo realidad: con un remate desde afuera, aprovechando la mala posición de Van der Sar, Messi quebró el resultado. El partido ya lo estaba, pero lo necesitaba. ¿Habrá sido por eso que lo festejó cómo lo festejó? Messi jugó como siempre y festejó como nunca su gol número 12 en la Liga de Campeones -goleador récord-, su gol en Inglaterra -que le faltaba-, su gol número 53 en 55 partidos de la temporada que acaba de cerrarse -¿qué más?-, aunque a la hora de explicarlo fue menos contundente fuera de la cancha que dentro de ella, como siempre: 'Estoy contento por el gol, es lindo, pero es lo de menos; el equipo hizo un partidazo', dijo, apenas, como si su grito hubiera sido igual que el de Villa, que cerró la historia del 3 a 1, tras una jugada maravillosa suya, que sólo se ensució un poco.
Tan grande es este Barcelona que, con el partido así, Guardiola le seguía reclamando que se fueran para arriba. ¿Cuánto más arriba puede ir?
Tan grande es este Barcelona que el entrenador se permite los 'cambios homenaje': el canterano Sergi contra las declaraciones altaneras de Mourinho; el milagrosamente recuperado Abidal en el último duelo con el Madrid; Carles Puyol ahora, cuando por estar tocado no pudo ser titular, y Pep lo premió con unos minutos que le garantizaron lograr su tercera orejona en cancha. No la levantó él, eso no, aun siendo histórico capitán: la cinta y el honor se lo dieron a Eric Abidal, la nota más emotiva de un equipo que emociona.
Señores, en Wembley, contra Manchester United, en la final de todos los tiempos, una clase de fútbol la de Barcelona. Dicho esto en varias de las acepciones posibles de la palabra: cuando se dice una clase, se dice una lección y se dice un estilo.
Que lo diga Cruyff, como lo escribió antes del partido, con más autoridad que nadie: 'Decía Pep Guardiola el otro día que nunca podrían igualar al Dream Team. Por más que ganen. Nosotros fuimos los pioneros, rompimos barreras. Decía que nada puede igualar eso. Ahora las comparaciones serán habituales. Casi una presión añadida, cuando la realidad es otra. Y muy edificante. Aquí no se trata de decidir quién fue mejor que el otro, sino de sentirse orgulloso de una larga época de éxitos siguiendo una misma idea de entender el fútbol'.
Fuente: http://www.canchallena.com/