Silvia Pisani
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(En twitter, @Silvia Pisani1)
11/09/11 - Hace diez años, fue la maldad bien calculada. Un insuperable guión para el terror: rascacielos que se derrumban merced ataque de aviones civiles, llenos de pasajeros y secuestrados unos minutos antes. Tres mil personas muertas en dos horas, mientras el mundo miraba por televisión. Todo, en nombre de la justicia y de Dios.
No lo sabíamos todavía pero, ese mismo día, la década se abrió, también, a una lotería de terror que, en otros rincones del planeta, intentó reeditar, en su propia escala, el modelo de la maldad sincronizada. Fueron, entonces, las “mochilas bomba” en los trenes de Madrid, tres años después de las Torres, y murieron 191 personas.
Un año más tarde, el ataque se repitió en la red de transporte de Londres. Subterráneo y autobús al mismo tiempo: murieron 54 personas.
Diez años más tarde, en el recuerdo de esos días aparecen, también, el heroísmo y la compasión que emergieron entre las grietas de la maldad y, como la hiedra, terminaron opacándola con su verde.
Del Madrid de Marzo de 2004 no sólo recuerdo los estallidos de Atocha. Me acuerdo también de la cantidad de españoles que, solos, sin que nadie les dijera nada, formaron fila frente a los hospitales para extender el brazo y donar sangre. Una enorme hilera humana para donar vida donde se la había quitado. Fue un enorme abrazo de hombres y mujeres con el corazón partido que se formó en el acto. Inagotable.
Me acuerdo también del taxista que no quiso cobrar cuando oyó la dirección del pabellón de Madrid donde funcionaba la morgue colectiva en que los familiares identificaban a sus afectos con lo que hubiese quedado de ellos –un aro, un tatuaje- y la ayuda del laboratorio.
_No soy familiar, soy periodista, le dije.
_No cobro a quienes vienen aquí, insistió él. Y no hubo manera.
Le acepté el gesto. Entendí que ése era el alivio que ese hombre al volante quería donar ante tanta pena. El único que estaba a su mano y no lo olvidé.
Del Londres aterrorizado en 2005 recuerdo a un puñado de jóvenes violinistas que tocaba el tema de la película “La lista de Schindler” en la estación, apenas se reabrió el servicio de subte. Lo hacían con dulzura infinita, como una caricia para el duelo colectivo.
Recuerdo el gesto de negación que, arco en mano y mentón en madera, me hizo uno de ellos cuando, con un ademán, indiqué que no encontraba la “gorra” para dejar mi pago. No había gorra. Era su forma de abrazar el dolor ajeno. Se repetía, en otra tierra y en otra lengua, el deseo de aquel taxista de aportar algo de respiro –lo que se pudiera- al ahogo colectivo. La misma fuerza compasiva.
Recuerdo a los clérigos y a los psicólogos que pusieron oreja y corazón. A los médicos, a los bomberos. Recuerdo el gesto espontáneo de los madrileños que colgaron un lazo negro en las calles y en las lunetas de sus autos.
Recuerdo la solidaridad de tantos donde tanta maldad se puso. Diez años después, esas personales formas de generosidad disputan, en su pequeñez, el recuerdo de aquellos días de barbarie.
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