En silencio, pero siempre en estado de alerta, esos seres fueron creados y dotados de un espíritu muy especial. Duermen y en su descanso sueñan, ensueñan, lloran y sufren, pero también ríen y saben disfrutar en su intimidad las satisfacciones que les otorga la sublime nobleza de su vocación. Su caminar es rápido, afanoso, calculado y prudente, mientras que su mente, capacitada para el estudio y la experiencia, sabe funcionar cuando el tiempo apremia y cuando su presencia es indispensable para llevar alivio al que sufre los dolores del cuerpo y del alma.
Están siempre al pie de la cama, esa superficie mullida que comparte la intimidad orgánica y psicológica del ser humano, y que cuando se sufre, allí esta un ángel guardián para enjugar los sudores de los cuerpos y consolar las penas de las almas.
Esos ángeles guardianes fueron puestos sobre la tierra para ganarse un lugar allá, en ese espacio escatológico donde los mortales se vuelven inmortales y el espíritu se convierte en infinito; donde la bondad y el amor se manifiestan en lo sublime. Yo los he visto trabajar. Nadie cree en ellos hasta que los necesitan.
Nadie les agradece en todo lo que vale sus desvelos ni su entrega total a su vocación. Se comunican siempre en voz baja y cuando existen voces indeseables que perturben su lugar de trabajo, ejercen su autoridad con el dedo en los labios imponiendo silencio. Su indumentaria es sencilla y cómoda. No usan afeites ni perfumes y el aroma que despiden a su paso es el más fino y exquisito: el que no huele a nada. Muchos años conviví muy cerca de esos seres especiales.
Estaban siempre alerta aun en esas madrugadas donde la fatiga domina al cuerpo. Recuerdo a uno de esos ángeles en forma muy particular. Fue en el año 1965 cuando estaba realizando mi internado rotatorio de pregrado en el hospital general. Esos incipientes años donde el uniforme blanco se lleva con orgullo insano y se padece de la soberbia de creer que se sabe más que la generalidad. Pues bien, ese ángel se llamaba Sofía.
Era de mediana estatura, complexión robusta y de unos 50 años de edad. Su voz era suave, casi imperceptible pero con un tono tranquilo, casi sumiso y melancólico que la hacia pasar desapercibida aun cuando era la jefa de enfermeras de la unidad de terapia intensiva.
El primer contacto que tuve con ella fue desastroso para mi ego. Se acercó a mi y con voz tranquila pero con autoridad me dijo. ---- Doctor.... Necesito que laves ese instrumental y cuando termines aplica una sonda de Foley al paciente Adán Flores. No pude comprender como una enfermera me estaba dando ordenes para realizar una actividad que le correspondía a ella y me atreví a responder. ---- Estoy ocupado y esa no es mi responsabilidad.
Además...¡Quien es Adán Flores?. Me miró con la misma mirada que imagino pueda mirar un ángel, luego, esbozó una sonrisa y se sentó junto a mi para tomar con suavidad mi brazo y me dijo en tono por demás afable. ---- Hijo..... Aun no eres médico y ya quieres comportarte como si lo fueras. Estas aquí para aprender y no para enseñar.
Mientras estés en ésta unidad tienes que hacer un voto de obediencia y de humildad, pues el de castidad es cosa tuya. Si te sientes humillado porque una simple enfermera te pide ayuda para cumplir con las necesidades del servicio. ¿Como vas a aprender si no sabes dar?. Te han acostumbrado a ver a los seres humanos como un número en su cama. Adán Flores es un paciente. Un enfermo que requiere nuestra ayuda y para eso estamos aquí.
Te llevo 30 años de experiencia y si realmente tienes vocación de médico deberás ser humilde y eso, más que tus estudios y conocimientos te hará crecer como hombre y como profesional. Desde entonces admire a esa mujer. De ella aprendí muchas cosas que los libros nunca me enseñaron.
Me emocionaba ver con que ternura y suavidad trataba a los pacientes en estado crítico, y aunque estuvieran en coma, les hablaba y bromeaba como si la escucharan. Así, como ese ángel guardián, he conocido a muchas otras mujeres de blanca y genuina vocación que parecen imágenes etéreas deambulando silenciosas en los nosocomios, sobre todo en esas noches interminables donde el dolor humano trata de mitigarse con la esperanza de un alivio y de un consuelo, y allí, estará siempre un ángel guardián: Una enfermera.
Gentileza: Dr. Francisco Cifuentes Dávila - México