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Actualidad [11/9/2011]
A una década del atentado a las Torres Gemelas: La resignificación del dolor
Nueva York, imponente, distinguida, cosmopolita, ensordecedora, de caminar enérgico y atropellado, el lugar en el mundo de Woody Allen, el hogar de "Algo para recordar", el albergue de las esperanzas de los que sueñan, su glamour en el Upper East Side, su modernidad en el Soho, su histeria en Wall Street, su calidez en Brooklyn, su utopía en cada esquina. La radiografía de una ciudad que el 11 de septiembre cambió
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Eugenia Plano

www.vidapositiva.com

Una década después, Nueva York recuerda y sigue adelante, recupera su esencia en la memoria. Y en esta tarea de reconstruir; los testimonios, el homenaje a los que han dado su vida, a los que han salvado vidas y el recuerdo de quienes han partido, es la forma de dar cuenta de cómo es posible resignificar el dolor. Hoy el diario El País, publica un artículo que refleja cómo se ha vivido la tragedia del 11 de septiembre en la ciudad de Nueva York, vista desde los ojos de un extranjero que se encontraba allí circunstancialmente. El testigo fue Antonio Muñoz Molina, escritor español que viajó a Manhattan, junto a su esposa y a sus tres hijos, y se encontró viviendo uno de los acontecimientos históricos más importantes del siglo.

El autor escribió un artículo, a manera de homenaje, que bien vale la pena citar algunos de sus pasajes para comprender desde adentro cómo en la ciudad más importante del mundo se vivía un atentado que cambiaba el mundo.'Recuerdo que aquellos días iba por la calle con la determinación instintiva de fijarme en todo tal y como lo vieran mis ojos, sin veladuras de interpretación o de opinión; ir mirando, escuchar, percibir los olores, aislar las sensaciones, contar lo que veía como si fuera una cámara', describe Muñoz Molina aquellos instantes en los cuáles todo resultaba extraño e impactante, ni siquiera había lugar para que llegue el dolor, los ojos sólo podían decodificar lo que ocurría. No había lugar para la pena, la angustia llegaría después. En ese instante, quizá la alienación, el no poder creer lo que ocurría era la constante.

Muñoz Molina había llegado a Nueva York 10 días antes del atentado con el objetivo de tomarse unas vacaciones junto a su familia y dictar una clases en la City University. Su intención de visitar las Torres Gemelas era algo que se repetía día a día, pero nunca terminaba por ir.'Aquel día muy caluroso de septiembre de 2001 -relata- se nos hizo tarde para subir al mirador o a los adultos nos pudo la desgana y aplazamos el ascenso para un poco después. Al fin y al cabo teníamos un mes entero, y las torres estarían allí, invariables, mucho más atractivas para la mirada de lejos que de cerca, como estaría el Empire State y la estatua de la Libertad, o como está en Roma el Coliseo o en París la torre Eiffel, a medias reales y a medias espejismos turísticos, calderilla visual de postales y souvenirs, de recordatorios kitsch con baño de oro falso o lucecitas interiores'. Y así, sucede con los íconos, parecen inmortales, dignos de la eternidad y mientras los seres humanos pueden ir y venir, los monumentos o los emblemas demuestran esa apariencia de eternos. Pero, es sólo eso apariencia.

Y también esa sensación de eternidad sucede con los recuerdos. Nos confiamos que con el tiempo el instante vivido in situ será tiempo más tarde el puro reflejo de lo que hemos experimentado, pero la memoria engaña, distorsiona, exagera o minimiza. 'Ahora ya no sabemos recordar el estupor de que de un día para otro las dos torres no existieran, ni siquiera nosotros, que estábamos allí, que tantas veces a lo largo de estos diez años hemos respondido a la pregunta, cómo era estar en Nueva York la mañana del 11 de septiembre, salir a la calle', afirma el escritor español. En este vivenciar de diez años después, Antonio Muñoz Molina reconoce las trampas de la memoria pero no ha olvidado la incertidumbre que a veces es más escalofriante que el miedo: 'Nadie sabe. Nadie sabía. No saber conducía al aturdimiento más que al miedo. Buscábamos cestas de plástico para poner las cosas, pero ya no quedaban. La gente llevaba lo que quería comprar en las manos. Sin una cesta de plástico, el número de artículos que se pueden acarrear es muy limitado. En las colas perfectamente ordenadas de las cajas nadie hablaba. Se oía el tecleo en las cajas registradoras y el pitido del láser al reconocer los códigos de barras y la cantinela sempiterna de las cajeras neoyorquinas: Next? (¿el siguiente?)'.

En Nueva York, sucedía lo insólito, el silencio. Todo cambió en segundos. Esa Manhattan imparable, vertiginosa y decidida daba paso a la inseguridad, a la duda, al caminar sin rumbo, a desconocer aquellos sitios que sus habitantes tenían incorporados a sus rutinas. El desconcierto era el sentimiento que invadía a una ciudad sumida en el estupor de la tragedia. Hoy, una década después la memoria devuelve cómo lo irreal se hizo real aquel 11 de septiembre. La reconstrucción a través la memoria que resignifica el dolor es en la Nueva York de hoy una parte constituyente de su identidad.

® VidaPositiva.com


Comentarios (1)
ADRIANA MORRI  | 11/9/2011
me gustó mucho tu retrato de Nueva York, eugenia. Transmitiste sentimiento. Felicitaciones.



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